jueves, 11 de octubre de 2012

Los duendes del reloj


"Si en un momento dado conociéramos todas las posiciones y movimientos de todas las partículas del Universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier momento pasado o futuro." Con estas palabras sintetizaba Laplace la idea determinista que por aquel entonces se tenía del mundo. El universo funcionaba como un enorme reloj, si se conocían al detalle la posición de todas sus piezas y las leyes que regían su maquinaria, pasado, presente y futuro quedarían inmediatamente revelados.

Pero esta concepción determinista del mundo saltó por lo aires con la irrupción a comienzos del siglo XX de la mecánica cuántica. El principio de incertidumbre de Heisenberg establecía que era imposible conocer con exactitud simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula. A nivel cuántico, parece que en muchas ocasiones las leyes se sustituyen por el azar. Por mucho que a Einstein le costara reconocerlo, Dios sí juega a los dados. Si no podemos conocer con exactitud todas las piezas y movimientos del reloj de Laplace, ¿cómo podremos predecir su futuro?

El mundo determinista se llenó de incertidumbre. Sin embargo, si bien a nivel microscópico hemos de perder la esperanza de conocerlo todo, a nivel macroscópico el universo sí parece comportarse como dijo Laplace (podemos saber dónde estarán los planetas del Sistema Solar la semana que viene).
Luego un hipotético relojero del mundo podría saber (si bien no con todo detalle), el estado de su reloj en el futuro.

Pero hay un nivel más de incertidumbre en el reloj del mundo. Con el desarrollo en el universo de seres conscientes con la suficiente inteligencia como para percibirse a sí mismos, surge el libre albedrío. Los humanos somos un ejemplo de este tipo de seres. Aunque regidos y limitados por las leyes de la naturaleza y la genética que nos compone, el conocimiento de nosotros mismos como seres independientes del mundo y nuestra capacidad cognitiva nos permiten ser seres libres capaces de tomar decisiones por nosotros mismos. Como decían los existencialistas con Sartre a la cabeza: "el hombre está condenado a ser libre".

Este libre albedrío resulta impredecible para el futuro del reloj del mundo. Si, por ejemplo, enviamos una nave a un planeta exterior, ya estamos alterando, aunque sea mínimamente, su órbita. Así que a nivel macroscópico existe otro nivel de incertidumbre que impide conocer el devenir del universo.

Al relojero del mundo le han salido duendes en su reloj. Si diseñáramos un universo con condiciones iniciales y leyes similares al nuestro, aparte de la incertidumbre a nivel cuántico, antes o después surgirían en algún rincón seres con la inteligencia suficiente como para tomar decisiones libres que podrían ir alterando el futuro de nuestro universo. Antes o después surgirían duendes en el reloj.