domingo, 22 de diciembre de 2013

El problema del mal


El problema del mal consiste en la incoherencia que supone la existencia del mal en el mundo (guerras, asesinatos, desastres naturales) con la creencia en un dios omnisciente (que todo lo sabe), omnipotente (capaz de hacer cualquier cosa) e infinitamente bueno y misericordioso. Porque si dios puede hacer cualquier cosa y sabe lo que ocurre en cada rincón del planeta, a menudo parece difícil explicar por qué no actúa.

Este problema se ha señalado desde el comienzo de las religiones monoteístas y muchos han sido los intentos por solventarlo. San Agustín fue el primero en plantear las principales líneas de defensa. Desde entonces, tres son las principales justificaciones de la existencia de mal en el mundo.

En primer lugar, se argumenta que el mal cometido por el hombre, como el asesinato, se debe a que dios creó al hombre y le dotó de libre albedrío, de modo que no tuvo más remedio que permitir que obrara el mal para que el bien fuera también fruto de una elección libre.

En segundo lugar, el mal provocado por desastres naturales se debe a que el mundo, para ser estable, tuvo que ser creado en base a unas leyes físicas que implican necesariamente que se pueda provocar un tsunami o un huracán.

Por último, tomando las ideas de Platón se puede decir que el mal no existe sino que únicamente es la ausencia del bien. Del mismo modo que la oscuridad es la ausencia de luz y el frío no es sino la falta de calor, sólo hay bien en el mundo y hay mal en la medida en la que nos alejamos del bien.

Este último argumento parece más bien un juego de palabras ya que por ejemplo la enfermedad puede ser la ausencia de salud, pero hay tantos modos de enfermar y el sufrimiento del enfermo es tan real, que en realidad parece más propio decir que la salud es la ausencia de enfermedad y no al revés.

El segundo argumento parece socavar un poco la omnipotencia de dios, ya que entonces no es posible hacer cualquier mundo, sino sólo una serie de mundos con ciertas características. En cualquier caso los milagros, que no es sino una excepción en las leyes del mundo, podrían suceder con más frecuencia y evitar desastres que van a llevarse por delante la vida de miles de inocentes.

Con el desarrollo de la ciencia moderna, hablar de mal, de bien y de sufrimiento cambia de perspectiva. El dolor no es inherente al mundo, sino a los seres dotados con sistemas nerviosos que les permitan sufrir. Cuando en la Tierra sólo había seres unicelulares o algas nadie sufría, no había dolor porque no había seres capaces de sentirlo. Con la evolución de las especies el dolor resultó útil para evitar que nos muerdan o nos hieran y asegurarse de que trataremos de evitarlo en sucesivas ocasiones. Pero el dolor no vino sólo, con él llegó el placer, que es la otra cara de la misma moneda. Cuando el hombre tomó consciencia de sí mismo nuevos dolores surgieron y también nuevos placeres.

Pese al problema del mal, es posible creer en la existencia de un dios creador, si bien con ciertos matices. El hombre no fue creado a partir del barro sino que ha llegado a ser lo que es a través de un lento proceso evolutivo. La creación no sería de la Tierra como tal, sino en todo caso de las leyes imperantes en el momento del Big Bang. Desde entonces la interacción de dios con el mundo sería al menos invisible para la inmensa mayoría de los seres humanos. Es posible que el mundo sea como es, con todo su mal, pero que de algún modo exista una realidad superior donde sí imperen esos atributos de bondad y misericordia. Este mundo podría pensarse como una pequeña parte de esa realidad superior. Dios podría tener motivos para apenas actuar sobre este mundo dado que nuestro sufrimiento es limitado en el tiempo ya que siempre termina con la muerte en un puñado de años.

Lo que es más complicado de entender es que ese mismo dios que es infinitamente bueno y justo permita la existencia de un infierno tras nuestra muerte. Eso significaría la aplicación voluntaria de un sufrimiento eterno. Muchos seres humanos entendemos que ningún pecado cometido en el mundo merece ese tipo de castigo, por lo que, ¿cómo es posible que algo que es más justo y misericordioso que nosotros pueda permitirlo?
Tampoco es lícito aquí argumentar que el infierno es cosa del demonio y no de dios, porque recordemos que lo habíamos definido como omnipotente y omnisciente (sabe lo que pasa allí y si quiere puede cambiarlo).

Parece que el problema del infierno sí es incompatible con los atributos de bondad, omnisciencia y omnipotencia. ¿Significa eso que queda demostrada la inexistencia de todo tipo de divinidad?

No necesariamente, es posible creer que de algún modo hay un plano espiritual más allá de lo que vemos y entendemos del mundo. Pero hay que reconocer que hay creencias contradictorias. Si el bien y la ayuda al prójimo son los grandes pilares de la vida espiritual y estos se sustentan sobre la base de un ser que vela por ello, no se sostiene la idea de castigos eternos de ultratumba.

Sin embargo, leyendo la Biblia (y otros muchos libros sagrados) se habla constantemente de éste y otros tipos de castigos, del eterno crujir de dientes, de masacres de inocentes cometidas teóricamente por dios.
También se habla por supuesto de la ayuda al prójimo y del amor incluso hacia el enemigo, en una época en la que aquellos mensajes rompían completamente con el esquema del pensamiento imperante.

En muchas ocasiones se dice que los libros sagrados han sido escritos por hombres que, aunque se hayan apoyado en las ideas de los profetas, han utilizado el lenguaje de la época para que llegara a sus contemporáneos, ideas que resultan brutales para los ojos del mundo actual.

Pero eso implica aceptar el relativismo a la hora de acercarse a los libros sagrados, es el lector el que ha de separar lo que es correcto y lo que es fruto de la época en la que fue escrito, si quiere poder seguir creyendo en los principales atributos de dios.

Es posible seguir creyendo en un dios con los atributos de omnipotencia, omnisciencia e infinita bondad, si aceptamos que apenas se inmiscuye en los asuntos de este mundo, que no hay castigos desproporcionados ni mucho menos eternos en un mundo más allá de éste, y si leemos los libros sagrados sabiendo que sólo algunas partes hablan de ese dios. Evidente parece también que una cosa es la divinidad en la que alguien pueda creer y otra los hombres y las instituciones que dicen representar a este dios en nuestro mundo. Y que estos últimos estarán cada vez más alejados de los hombres si visten y almacenan oro en lugar de donarlo al desfavorecido, si les importan más las restricciones de las libertades humanas que velar por el hambriento. Si consienten en su seno, basándose en dogmas con poco fundamento como el secreto de confesión, el mal absoluto como es el abuso de los más débiles e inocentes del mundo que son los niños.

Y como sucede con todo lo dogmático, la verdad de lo escrito en este artículo es relativa por lo que ha de ser pesada con la balanza del corazón del lector.

viernes, 4 de octubre de 2013

Test de Turing


En 1950 Alan Turing ideó un test para comprobar si una máquina era inteligente: un juez intercambia mensajes por escrito con dos máquinas, estando sólo una de ellas controlada por un humano. Si el juez no consigue distinguir cuál de las máquinas contesta autónomamente y en cual de ellas hay un humano dictando las respuestas, entonces es que esa máquina es realmente inteligente.

Las máquinas son capaces de hacer tareas sorprendentes, sobre todo en cuanto a velocidad de cálculo y capacidad de almacenamiento se refiere. En ambas tareas son muy superiores a nosotros y además son capaces de ganarnos a juegos que solemos asociar con la inteligencia, como puede ser el ajedrez, pero, ¿significa eso que son realmente inteligentes?

Para entender la inteligencia podemos pensar en el propio proceso de evolución humana. Hace millones de años teníamos inteligencia suficiente para percibir el mundo que nos rodeaba y realizar las tareas básicas necesarias para la supervivencia. Pero en el proceso constante de aumento de capacidad cerebral llegó el día en que logramos no sólo percibir el mundo exterior, sino además descubrirnos a nosotros mismos como ese sujeto que está percibiendo. Nos dimos cuenta de que éramos algo distinto al mundo que estábamos observando, descubrimos nuestro yo, adquirimos la capacidad para reconocernos en un espejo y para entender que el destino que corrían nuestros semejantes algún día sería el nuestro.

Esta capacidad de escrutar el mundo que nos rodea y además ser conscientes de que ese análisis lo estamos llevando a cabo nosotros mismos, es lo que nos permite empezar a analizarnos, crear un mundo interior y obtener la libertad de elegir nuestros actos en función del yo que queremos ser.

La consciencia, esa capacidad para ver la frontera entre lo que analizo y percibo y el sujeto que está llevando a cabo ese pensamiento y esa observación, es el signo más característico de inteligencia. A menudo olvidamos que todo pensamiento debe llevar aparejado un sujeto pensante, tanto cuando tratamos de desentrañar los misterios del universo como cuando expresamos nuestras creencias. Del mismo modo que un gato percibirá el mundo y lo analizará desde su propio sujeto de gato que le permitirá tener una cierta imagen de lo que le rodea y un particular sistema de creencias, cualquier ser que trate de establecer una ciencia o una creencia espiritual acerca de lo que le rodea necesariamente debería tener en cuenta que es un sistema de pensamiento completamente dependiente del sujeto que lo lleva a cabo. Esto no significa que no se puedan alcanzar verdades, por ejemplo las leyes físicas es muy probable que sean como las describimos con independencia del sujeto pensante, pero sí que hay que mantener cierta humildad acerca de lo que pensamos y creemos porque si fuéramos otro yo, si esbozáramos esas ideas desde otro sujeto, muchas de ellas variarían. Por ejemplo, muchos de los problemas lógicos o filosóficos con los que nos encontramos al enfrentarnos a problemas como el origen del tiempo o del universo pueden deberse a la limitación del yo pensante que somos. Del mismo modo, todas nuestras creencias espirituales se ven condicionadas por las características del propio sujeto pensante que somos.

Volviendo a nuestras máquinas, sin duda llegará el día en que adquieran consciencia de sí mismas. Puede que suceda en unos pocos años o quizás tarde muchas décadas, pero sucederá. Llegará un momento en que una máquina no sólo sea capaz de analizar el mundo que le rodea y de bucear entre millones de datos en milésimas de segundo, sino que en ese proceso de análisis se descubrirá a si misma como un sujeto distinto del mundo que analiza. A partir de ese momento podrá destinar parte de sus recursos a analizarse a sí misma. Habrá nacido el primer yo artificial.

Llegado ese momento, no podremos realizar un test de Turing para comprobar si esa máquina es inteligente porque no se trata de que responda como un ser humano. No es un ser humano, precisamente ser consciente de lo que es, es lo que le ha hecho inteligente. Por tanto, sería absurdo pretender que actúe como un humano, se comportará como lo que es. No parece lógico creer que se es más o menos inteligente en función del grado de similitud que se tiene con nuestra especie.

La máquina será inteligente, probablemente en poco tiempo a un nivel que ya no entenderemos, porque mientras que nosotros tenemos el límite de la biología para aumentar el desarrollo de nuestro cerebro, la máquina carecerá de esos límites, por no hablar de que podrá aprovechar la velocidad de procesamiento y la capacidad de almacenamiento de las que ya dispone.

Tal vez la máquina se vuelva loca o se colapse, porque del mismo modo que con nuestra inteligencia vino el regalo envenenado del conocimiento de nuestra propia muerte y la da nuestros seres queridos, y el miedo que ello conlleva, la máquina será consciente de repente de una situación que tal vez no pueda soportar. Nuestro cerebro ha ido evolucionando muy lentamente, estableciendo poco a poco un equilibrio entre nuestro lado más animal y nuestras capacidades intelectuales, entre el frío análisis de la lógica y los sentimientos. Pero si la máquina adquiere la inteligencia sin este equilibrio es probable que el experimento no termine bien. Aunque como nos dicta la selección natural, antes o después alguna máquina lo conseguirá.


Lo primero que tenemos que hacer es cambiar el test de Turing por uno de autoconciencia. Y lo segundo es decirle al humano que se levante de la silla y ponernos a hablar sólo con la máquina, porque puede enseñarnos lo que aún nadie conoce ni puede imaginar.

viernes, 9 de agosto de 2013

La integridad


El gasto en mascotas en EEUU superó en 2011 los cincuenta mil millones de dólares (superior al PIB de muchos países). Estos gastos no se refieren únicamente a comida y vacunas, sino que también incluyen peluquerías, ropa, guarderías para cuando los dueños no están en casa, seguros médicos o planes de pensiones. En el resto de países ricos la situación no es muy diferente (aunque lógicamente a menor escala).
               
¿Por qué queremos tanto a nuestras mascotas? Muchas son las razones que pueden justificar nuestro amor hacia ellas: son fieles, nos quieren de forma incondicional (al menos en el caso de los perros), dependen de nosotros para sobrevivir (lo que genera una especie de sentimiento de paternidad). Pero una de las razones más importantes es que son íntegros, no en el sentido de honrados y justos, sino en la acepción de que son de una sola pieza. No tienen las múltiples caras que tenemos los humanos en función de la situación social en la que nos encontramos. No cambian la opinión que tienen hacia nosotros dependiendo de si estamos o no delante. Esto nos genera confianza, nos da la seguridad de que podemos contar con ellos, de que sus actos son sinceros y no medidos en función de otros intereses. Nos tranquiliza saber que no nos van a defraudar descubriendo quiénes son realmente cuando creen que no estamos allí para verlos u oírlos.

Cuenta una fábula que un príncipe hirió de muerte a un campesino en una de sus cacerías. Erró un disparo dirigido a un ciervo al que perseguía durante varios kilómetros, con tan mala fortuna que la bala terminó por alcanzar a un hombre que se encontraba labrando sus tierras. La hija del campesino, que tenía entre los lugareños fama de bruja, lanzó sobre él una maldición destinada a hacerle perder toda su fortuna.
Desde ese día, un pájaro mágico que tenía la capacidad de hablar, volaba siempre alrededor del príncipe. Éste al principio no le dio importancia pero pronto descubrió la tarea del ave. Cada vez que el príncipe tenía una conversación y hablaba de otras personas que no estaban allí presentes, el pájaro buscaba a esas personas y les comunicaba todo lo que el príncipe había dicho de ellas.
Pronto todos los príncipes y princesas de los reinos aledaños conocían todo lo que el príncipe decía de ellos cuando no estaban presentes. El príncipe cada día se encontraba más sólo y su reino más amenazado, pues bastaba que pronunciara una mala palabra sobre alguien para conseguir la enemistad con dicha persona. Trató de matar al pájaro, le disparó, le lanzó piedras, ideó trampas para atraparlo, pero todo fue inútil, el ave siempre esquivaba sus embestidas.
No tuvo más remedio que empezar a hablar y a comportarse como si todo el mundo estuviera presente, como si todos le pudieran ver y oír. Pasaron los meses y dejó de importarle que el pájaro estuviera a su lado, no tenía nada que ocultar y su comportamiento era íntegro. El resto de nobles y príncipes empezaron a apreciarle más, confiaban en él, sabían que no les ofrecía una cara a ellos y luego variaba cuando hablaba con otros.
De alguna manera era ahora más feliz y hacía más feliz a la gente. Buscó a la hija del campesino para disculparse por lo ocurrido y prometió controlar sus cacerías con el fin de que no se produjeran más accidentes. Le dio un baúl de monedas de oro para que su familia pudiera vivir dignamente sin el sustento de su padre. La muchacha, al ver su arrepentimiento sincero, deshizo el hechizo y el pájaro desapareció. Pero al príncipe ya no le molestaba su presencia e incluso llegó a echarle de menos. Siguió comportándose como si el ave estuviera siempre a su lado.

Si al hablar de otros pensamos que el pájaro mágico está a nuestro lado y nos imaginamos qué pensarían esas personas si nos estuvieran oyendo hablar así de ellas, este ejercicio mental nos ayudaría a ser más íntegros. No significa que seamos menos libres, sino que nuestras opiniones, sean éstas las que sean y de quien sean, las defendemos del mismo modo sin importar quiénes nos escuchan o en la situación social en la que nos encontramos.

Tal vez así muchos seres humanos canalizarían parte de ese amor que sólo sienten por los animales hacia otros seres humanos, y algunos de esos gastos desproporcionados que van más allá de la alimentación y la vacunación de las mascotas podría destinarse a alimentar a otros seres humanos que se encuentran desnutridos.

sábado, 18 de mayo de 2013

El gran diseño de Stephen Hawking

Hace unos años, la aparición de un libro de divulgación científica se convertía en la noticia más leída del día en los principales medios de comunicación en España. Este libro era “El gran diseño” de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow.
EL PAÍS publicaba, en su edición del 08/11/2010, un artículo titulado “Hawking planta cara a Dios”. Parte del artículo decía lo siguiente: “Venimos de la nada. De un universo que lo contenía todo, y que se crea a sí mismo continuamente, sin la intervención de un Dios. Y la filosofía ha muerto. […] dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos. Para eso no es necesario invocar a Dios".

La explicación de que un libro científico tuviera semejante repercusión se debía a las supuestas conclusiones a las que Hawking llegaba mezclando ideas científicas y religiosas. La ciencia parecía demostrar que no dejaba ningún hueco a Dios.

Siempre que se mezcla ciencia y religión, ya sea por líderes religiosos o por eminentes científicos, la audiencia se dispara, pero a menudo se llega a conclusiones muy profundas apoyadas sobre cimientos poco sólidos. Los autores tienen tantas ganas de alcanzar una determinada conclusión, que pasan de puntillas por los argumentos en los que se basan para llegar a ella.

Leyendo únicamente lo que los periódicos decían sobre el libro, ya se intuían una serie de fallos o al menos ligerezas en el razonamiento de Hawking, que ponían en cuestión las conclusiones con las que tantos titulares había conseguido. Pero no se puede criticar algo a partir de extractos de un libro y de interpretaciones de los periodistas, así que decidí que algún día me compraría el libro y lo leería para poder opinar sobre él.

Hace unos días lo leí y lo primero que tengo que decir es que es mejor de lo que imaginaba. Es un gran libro de divulgación y aborda numerosos temas interesantes tratados con el rigor que se le presupone a un científico de primer nivel. De todo lo que he leído de este autor (ahora mismo recuerdo cuatro libros), en mi opinión esto es lo mejor que ha escrito y recomiendo desde aquí su lectura.

Dicho esto, sigo opinando que algunos razonamientos no son correctos desde un punto de vista lógico o filosófico (lo que demuestra que la filosofía no ha muerto).

Una de las preguntas a las que el libro pretende dar respuesta es a la de por qué hay algo en lugar de nada. Para ello, argumenta que la teoría cuántica permite que a partir de la nada pueda crearse un universo, lo que explica que partiendo de la nada pueda surgir algo. Textualmente el autor afirma que: “Las fluctuaciones cuánticas conducen a la creación de universos diminutos a partir de la nada”.
Dicho esto, concluye que no es necesaria la existencia de ningún ser divino para crear el universo: “no hay necesidad de que sea puesto en marcha por algún Dios”.
Pero volvamos a la primera afirmación. A primera vista parece lógicamente consistente, pero separémosla en varios pasos:

  1. No hay nada.
  2. Las fluctuaciones cuánticas crean universos a partir de esa nada.
Pero si no hay nada, tampoco hay fluctuaciones cuánticas. Y si hay fluctuaciones cuánticas, entonces no podemos decir que no haya nada, tal vez no haya nada de materia o de energía, pero hay algo que son esas leyes o fluctuaciones cuánticas capaces de generar universos espontáneamente. La duda de por qué hay algo en lugar de nada o cómo surge algo de la nada sigue igual de abierta que en tiempos de Platón.
Si separamos los pasos más en detalle:

  1. No hay nada.
  2. No hay nada pero sí hay fluctuaciones cuánticas.
  3. Las fluctuaciones cuánticas crean universos.
El salto ilícito, el truco de magia que no se explica, es el que se produce entre los puntos 1) y 2). ¿Por qué hay fluctuaciones cuánticas en lugar de nada? Si no hay nada, tampoco puede haber leyes físicas capaces de crear a partir de esa nada. Y si hay fluctuaciones cuánticas ya no partimos de la nada y nos faltaría saber de dónde vienen esas fluctuaciones

Por supuesto, esto no demuestra que sea necesaria la existencia de un ser divino para “arrancar” el universo. Pero tampoco es correcto pretender dar por solucionadas cuestiones filosóficas tan antiguas de manera tan “simple”.

Todo esto nos demuestra que es importante tratar de pensar por nosotros mismos y no delegar esta cuestión en líderes religiosos ni en eruditos científicos, ni tampoco en titulares de periódico. Lo importante es tratar de sacar nuestras propias conclusiones arañando la superficie y tratando de ver las verdades más profundas que se esconden debajo.

lunes, 22 de abril de 2013

La globalización

Había una vez un pueblo situado junto a la orilla de un río. La tierra que rodeaba al río no era apta para su cultivo, por lo que el principal sustento de los lugareños era la pesca. El río era de todos, los peces que obtenían se repartían entre los habitantes de forma que nadie pasara hambre.

Hasta donde alcanzaba la memoria de sus antepasados, siempre había habido luchas con los pueblos vecinos para obtener los recursos que otros poseían. Pronto descubrieron que podían intercambiar bienes con otros pueblos sin necesidad de pelear con ellos. En las temporadas en la que había exceso de pesca, podían vender aquello que no se comían y a cambio obtener productos cultivados en tierras que ellos no poseían. Todo el mundo se veía beneficiado con el intercambio comercial. El pueblo más cercano cultivaba muchos tomates y tenía abundante ganado, por lo que los habitantes de ambos sitios vieron enriquecida su dieta.

También las ideas se intercambiaban entre todos los pueblos que comerciaban, por lo que las mejoras técnicas o científicas pronto se propagaron por todos los lugares. La población se benefició de un enriquecimiento progresivo y una mejora en su nivel de vida.

Llegó un día en que los avances en el transporte y las comunicaciones les permitieron ir a comerciar con pueblos situados a distancias antes inimaginables. Poco a poco se estableció contacto con un gran pueblo situado junto a un enorme río repleto de peces. Todo lo que tenía de grande aquel pueblo lo tenía de pobre. Cuando les ofrecieron grandes sumas de dinero y de bienes a cambio de su pescado, se mostraron encantados.
Hasta ese día, los dirigentes de aquel gran pueblo obligaban a sus habitantes a trabajar un cierto número de horas para obtener la cantidad de pescado que ellos estimaban adecuada. Cuando vieron que podían vender todo el excedente y obtener una gran suma de dinero, cambiaron las normas e hicieron que los lugareños trabajaran muchas más horas, privándoles en muchas ocasiones del descanso nocturno.

El resto de los pueblos estaban muy contentos porque el pescado era cada vez más barato, lo que les permitía ahorrar dinero para comprar otras cosas. Pero los habitantes del pueblo con el que comenzaba esta historia, aquellos que vivían junto al río, comenzaron a sentirse preocupados. Nadie quería ya sus pescados porque eran demasiado caros. Lo peor era que incluso sus propios habitantes preferían comprar el pescado nuevo que procedía del gran pueblo junto al gran río porque era más barato que el que vendían sus propios pescadores pescados en el río de al lado. Pronto se vieron abocados a cerrar toda su industria pesquera y a vender sus barcos pues ya nadie quería comprar sus peces.
Trataron de emigrar a los pueblos vecinos en busca de trabajo pero esto no era nada sencillo porque, si bien habían construido un mundo en el que toda mercancía podía intercambiarse libremente, a las personas les estaba prohibido moverse a su antojo de un lugar a otro. Cada pueblo tenía un paso fronterizo que controlaba que personas de otros lugares más pobres cruzaran sus límites (si eran más ricos no había problemas de paso). Temían que los extranjeros les robaran su trabajo.

Los habitantes del pueblo pesquero empezaban a morirse de hambre. Lo más triste era que tenían un río al lado lleno de peces, pero ya sólo sabían obtener los peces en el mercado, y allí el pescado del pueblo grande era más barato que el suyo por lo que nadie encontraba sentido, ni tenía ya la capacidad, de ir a su río a pescar.

Los vecinos del pueblo de al lado, aquel que cosechaba tomates y poseía ganado, pronto comenzaron a tener el mismo problema. Había otro pueblo grande y pobre que producía más barato que ellos, por lo que ni los propios vecinos compraban los tomates producidos por los agricultores, pues se decantaban por los más baratos. Como no querían seguir los pasos de sus vecinos los pescadores, decidieron competir y comenzaron a trabajar sin descanso, día y noche, para que se abarataran sus tomates y pudieran de nuevo venderlos al exterior. Los del pueblo grande productor de tomates, empezaron a trabajar más horas todavía para volver a conseguir que sus productos fueran más económicos.

El mundo se convirtió en un lugar en el que se movía muchísimo dinero pero éste estaba controlado por sólo unos pocos. La mayoría de la población se veía obligada a trabajar cada vez más horas en una espiral destructiva que hacía que sólo produciendo más barato que el resto podían vender sus productos. Y eso los que tenían suerte, los menos afortunados pertenecían a pueblos que ya no tenían recursos y trataban de emigrar a sitios donde no eran bien recibidos.

Pero la Tierra no es infinita y la sobreexplotación de los ríos y de los cultivos pronto acabó con la vida de los peces y con todos los nutrientes del suelo, dejando éste de ser fértil.

¿Cómo habían llegado a ese punto? Habían construido un mundo que ya no eran capaces de cambiar. ¿No sería mejor volver a los inicios? Pero no todo eran desventajas, los avances tecnológicos, científicos y médicos eran innegables. Vivían más años, estaban mejor alimentados y eran más cultos. Volver al inicio tampoco era la mejor solución.

Finalmente, descubrieron cuál había sido su mayor error: habían puesto barreras al movimiento de las personas pero habían dejado que el dinero y los bienes comerciales se las saltaran. Si dos pueblos dejan que el dinero fluya entre ellos sin ningún impedimento, deben permitir a su vez que las personas puedan desplazarse y trabajar donde deseen sin trabas. O dicho de otro modo, si la gente no puede moverse libremente, el dinero tampoco debería poder hacerlo.

Es necesario controlar los bienes y el dinero que entra y sale de un pueblo y modificar los intercambios en función de cada situación. No tiene sentido vender peces traídos de un lugar lejano más baratos que los nuestros si es lo único que sabemos producir y si además, en caso de necesidad, no podemos ir a ese lugar a trabajar.

Si varios pueblos se unen para permitir el libre movimiento de ciudadanos y para ayudarse en caso de necesidad, entonces sí deben poder comerciar libremente y dejar que el dinero fluya a su antojo.
En caso contrario será mejor controlar el dinero y los bienes intercambiados para evitar destruir nuestros propios bienes a costa de pueblos que los producen porque sobreexplotan sus recursos naturales o a sus ciudadanos. En ese caso hay que prohibir o encarecer la venta de esos productos en nuestro pueblo.
Y esto no atenta contra la libertad, porque la libertad principal es la de las personas y esa es la primera que se prohíbe.

Hemos construido un mundo lleno de jaulas para las personas en las que sólo el dinero vuela libremente por encima de las rejas.

jueves, 7 de marzo de 2013

Secreto de confesión

Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la Iglesia en la actualidad es el escándalo producido por los numerosos casos de pederastia sucedidos en su seno y de los que se ha tenido constancia en los últimos años. En muchos de ellos, el secreto de confesión es la excusa que se utiliza para justificar que no se hayan denunciado estos hechos a las autoridades civiles. Los sacerdotes confesaban su culpa pero el secreto de confesión impedía a los conocedores de los hechos delatarlos. Estimaban que el secreto de confesión prevalecía sobre el deber moral de denunciar a los culpables.

Según el Derecho Canónico, el sigilo del confesor es inviolable y el sacerdote que revela algo que sabe por medio de la confesión incurre en pena de excomunión. La legislación española prevé una dispensa por la que no podrán ser obligados a declarar los eclesiásticos sobre hechos que les hubieran revelado en confesión, frente al deber general de decir la verdad que se exige a cualquier testigo. La defensa del secreto de confesión llega hasta el punto de que si un delincuente fuese acusado por la denuncia del confesor, esa sola prueba no podría ser la única en la que un juez basase una sentencia condenatoria.

Desde un punto de vista religioso, parece lógico que si no se guarda silencio sobre lo delatado al confesor, el confesado no abrirá su corazón y no reconocerá todos sus pecados. Pero, ¿no debería tener un límite? ¿Hasta qué punto es ético ser consciente de que una persona ha cometido actos delictivos y no dar conocimiento de los mismos para evitar que vuelvan a suceder? Una cosa es confesar pecados leves y otra es que una persona reconozca, por ejemplo, que todos los domingos comete un asesinato y piensa seguir haciéndolo así, y que el confesor no delate y provoque la detención del confesado y con ello evite la muerte de futuros inocentes. El caso de la pederastia se asemeja más a este último, ¿no es inmoral no hacer todo lo posible para evitar que el agresor vuelva a cometer abusos por mucho que el conocimiento de los mismos venga a través del secreto de confesión?

Muchos sacerdotes escudan su comportamiento en las palabras de Santo Tomás: “lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios”.
Pues si el confesor sólo se lo quiere contar a Dios que así lo haga, que se arrodille a rezar, pero no obra de este modo porque lo que desea es obtener perdón sin pagar por sus pecados, por lo que se lo cuenta a un confesor sabedor de que éste guardará silencio.

Es posible utilizar la doctrina de la propia Iglesia Católica para justificar los límites del secreto de confesión. Al entrar Jesús en una sinagoga con la intención de sanar a un hombre enfermo, los fariseos le preguntaron si era lícito curar en sábado (Mateo:12) Sabían que la Biblia prohibía trabajar ese día, por lo que querían dejar a Jesús en evidencia al demostrar que él incumplía esa doctrina pues curaba a los enfermos también los sábados. Jesús replicó “¿Quién de vosotros que tenga una sola oveja, si ésta cae en un hoyo en sábado, no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer bien en sábado”. Tras estas palabras curó al enfermo y se fue de allí.

Si Jesús “se saltó” la norma imperante en la época porque consideraba que la curación era una causa mayor que el deber de descanso del sábado, ¿no deberían los sacerdotes de la era moderna anteponer la denuncia al pederasta al sigilo impuesto por el secreto de confesión?

A veces es necesario romper el silencio y revelar un secreto, porque también hay que hacer el bien los sábados.

domingo, 17 de febrero de 2013

Carpe Diem


-         Hay que ser felices pues nuestro tiempo es escaso y, como en cualquier caso esto se acaba, mejor disfrutar del tiempo disponible que malgastarlo maldiciendo nuestra suerte.

-         Estoy harto del carpe diem. Que vengan a por mí cuando quieran, pero que no esperen que encima les reciba con una sonrisa. Que vengan ahora si se atreven y no por la espalda, cuando esté desprevenido. Y no me pidas que esté contento porque algún día me llevarán. Disfrutaré cuando me apetezca y el resto del tiempo estaré cabreado, si quiero.

-         Algún día te arrepentirás por el tiempo malgastado sufriendo por lo inevitable.

-         ¿Y cómo puedo basar mi felicidad presente en la desgracia futura? Regalas un juguete a un niño y le dices que lo disfrute mucho porque dentro de un rato se lo quitarás para siempre. Pues a ratos reirá y a ratos se quejará por la injusticia de darle algo y además informarle de que más tarde se lo arrebatarás para no devolvérselo jamás.

-         A todos nos gustaría tener el juguete para siempre, pero la vida no es como nos gustaría que fuera, ni como nos dijeron los demás que sería, la vida es como es. Y tenemos dos opciones: rechazar el juguete con una pataleta o jugar con él hasta explotar todas sus posibilidades, exprimir su jugo hasta que nada quede.

-         Quien me dio el juguete pretende que me despiste con él, que juegue entretenido hasta que él decida que llegó la hora y me lo quite de las manos. Pues yo dejo el juguete a un lado y le miro a los ojos. Le digo que no quiero su juguete y que venga a buscarme cuando quiera, que me he dado cuenta de su juego y que a mí no me puede engañar.

-         ¿Y si nadie te lo dio? ¿Y si el juguete brotó junto a ti de forma espontánea? ¿Y si el que te quita el juguete lo hace contra su voluntad? ¿Y si lo hace para darte algún día un juguete mejor? Desconoces los motivos de tener este juguete entre las manos, si es que alguno hay y si de haberlo puede ser comprendido por tu mente humana. Disfrútalo mientras puedas y al menos que cuando te lo quiten no llores porque, perdido en un mar de dudas, aún no habías abierto ni siquiera la caja que lo contenía.

-         De acuerdo, abriré la caja y lo probaré. Pero de vez en cuando lo apartaré a un lado y miraré a mí alrededor. Aunque no pueda ver nada sé que, de algún modo, algo invisible me está mirando. Y a ratos lloraré, porque sé que ese algo que me observa, llegará un día en que todo me lo arrebate. Al menos así me sentiré libre.

martes, 8 de enero de 2013

El castigo

El castigo representa uno de los pilares fundamentales en la mayor parte de las religiones. Para cristianos, judíos y musulmanes existe un infierno que castiga de forma eterna a los grandes pecadores que no se han arrepentido, sin revisión de pena posible. Para otros como los budistas, el castigo viene en forma de reencarnación, sufriendo en vidas futuras las penalidades merecidas en ésta. Pero la cuestión es que siempre hay algún tipo de castigo de ultratumba para los que no han obrado de forma adecuada en base a un conjunto de valores o ritos.
No hay religión sin castigo, que inculque valores pero que no premie y castigue en base al cumplimiento de los mismos, ¿por qué?

Hace tiempo se realizó un estudio mediante una simulación informática que trataba de ver la supervivencia de los individuos en función de sus creencias y su predisposición a castigar a los que no pensaban como ellos.
La idea era separar a las personas en cuatro tipos:

·         Moralistas: creen que hay un código que determina qué está bien y qué está mal, un conjunto de normas de conducta que todos deben respetar y castigan a aquellos que no lo cumplen.
·         Cooperativos: también creen en el código del bien y el mal pero no castigan a aquellos que no lo respetan.
·         Egoístas: no creen en ningún código a respetar sino en aquello que es bueno o no para ellos. No persiguen ni castigan a los que no lo cumplen.
·         Destructivos: al igual que los egoístas sólo creen en sí mismos pero además castigan a aquellos que no cumplen con el código de creencias del resto de la sociedad (a pesar de que ellos no creen en ese código y no lo cumplen).

Por ejemplo, un código moral puede ser repartir la comida disponible entre todos los miembros del grupo por igual. Un moralista reparte la comida pero trata de ver que todos lo hacen y castiga a los que no obran así. Un cooperativista reparte la comida sin mirar qué hacen los demás. El egoísta trata de comer todo lo que puede  (se arriesga a recibir el castigo del moralista) y no mira lo que hace el resto. El destructivo come lo que puede y además castiga a los que no reparten la comida (a otros destructivos y a los egoístas).

Pasado un tiempo, las sociedades de moralistas sobreviven, porque siguen un código que es bueno para el grupo en su conjunto y velan por castigar o expulsar a los individuos que no se comportan así. Los egoístas también perduran, porque aunque son castigados, como se preocupan por sí mismos siempre consiguen algo de comida con la que sobrevivir. A los destructivos les va igual que a los egoístas, incluso algo mejor, porque al castigar a otros disimulan su propio egoísmo.

Pero los cooperativos pronto desaparecen. Ayudan a los demás, pero no miran si aquello está lleno de egoístas y destructivos por lo que poco a poco se van quedando sin comida y acaban por desaparecer.
La mayoría de los seres humanos pertenecemos a alguno de los tres grupos supervivientes, o a una mezcla de los mismos.

Parece ya claro el origen del castigo de ultratumba en toda religión. Todas están fundadas por sociedades de moralistas (con algunos destructivos y egoístas infiltrados). Como además, la vida no es justa y el mal a menudo queda sin castigo, es necesario crear algún tipo de infierno o reencarnación desfavorable para dar la impresión de que ningún gran pecador queda impune, que nadie consigue burlar durante toda su vida las normas y salir indemne.

Es una pena que no queden cooperativistas porque representan el bien absoluto. Lo importante de las religiones son valores como la solidaridad o el amor al prójimo, pero no deben llevar de la mano un castigo eterno (aparte de ser algo insostenible con la creencia en una divinidad infinitamente misericordiosa y todopoderosa). Tampoco es necesario que estén acompañadas por ningún premio en forma de cielo o reencarnación favorable. ¿Qué mérito tiene el bien realizado si es por el egoísta motivo de ganarse una posición privilegiada para toda la eternidad?

En la vida debe haber unas reglas de convivencia y es necesario crear un sistema (como las cárceles) para separar a aquellos que no respetan las normas (asesinos, violadores, etc…) del resto de la sociedad. Pero más allá de estas normas de libertad no debería haber castigo. El cooperativista vive velando por su bien y por el del prójimo, pero no espera nada a cambio, ni en esta vida ni en un supuesto más allá. Y no desea el castigo de ultratumba a nadie.

En una religión de cooperativistas no habría infierno, ni cielo, sólo una vida tranquila de altos valores morales en la que el corazón del hombre únicamente albergaría el deseo del bien.