miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viajar al pasado

Es un tema presente en el imaginario humano desde tiempos remotos y que ha sido plasmado en libros y películas en numerosas ocasiones. Puede que sea por el deseo de poder ir hacia atrás para cambiar algo que nos gustaría modificar, o quizás por la excitación de ser capaces de ver un mundo tan diferente al nuestro.

Suponiendo que hay alguna forma de llevarlo a cabo (cosa que la ciencia actual no descarta), se presentan una serie de inconvenientes. En primer lugar, está la cuestión de cómo los cambios en el pasado afectan al tiempo presente. Por poner un ejemplo ya utilizado en el cine, imaginemos un viajero que decide viajar al pasado y, antes de que nosotros hayamos nacido, disparar a nuestro padre. ¿Deberíamos seguir existiendo en el presente?
Se plantean tres posibilidades:

  1. Los cambios en el pasado modifican inmediatamente el presente. En este caso, al matar el viajero a nuestro padre deberíamos desaparecer instantáneamente. Pero imaginemos que tenemos un hermano mayor que en el momento en el que el viajero temporal da muerte a nuestro padre, ya ha nacido, y que además nuestra madre tiene posteriormente otros hijos de un nuevo matrimonio. En ese caso, deberían aparecer en el presente de manera inmediata esas nuevas personas que nunca nacieron pero que con los cambios del viajero en el tiempo acaban de ser creados. Pero no sólo eso, del cerebro de mi hermano mayor deberían borrarse los recuerdos que tiene de mí (puesto que yo nunca he nacido) y aparecerían instantáneamente nuevos recuerdos de la infancia de sus nuevos hermanos nacidos del otro matrimonio de nuestra madre.
Por otro lado, si dentro de unos años un segundo viajero temporal decidiera ir al pasado y matar al primer viajero antes de que éste inicie su viaje, yo debería de nuevo aparecer y tendrían que desaparecer aquellos que nunca habían existido y el cerebro de mi hermano mayor volvería a reconfigurarse.
Es decir, tanto las personas como sus cerebros se verían constantemente modificadas con las acciones de los viajeros en el tiempo. El presente y el pasado se estarían continuamente reescribiendo, pero eso choca con la idea que tenemos del tiempo puesto que se supone que es sólo el futuro lo que está por escribir mientras que el pasado es inamovible. ¿Qué sentido tiene hablar de pasado si es algo que puede estar por venir, si no hay más que viajar en el tiempo para que el pasado se convierta en futuro? Sólo habría presente y futuro. El tiempo perdería su concepción lineal y su coherencia. Habría que tirar los libros de historia, ¿para qué estudiar algo que se está modificando día a día?
  1. Los cambios en el pasado crean universos paralelos con las nuevas realidades. En este caso, lo que ocurriría es que al matar el viajero temporal a nuestro padre se crearían dos realidades, una que es la que estoy yo viviendo en un presente en el que yo existo, y otra que es la modificada por el viajero temporal en la que yo no existo pero sí mis nuevos “hermanos”. Para mí no habría problema, pero mi hermano mayor, ¿cómo podría estar viviendo en dos realidades simultáneamente? Si se pusiera de moda el turismo temporal y empezase a practicarse por millones de personas, ¿significaría eso la creación de millones de realidades? ¿Tendría la gente que vivir en millones de universos simultáneamente?
El universo fue creado hace miles de millones de años. De repente, en un pequeño planeta, unos diminutos seres comienzan a viajar en el tiempo. ¿Tiene sentido que sus viajes provoquen nuevos universos para dar coherencia a sus vidas? Imaginemos que es una civilización alienígena la que mañana aprende a viajar en el tiempo en un remoto lugar de galaxia, ¿hay que crear nuevos universos por cada viaje temporal que hagan esas criaturas?
  1. Los cambios en el pasado no tienen influencia alguna sobre lo que consideramos presente. En este caso, mi vida actual no se altera por los cambios que el viajero realice en el pasado, ni tampoco se crea un universo alternativo. Simplemente se ha modificado el pasado, pero el presente no se ve afectado.
Pero en ese supuesto, se perdería la idea de causalidad. Todo en el universo tiene una causa y un efecto. Yo estoy aquí por mis padres, una piedra cae porque alguien la ha tirado y la gente muere porque un día nació. Pero si se pueden realizar cambios en el pasado y éstos no afectan al presente, empezarían a desaparecer las causas de los efectos que observamos. Yo estaría aquí sin haber tenido padres, me podría caer una piedra que nada ni nadie nunca levantó del suelo y podría morir sin haber nacido jamás.

Pero quizás lo más extraño de un viaje al pasado, independientemente de las tres posibilidades antes expuestas, sería la aparición de un “yo robótico”. Hace diez años a estas horas yo viajaba en un autobús rumbo a la universidad. En ese viaje no hablé con nadie, me limité a leer un libro durante todo el camino. Si un viajero temporal viaja esos diez años exactos, coge el mismo autobús y se pone a hablar conmigo, ¿qué le contestaré? Mi conciencia está en este yo presente en el 2011. ¿Quién decide las respuestas de ese yo que dejé en el 2001? ¿Quién controla sus reacciones? Es como si dejáramos robots cada segundo dispuestos a interactuar con un hipotético viajero temporal.
Esta conciencia de nosotros mismos que muchos creemos que produce una libertad de actuación, o al menos un freno o un cierto control sobre las acciones de mi cerebro, sólo puede existir en un instante, en un presente, en una realidad, en un universo. El resto de “yos” no son sino robots sin conciencia que hemos abandonado en otro momento temporal. No se puede decir que seamos nosotros en ese instante, puesto que hemos perdido su control.

Parece que se mire por donde se mire, es poco probable que seamos capaces de dar coherencia a los viajes al pasado. Quizá sea un límite que nuestro cerebro no pueda cruzar, bien porque no alcanzamos la respuesta correcta o porque no llegamos a plantear bien las preguntas.

martes, 6 de diciembre de 2011

La tela de araña

Nadie puede leer el blog de su bisabuelo. ¿Significa eso que todas sus ideas, que su forma de ver el mundo se ha perdido para nosotros en tan sólo tres generaciones? ¿Queda alguna huella de su paso por el mundo?

Hace muchos siglos un azteca pasaba la noche en vela preguntándose si era conveniente para su hijo convertirse en el chamán de la tribu. ¿Qué importancia tuvo aquella decisión si hace cientos de años que ambos no existen? Anoche muchos hombres dieron vueltas en la cama preocupados por temas que resultarán insignificantes para aquellos que nos contemplen dentro de miles de años. La vida es unas pocas décadas en medio de una eternidad.
La mítica frase de uno de los personajes de Blade Runner resume esta sensación: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Pero nuestra vida, por breve que sea, nunca se pierde como lágrimas en la lluvia. Cada ser humano que vemos, oímos o leemos, directa o indirectamente, tiene una influencia sobre nosotros. Si agredimos violentamente a alguien o si ayudamos a comer a quien está hambriento, el transcurrir de sus vidas se verá sensiblemente modificado por nuestra acción. Incluso el asceta que se retira a la cima de una montaña y no interactúa con nadie, influye sobre nosotros ya que la sola idea contada puede hacernos variar, aunque sea levemente, alguna de las decisiones que tomamos. Todos estamos enlazados por una especie de tela de araña invisible que representa la influencia que ejercemos los unos sobre los otros.
En el ejemplo anterior, el hilo que nos une con la persona agredida o alimentada será muy fuerte. Pero ellos a su vez tendrán hilos de unión sobre otros seres humanos, luego al influir nosotros sobre los primeros, de alguna manera les hacemos cambiar y esto influirá a su vez sobre los segundos. Directa o indirectamente, existe una relación que nos une a todos los seres humanos.

Este hilo es también muy grueso con nuestros padres, hermanos e hijos. Pero nuestros padres a su vez mantienen un hilo con sus propios padres y así sucesivamente, por lo que estamos unidos indirectamente con todos nuestros antepasados. Pero como éstos a su vez estaban enlazados con todos sus contemporáneos, toda la humanidad se encuentra unida con todas las humanidades pasadas: la tela de araña se extiende hacia el pasado.

Así que aquel azteca que un día no durmió, está unido a nosotros a través de decenas de generaciones, aunque sea de manera muy leve e indirecta. Lo que él hizo influyó en sus hijos y en sus contemporáneos, que a su vez inspiró las acciones de los hijos de éstos, por lo que el hilo de la decisión tomada aquella noche de algún modo llega hasta nosotros.

Del mismo modo, un grueso hilo nos une a nuestros hijos. Aunque no tengamos descendientes, influimos sobre gente que sí los tiene así que de un modo u otro estamos interviniendo en las decisiones que tomarán las futuras generaciones.

Los recuerdos no se pierden como lágrimas en la lluvia, sobreviven en la enorme tela de araña que une el pasado con el futuro. Cada hombre teje una parte. De nosotros depende qué pequeña huella queremos dejar en el mundo. La suma del trozo de tela que entre todos creamos determina el devenir de la humanidad. Nuestro pequeño retal permanece eterno e inmortal.

Tenemos que decidir si queremos ayudar a construir un mundo mejor, si deseamos intentar dejar un mundo del que podamos sentirnos orgullosos o si por el contrario preferimos tratar de romper toda la tela y estropear un tejido que data de millones de años. También podemos quedarnos parados y no hacer nada, tejer lo menos posible y dejar que sean otros los que diseñen el mundo que heredarán nuestros hijos.

Escribir un blog (o cualquier otra cosa) es una forma más de lanzar un fino hilo no sólo a quien pueda leerte en este mundo, sino a tus bisnietos o a sus contemporáneos (si la fortuna quiere que tus palabras no hayan ya desparecido de un modo u otro). Tu relación con ellos no precisa que dejes un testimonio escrito, pero es un modo más de trazar un pequeño trozo de tela que te enlace con ellos.
Así un día otros podrán echar un vistazo al blog de su bisabuelo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Desear que el tiempo pase

Cada vez que deseas que el tiempo pase es como anhelar estar muerto durante ese tiempo.
Consideramos que es una suerte que la semana transcurra rápidamente para que llegue el fin de semana o el festivo de turno. Expresiones del tipo “qué larga se me está haciendo la semana” son una forma de decir que por más que quieres que se acelere, el tiempo pasa lentamente. Pero el tiempo es lo único que tenemos y es tan escaso que seguramente un día echaremos de menos todas esas semanas que ahora deseamos que pasen.

El estudiante anhela el viernes por la noche; el trabajador, el descanso del fin de semana. La enamorada la vuelta de su amado; el futbolista, el partido del domingo. El rico, el cobro de sus intereses; el hambriento, la hora de comer. La madre, que su bebé crezca y deje de llorar, aunque luego le tocará llorar a ella el día que el bebé sea mayor y se haya ido. 
Al final sólo vivimos un puñado de horas que son las únicas a las que hemos prestado atención.

Cuenta una leyenda que un día llegó un viajero a un lejano lugar y se encontró un cementerio. Entró en él y comenzó a observar las lápidas. En ellas estaban inscritos los nombres de los difuntos con la edad que tenían al morir, como es costumbre en tantos lugares del mundo. Pero lo que le llamó la atención fue que todos eran niños, ninguno tenía más de seis o siete años al morir. Salió del cementerio y cuando por fin encontró a alguien con quien hablar le preguntó por aquel misterio. Resultó que los muertos no eran niños, sino que en las lápidas los habitantes de aquel lugar ponían el tiempo que realmente había vivido la gente, el tiempo que vivieron con ilusión, el tiempo que realmente disfrutaron de vivir sin desear que las horas pasaran.

Sólo el condenado a muerte, o el que se va a someter a una delicada operación saborea cada hora de vida, degusta cada minuto. ¿Por qué no valoramos la vida hasta que no la vemos peligrar en el horizonte? ¿Por qué deseamos que pase cuando está en su plenitud?
Tal vez no nos guste nuestro trabajo o lo que estudiamos o cómo vivimos. Pero entonces podemos hacer dos cosas: tratar de cambiarlo o aceptarlo como es e intentar disfrutarlo, saborearlo, exprimir cada día.
Quizás no necesites seguir el ritmo de vida que te has impuesto. Como dice uno de los personajes de la película “El club de la lucha”: tenemos trabajos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos. Así que puede que la solución sea replantearse el modo de vida que llevamos y hasta qué punto nuestras necesidades son tales.

Pero si nuestra vida no permite muchas más salidas también podemos aplicar la filosofía presente por ejemplo en el libro “Fish”, que narra la felicidad que emana de los trabajadores de una pescadería. Cuando se les pregunta por su secreto la respuesta es simple: independientemente de su actitud van a pasar las próximas ocho horas del día vendiendo pescado en la tienda. Lo que pueden elegir es cómo hacerlo, si con tristeza, resignación y malas caras o contentos y tratando de alegrar y compartir el día con sus compañeros de trabajo y los clientes.

Las cosas no son como nos dijeron que serían cuando éramos niños, ni como nos merecemos. No son como nuestros padres creyeron que serían, ni como nos lo contaron en las películas. Las cosas son como son y de nosotros depende decidir si queremos o no tratar de cambiarlas. Pero si estimamos que esto no es posible o que los posibles cambios no serán mejores, tratemos de disfrutarlas como son en lugar de vivir en la nostalgia y la queja, saboreando todas y cada una de las horas que tenemos los ojos abiertos, para que algún día cuando alguien mire nuestra lápida no piense que morimos siendo niños.

domingo, 9 de octubre de 2011

La deuda

Esta es la historia de un chaval llamado España, que vivía en un barrio cuyo nombre era Democracia. Como todos los chicos de su barrio, no pensaba en el futuro. Para él, el futuro eran siempre los próximos cuatro años, más allá es como si el tiempo no existiera, como si lo que ocurriera transcurrido ese intervalo no tuviera nada que ver con él. Cuando pasaban los cuatro años, de repente sólo pensaba en los siguientes cuatro, y de nuevo el futuro más allá no existía. Esta miopía previsora era un mal común del que padecían todos los chicos del barrio.

Por la avenida principal, a menudo tronaba el descapotable del tipo rico de la ciudad: Estados Unidos. Le encantaba darse vueltas para dejarse ver y demostrar cuánto dinero tenía, dejando una estela de humo y ruido a su paso. A menudo trataba de imponer su ley en la calle, ya que era el tipo más fuerte del lugar, y no dudaba en amenazar e incluso agredir a aquel que no pensaba como él.

En la plaza principal del barrio siempre estaban sentadas las tres vecinas más cotillas del lugar, que no perdían detalle de todo lo que decían o hacían los chicos del barrio. Presumían de conocer en qué gastaba hasta el último céntimo cada uno de los chavales. Se llamaban Moody’s, Fitch y S&P. Las tres vivían en la mansión de Estados Unidos.

Cada chico ganaba el dinero que podía y se lo gastaba en lo que le parecía, pero había un lugar llamado el Mercado donde todos podían ir cuando necesitan algo de dinerillo extra.

España fue uno de los últimos en llegar a vivir a Democracia. No ganaba demasiado pero tampoco tenía muchos gastos, vivía humildemente con lo que podía y se metía en sus propios asuntos. Había pasado tiempos difíciles y el hecho de vivir en ese barrio ya era para él un gran triunfo.
Pronto se hizo amigo de sus vecinos y vio que todos ellos tenían más cosas que él. ¿De dónde sacaban el dinero para todas esas cosas? Un día decidió preguntarles y descubrió su secreto: todos los meses iban al Mercado y pedían un poco de dinero extra. Era fácil, nadie hacía preguntas. Te daban el dinero y tú a cambio te comprometías a devolverlo con intereses. España no sabía quienes eran aquellos tipos ni cómo se las gastaban, pero como vio que la mayoría del dinero sería devuelto después de los próximos 4 años, y para él el tiempo más allá de esa fecha carecía de importancia, decidió hacer como todos los demás y se aficionó a ir al Mercado todos los meses a por algo de dinero.
Cuando venían malos tiempos y en el trabajo le pagaban algo menos, o si tenía algún gasto extra que deseaba afrontar, ese mes pedía un poco más de dinero y asunto zanjado.
Poco a poco se fue dando cuenta de que cada vez destinaba más parte de su sueldo a pagar los intereses de todo el dinero que había pedido en el Mercado, pero de momento la cosa no era grave, siempre podía pedir un poco más y en los próximos 4 años no vislumbraba ningún obstáculo insalvable.

Pasaron los años plácidamente hasta que un buen día algo ocurrió. Estados Unidos había estado estafando a otros chicos vendiéndoles cheques en los que ponía “Hipotecas subprime” y que aseguraba que eran muy valiosos y se los dejaba muy baratos, pero luego resultó que no tenían ningún valor. Además, algunos chicos del edificio de Europa, entre los que se encontraba España, llevaban demasiados años pidiendo dinero y viviendo por encima de sus posibilidades.
Como vinieron malos tiempos todos los chicos fueron al Mercado a pedir algo más de dinero para afrontarlos, como habían hecho siempre. Pero los tipos del Mercado empezaron también a temer que llegara un día en que los vecinos dejaran de pagar sus deudas, así que continuaron prestando el dinero pero cada vez más y más caro.

España estaba preocupado por lo que le había pasado a uno de sus vecinos, un chaval más pequeño que él llamado Grecia. Un buen día dejaron de confiar en que pudiera devolver todo lo que le habían prestado. Los tipos del Mercado, temerosos de perder su dinero, preguntaron a quienes, según ellos, más sabían de la gente del barrio, que eran las tres vecinas cotillas (Moody’s, Fitch y S&P). Las vecinas dijeron que no sería capaz de pagar todo lo que debía y los tipos del Mercado decidieron dejar de darle dinero. Grecia empezó a tener problemas para pagar las letras y llegar a fin de mes, su situación se hacía insostenible. Sus vecinos mayores, con los que tantas cosas había compartido, con Alemania y Francia a la cabeza, decidieron prestarle dinero, darle algo para ir tirando. Pero a cambio y para que su bancarrota no les arrastrase a ellos, le obligaron a vivir de otra manera: ya no se podría endeudar más y tenía que hacer exactamente lo que ellos le dijeran para conseguirlo. ¿Y qué era eso que tenía que hacer? Pues lo que fuera necesario para conseguir calmar a los tipos del Mercado (y de paso a las tres cotillas) y así nadie dudara de que podía afrontar sus deudas.

Así que Grecia dejó de ser libre, a partir de ahora tenía que comportarse como querían sus vecinos mayores, que además era como deseaban los tipos del Mercado y las vecinas cotillas. Ojalá nunca hubiera ido al Mercado a pedir dinero. Pero ya era tarde, nunca había pensado que éste día llegaría porque estaba más allá de los 4 años que él podía ver.
El problema era que al no poder pedir dinero era totalmente incapaz de llegar a fin de mes, las deudas le comían y no podía afrontar los recibos. Pero si caía en bancarrota entonces perdería su trabajo y su sueldo y todo aquello por lo que siempre había luchado.

Grecia no era el único en esa situación. Irlanda y el vecino de España, Portugal, estaban empezando a pasar por una situación similar. Incluso él mismo y un vecino mayor qué el, Italia, empezaban a estar en el punto de mira.
Él lo notaba. La gente hablaba por la calle. En el Mercado cada vez le pedían más intereses por prestarle dinero. Estaba asustado. La gente decía que un chaval más pequeño podría ser ayudado por los chicos más mayores, pero que él ya era lo suficientemente grande como para tener que cuidarse por si sólo, que nadie le podría ayudar.

Las tres cotillas no paraban de inventar cosas sobre él para que pareciera que se encontraba en problemas. ¿Por qué los tipos del Mercado les hacían caso? Cuando Estados Unidos estafó al resto de chicos con los papeles en los que ponía “Hipotecas subprime”, las cotillas dijeron que esos papeles eran muy valiosos. Luego se descubrió que no era así, que ellas habían mentido o al menos sabían tan poco como el resto de la gente. Además, como vivían en la mansión de Estados Unidos siempre hablaban muy bien de él y los tipos del Mercado confiaban a ciegas en él, ¿no era evidente que no podían ser objetivas? Todo el mundo sabía que Estados Unidos era el que más dinero pedía en el Mercado, pero debido a su tamaño y a estas mujeres nadie se atrevía a dudar de su solvencia.

Entre unos y otros hacían la vida de España imposible. Si nunca hubiera pedido dinero, podría haber ido viviendo con su sueldo y ahora sería un tipo feliz, sin importarle lo que dijeran los demás porque no tendría que pedirle nada a nadie. Sería libre, podría tomar sus propias decisiones y hacer con su sueldo lo que estimara oportuno. Ahora su única opción era saldar su deuda, cosa a día de hoy imposible, pero al menos debería esforzarse en no ir al Mercado a pedir más dinero extra, y a devolver cada año un poco del dinero que debía y así, si tenía suerte y conseguía que las cotillas y los tipos del Mercado no le asfixiaran, un día podría devolver todo lo que había pedido en estos años y ser por fin libre.

Pero España no podía darse cuenta de todo eso, porque recordemos que sólo podía pensar en un plazo de 4 años, así que sólo se preocupaba de ver cómo podría sobrevivir los próximos 4 años y luego, pues ya vería. Aunque tal vez luego, ya fuera demasiado tarde.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El amor

En estos días, previos al décimo aniversario del tristemente famoso 11-S, la televisión no para de emitir una y otra vez las imágenes de aquella tragedia. Lo cierto es que dichas imágenes me parecen más espantosas ahora que cuando las vi por primera vez, quizás porque soy algo más viejo y empatizo más con toda la gente a la que le tocó sufrir aquello.
Pero lo que más triste me ha resultado de todo no son las imágenes sino los sonidos. Todas esas últimas llamadas de gente que sabía que iba a morir y cogía un teléfono para despedirse de sus seres queridos.
Todas ellas tenían un denominador común: eran mensajes de amor. Todo el mundo llama para decir lo que quiere al interlocutor. Son palabras que quizás no pronuncie nunca, sentimientos que tal vez jamás analice, pero que en el momento en que ve que todo se acaba se da cuenta de que es lo más importante de su vida.
Podrían aflorar sentimientos de ira u odio hacia otras personas, pero aparte del paralizante miedo de ver a la muerte a tu lado, el sentimiento que queda es siempre el amor.

Desde que nacemos vamos cubriendo nuestro corazón de capas: la competitividad, la ambición, el egoísmo, los deseos de riqueza y poder, las necesidades inventadas. Llega un momento en que todas esas capas pesan tanto que olvidamos qué era lo realmente importante en la vida: escuchar a nuestro corazón. Ya no se le oye, su apagada voz se ahoga en el ruido de los deseos diarios.

Pero llega un momento en que se acaba la partida y, si tenemos tiempo para pensar en ello, descubrimos lo inútiles que eran todas esas capas, el tiempo que hemos malgastado en recorrer caminos equivocados, la voz por la que siempre tuvimos que haber luchado, para que no se apagara, y que siempre estuvo ahí recordándonos lo importante.
Ojalá pudiéramos oírla antes de que sea la muerte la que tenga que venir a desnudarnos y enseñarnos cuál era la única lección que teníamos que aprender.

sábado, 16 de julio de 2011

Si fuéramos nazis

En La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) el oficial de las SS Amond Leopold Goeth (Ralph Fiennes) le dice a Oskar Schindler (Liam Neeson) que si no hubiera guerra ambos serían personas normales.
Han tomado caminos opuestos con respecto al mundo que les ha tocado vivir. Amond ha aprendido que en esa situación acabar con vidas humanas le ayudará a obtener más riqueza y poder, y lo hace. Oskar, al contrario, llega a arriesgar su propia vida para salvar la de otros. Entre ambos extremos, millones de personas que simplemente se dejan llevar.
Pero Amond tiene razón, si hubieran nacido en otro momento y en otro lugar ambos serían personas normales. Amond no sería un asesino porque eso le acarrearía problemas en lugar de beneficios. Puede que incluso cayera bien a la gente y fuera considerado una buena persona.

Podemos dar la vuelta al problema y pensar, en lugar de qué serían ellos si hubieran nacido en otro sitio, qué seríamos nosotros si nos hubiera tocado vivir en la Alemania nazi de 1940. ¿Hubiéramos luchado contra el sistema, nos habríamos dejado llevar o seríamos capaces incluso de hacer lo posible por prosperar en esa sociedad?
Todos nos identificamos rápidamente con Oskar Schindler y odiamos profundamente a tipos como Amond, pero si existieron tantos como él es porque hay muchos potenciales oficiales de las SS en cualquier sociedad.
No podemos saber cómo habríamos sido pero sí podemos pensar cómo somos en el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Hacemos algo por cambiarlo, nos dejamos llevar o aprovechamos todo lo que está en nuestra mano (y es aceptado por la sociedad y legal) para ir adquiriendo riquezas y poder?
Ante una injusticia, ¿defendemos rápidamente al débil, dejamos las cosas correr o nos preocupamos de que la próxima vez seamos nosotros los favorecidos por dichas injusticias?
¿Tratamos de ayudar a los pobres, a la gente del tercer mundo, a los que están solos o por el contrario pensamos que la vida es dura y que cada cuál se las apañe como pueda que nosotros ya tenemos bastante con preocuparnos de nosotros mismos?
¿Aprendemos las reglas del juego y tratamos de ganar o por el contrario nos esforzamos por cambiar las reglas que nos parecen injustas?

¿Pensamos que los inmigrantes tienen los mismos derechos laborales, sanitarios y educativos que nosotros o que de algún modo merecen menos? ¿Y las mujeres, o los que no profesan nuestra religión? ¿Miramos a un musulmán igual que a un cristiano? Si no es así, ¿cómo íbamos a ser capaces de esconder judíos en nuestra casa si encima eso podría costarnos nuestra propia vida? ¿No sería más fácil dejarlos que se apañaran como pudieran o incluso denunciar a otros para ganarnos algún tipo de favor?

Todos tenemos más de Amond de lo que creemos y menos de Schidler de los que nos gustaría. Schindler decía que la guerra saca a la luz lo peor de cada persona.
Tendríamos que intentar que la paz sacara a la luz lo mejor de cada uno de nosotros.

domingo, 3 de julio de 2011

El próximo hombre

Hace dos millones de años un Homo Habilis se refugiaba en una cueva del este de África para comerse un pedazo de carne. Ésta había sido desechada minutos antes por algún otro depredador y el homínido la separaba de los huesos ayudándose de una piedra tallada por él mismo.

Hace un millón de años, un Homo Erectus asaba en un hoguera situada en el interior de una cueva de la actual China, un pedazo de carne que había cazado minutos antes ayudándose de un hacha tallada por él mismo.   

Hoy en día, los Homo Sapiens lanzamos satélites al espacio, pisamos la luna, duplicamos nuestra esperanza de vida, nos asomamos a los ladrillos de la materia y a los albores del universo. Y aún no hemos alcanzado todo nuestro potencial, si somos capaces de no autodestruirnos, en los próximos siglos seguiremos logrando proezas que ahora nos resultan inimaginables.

Pero, ¿qué pasará dentro de un millón de años? ¿No habrá otro Homo cuya capacidad intelectual sea incomparablemente superior a la nuestra? ¿Qué proezas podrá alcanzar este nuevo Homo?
Al igual que ha ocurrido en el pasado, cualquier día, ya sea mañana o dentro de miles de años, se producirá una mutación que producirá un ser que no podremos considerar de nuestra especie. Nacerá de unos padres normales pero con una mutación que le hará completamente diferente de sus progenitores, como ya ha ocurrido varias veces en los últimos millones de años.
¿Qué será capaz de hacer? ¿No le resultarán todas nuestras proezas de una ingenuidad comparable a la que sentimos nosotros al ver los logros del Homo Erectus?

Darwin nos enseñó que el ser humano no ha sido creado como lo vemos hoy en día sino que es un producto de la evolución y el hombre ha tenido que aprender a vivir con ello. Pero se consuela pensando que es la culminación de dicha evolución, el fin del producto, el diseño capaz de comprenderlo todo.
Tal vez deberíamos ser más humildes y pensar que puede que sea así, pero que es muy probable que nuestra especie no sea sino un eslabón más, y que nuestro potencial será un juego de niños para la especie que nos de el relevo, un capítulo en el libro de historia del próximo hombre.

domingo, 26 de junio de 2011

La conciencia y el mundo

¿Qué relación hay entre la conciencia y nuestro conocimiento del mundo?
Por un lado nuestra conciencia es sólo un producto de la inteligencia. Explota el Big Bang, se forman las estrellas y los planetas y en uno de ellos (al menos) se desarrollan seres vivos que, por selección natural, aumentan progresivamente su inteligencia. Finalmente, uno de esos seres vivos termina siendo consciente de sí mismo y del mundo que le rodea, de su nacimiento y de su muerte.
La conciencia que le permite entender esa realidad exterior es sólo un producto de la evolución natural, una capacidad de su cerebro común a los miles de millones de humanos que poblamos la Tierra.

Pero por otro lado la conciencia es lo único que tenemos para conocer todo lo que nos rodea. Éste es el argumento de películas como Matrix, en la que los seres humanos creemos vivir en este mundo pero realmente estamos conectados a algo que nos hace creer que todo esto es real, cuando en realidad el mundo es sólo un lugar del que se puede despertar.
Calderón de la Barca decía que la vida no es más que un sueño y efectivamente podría ser así. Del mismo modo que en ocasiones despertamos de sueños y lo primero que decimos es: “parecía tan real”, pudiera ser que lo que llamamos vida no fuera mas que un sueño del que despertar por muy real que nos parezca. Ese despertar nos haría tomar conciencia de la verdadera realidad.
Decía el filósofo Berkeley que es posible que sólo existas tú y tu dios. Cuando tocas un objeto, lo que experimentas es una sensación en tu cerebro pero no puedes estar seguro de que eso que tocas existe realmente fuera de ti. En ese caso, es tu dios el que te hace creer que estás tocando algo, mandando una sensación a tu cerebro y una imagen a tu ojo. Cada persona con la que hablas, cada sonido que escuchas o cada objeto que tocas son sensaciones que tu dios te hace experimentar pero que no existen fuera de ti. Son sólo imágenes, sonidos y sensaciones que tú interpretas como una realidad exterior a ti pero que pueden ser producidos por cualquier otro motivo y hacerte vivir una farsa.
No tienes forma de distinguir si lo que crees que sucede es real o es un producto de tu mente porque te engaña algún dios, porque estás conectado a una máquina o porque estás dormido.

La conciencia puede ser un producto de la inteligencia que te permite conocer una parte del mundo, o puede ser que el mundo no sea sino una irreal y engañosa puesta en escena de la conciencia.

sábado, 18 de junio de 2011

Más allá no ha ido nadie

Cuando era niño solía pensar que, en cierto modo, es una pena que ya toda la Tierra esté descubierta. Debe haber sido emocionante haber vivido en un mundo en el que parte de los mapas estaban sin dibujar, en el que había mares que no se sabía hasta dónde llegaban; un mundo en el que había puntos en los que se podía decir “más allá no ha ido nadie” y ser tú el primero en ir más allá.

Pero quedan todavía muchos “mapas” sin dibujar. Desde nuestra más tierna infancia asistimos a clases que nos enseñan, poco a poco, el vasto conocimiento humano. Durante años tratan nuestros profesores, con más o menos éxito, de enseñarnos lo esencial de dicho conocimiento. Así que pronto somos conscientes de que todo está ya descubierto, que por mucho que estudiemos sólo recorreremos caminos que otros han trazado. ¿Para qué esforzarse por aprender si ya no queda nada por descubrir?

Decía Isaac Newton que lo que sabemos es una gota de agua y lo que desconocemos el océano. Puede que desde entonces hayamos descubierto muchas otras gotas, incluso lagos enteros, pero sigue quedando un océano por descubrir.
Nos empeñamos en educar contando cómo son las gotas que ya hemos visto, en lugar de explicar, además,  que hay todo un océano sin explorar.

Podríamos enseñar todos los teoremas matemáticos que aún están sin demostrar, que la inmensa mayoría del universo está compuesta de algo que no tenemos ni idea de lo que es o que la mayor parte del genoma humano hace cosas inexplicables a nuestros ojos. Podríamos decir a los niños que estamos empezando a descubrir planetas que podrían albergar vida tal y como nosotros la conocemos.

Deberíamos volver a señalarles a los niños y a los adolescentes los puntos en los que se puede decir que nadie ha ido más allá, de no privarles del deseo de descubrir ese mundo que aún está sin dibujar, antes de que crezcan y ya no sean capaces de ver más allá de la gota en la que flotan.

sábado, 11 de junio de 2011

El último pez

Tres cuartas partes de la tierra están cubiertas por el mar, dejando tan sólo un cuarto para la tierra emergida. Los animales marítimos siempre han podido vivir indiferentes a lo que ocurría en esa pequeña porción rocosa. Pero no imaginaban que la tierra emergida produciría casi siete mil millones de seres humanos capaces de devorar, contaminar, radiar, mutilar y plastificar todo ese ecosistema submarino.

¿Y si hubiera sido al revés, si la repartición hubiera deparado tres cuartas partes emergidas por tan sólo una de mar? Podría haber entonces más de veinticinco mil millones de seres humanos para una superficie de mar equivalente a lo que hoy es el océano atlántico. Haría tiempo ya que habríamos acabado con cualquier tipo de vida submarina.

Sin duda sería mejor que hubiera aún más océano, que los hombres viviéramos en una pequeña isla, incapaces de suponer una amenaza para los seres marinos. Podría pensarse que el calentamiento global nos traería al menos una buena noticia en ese sentido: el deshielo y la consecuente subida de las aguas reducirán el tamaño de la tierra emergida. Pero las malas noticias superan con creces a ese pequeño soplo de optimismo, entre ellas que el deshielo generará más tierra habitable en zonas árticas, tierra además rica en hidrocarburos cuya explotación agravará el estado de salud de la Tierra.

Si no cambiamos nada llegará el día en que pesquemos el último pez y nos acercaremos a lo que dice una profecía india: “Sólo cuando se haya talado el último árbol, sólo cuando el último río haya sido envenenado, sólo cuando se haya pescado el último pez, sólo entonces, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer”.

sábado, 4 de junio de 2011

La existencia de las ideas

¿Qué existe y qué no? Parece claro que una piedra entra en el primer grupo, podemos verla y tocarla (o golpearnos con ella por si aún nos quedan dudas). Pero, ¿existe una canción? Se nos escapa entre los dedos y nadie puede verla. Pero somos capaces de oírla y reproducirla con nuestra voz así que algo de ella sí existe. Es también una pista en un CD, ondas de presión en el aire, notas sobre un pentagrama. Luego parece que también existe, aunque no pueda ser percibida por todos nuestros sentidos.

Busquemos algo que no exista. Como decían ya algunos filósofos griegos, el hecho de pensar en algo no significa que exista. Una sirena, por ejemplo, podemos representarla en nuestras mentes pero no existen. Es cierto que la naturaleza no las produce, pero podemos dibujarlas o esculpirlas, convirtiéndolas en objetos perceptibles por nuestros sentidos. Pero puede alegarse que eso no es sino un molde, una roca con forma, nunca nuestra idea de sirena. Pero, ¿y si hacemos una película de animación representando nuestra idea de sirena? ¿No supone toda esa información digital de alguna forma su existencia?
Más aún, ¿y si a base de manipular ADN consiguiéramos un día crear una? En ese caso ya no podríamos seguir resistiéndonos a que existe algo que en principio era sólo una idea.
Incluso la idea de algo abstracto como la democracia puede escribirse en un libro o escenificarse sobre un lienzo, y sentimos bastante bien sus efectos como para que sea algo inexistente.

¿Qué es entonces lo que no existe? ¿Aquello en lo que no podemos pensar, lo que escapa a nuestra imaginación? Pero, ¿no es un poco pretencioso creer que sólo existe aquello que nosotros podemos concebir, como si fuéramos nosotros los que creásemos todas las ideas posibles?
Del mismo modo que nosotros podemos transformar en existente aquello que sólo está presente en nuestra imaginación, una hipotética inteligencia extraterrestre puede imaginar y hacer existentes cosas que nosotros no podemos concebir. Así que el hecho de que algo no quepa en nuestra mente no significa que no exista.
Del mismo modo, la idea de democracia existía desde los albores de la vida en nuestro planeta y no fue hasta el desarrollo de nuestra especie cuando esa idea se comprendió. Luego la idea estaba ahí, esperando a que alguien la comprendiera.

Pero entonces estamos dando la vuelta al problema, parecía que las ideas las creábamos y las hacíamos nosotros existentes y ahora resulta que había ideas ya existentes esperando a que nosotros las comprendamos. Esa es la cuestión, si somos el artesano que abstrae y crea ideas o sólo el faro capaz de alumbrarlas.

¿Habrá ideas más allá de las que pueden ser concebidas por todas las inteligencias naturales o artificiales presentes en el universo esperando a ser descubiertas? Las leyes del universo forjan las mentes de sus inquilinos, establecen sus lógicas y marcan los límites de lo que éstos pueden comprender. ¿Habrá ideas esperando a que otros universos exploten creando otras leyes de la naturaleza y puedan dar como fruto inteligencias capaces de comprenderlas?

Tal vez todo exista y el universo no sea sino una ocurrencia, una particularización casual capaz de iluminar sólo una parte de ese todo, un todo que para verse por completo necesita otros faros que sólo otros universos pueden crear.

sábado, 28 de mayo de 2011

El nacimiento de las leyes de la naturaleza

Las leyes que rigen el movimiento de una manzana al caer, de la Tierra o de un rayo de sol que se refleja sobre un charco de agua, ¿en qué momento nacieron?

Podría pensarse que existen desde siempre o que hubo un momento a partir del cual surgieron. La principal teoría de nacimiento del universo, el Big Bang, postula una explosión inicial creadora de la materia y la energía, del espacio y del tiempo. ¿Es éste el punto de inicio de dichas leyes?

Supongamos que así es, que como parece lógico, aquello que creó el espacio y el tiempo definió las leyes de la naturaleza que hoy nos gobiernan. Pero, si antes del Big Bang no había ley física alguna, ¿cómo pudo entonces explotar aquel punto de densidad infinita? Si había algo estático, que es ese punto infinitamente denso, tuvo que cumplir algún tipo de ley para de repente explotar. Porque si sobre algo estático no se aplica ninguna ley ese algo nunca cambiará de estado. Ese dinamismo, ese cambio de situación estable a explosión indefinida, no es sino el resultado de la aplicación de algún tipo de ley. Pero si todavía no había leyes de la naturaleza, ¿cómo se produjo la gran explosión?

La otra opción es por tanto suponer que hay leyes previas al Big Bang. Pero si el Big Bang supone la creación del tiempo, ¿cómo es posible que haya algo antes, cuando no había tiempo?

La ciencia actual defiende que antes del Big Bang no había nada y que no tiene sentido preguntar qué había antes puesto que antes no había tiempo y por tanto nada podía haber. Sugiere que la propia naturaleza cuántica hace posible que de la nada surja un universo.
Pero eso no es la definición de la nada. Si la nada tiene intrínsecamente la capacidad de generar un universo, entonces no se le puede llamar nada, ya es algo, puesto que de algún modo es el posible embrión de un nuevo universo, tiene en sí una capacidad de creación que choca con el concepto de nada.
Al menos tendrá que haber una ley (cuántica o del tipo que sea) que haga que de la nada pueda surgir algo, y si hay leyes ya no podemos decir que antes del Big Bang no había nada, porque al menos había alguna ley.

El Big Bang es una puerta cerrada a las preguntas. No se puede cuestionar qué había antes porque antes no había tiempo, no se puede preguntar por el lugar en el que algo se encontraba porque antes no había espacio. Y no se puede preguntar por las leyes de la naturaleza porque antes no había leyes.
Pero ya hemos visto la contradicción que supone creer que la nada previa al Big Bang pueda contener la capacidad de crear un universo, y que dicha creación no es sino la aplicación de alguna ley.
Algo no encaja en el modelo, hay que abrir la puerta del Big Bang y seguir haciendo preguntas.