viernes, 24 de febrero de 2012

El genio

¿Qué es el genio? El genio se alimenta, en primer lugar, del talento. A lo largo de la vida vamos descubriendo que hay cosas en las que destacamos más que en otras. Puede que nos guste hacerlas o no, pero nos damos cuenta de que tenemos más facilidad para realizarlas bien. La mayoría no  somos los mejores en nada, ni tenemos por qué destacar de manera apreciable para los demás, pero todos sabemos que ciertas cosas las hacemos mejor que la media mientras que otras se nos resisten.

El otro alimento del genio es la pasión. Se nos den mejor o peor, hay actividades que nos apasionan, que nos encanta hacer. Muchas veces la pasión nos hace buenos, ya que al apasionarnos algo, lo intentamos lo suficiente como para acabar destacando. Pero eso no es talento, el talento es la facilidad innata, no el fruto de la práctica.

Un genio es aquel que tiene un talento especial para algo que le apasiona hasta el extremo. Cuando ambos factores se fusionan, surge el genio.

Cualquier ejemplo vale para ilustrarlo. En el deporte, hay gente más talentosa que otra, que con las mismas horas de práctica destaca sobre el resto. Y hay otros que sienten pasión, así que aunque no tengan un talento innato practican con insistencia para mejorar. Cuando alguien se siente apasionado por un deporte para el que tiene un gran talento, surge el genio que a todos asombra. Lo mismo se aplica a la música, la literatura, las ciencias o cualquier actividad que podamos imaginar.

Todos tenemos un talento que un día escondimos y que no nos preocupamos de explotar. Todos guardamos una pasión que hace tanto que olvidamos que ya no seríamos capaces de recordar. El niño que un día fuimos tenía las ideas claras pero llegó un momento en el que el mundo le obligó a cambiar.

La vida nos empuja a emplear el tiempo en cosas que no nos agradan, aunque a menudo las cadenas que nos atan han sido forjadas por nosotros mismos. Somos como el elefante que cuando era pequeño fue encadenado en un circo y se cansó de forcejear tratando de escapar, y ahora que ha crecido no sabe que tiene fuerza de sobra para arrancar su cadena porque ha perdido ya esa capacidad de luchar.

Pero siempre deberíamos ser capaces de encontrar un hueco para escuchar al niño que sigue gritando en nuestro interior. Puede que no sea un genio, pero nunca seremos felices si no le dejamos hablar, y probablemente el mundo prefiera escucharle a él antes que al espejo de los demás en el que nos hemos convertido.

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