Decía Heráclito en el siglo V antes de Cristo que todo fluye, nada permanece. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río porque el agua ya no es la misma (la de la última vez que nos bañamos puede que ya haya llegado al mar), y nosotros tampoco somos los mismos. Todo es devenir.
Parménides, por el contrario,
argumentaba que las cosas son en sí mismas, lo importante es la idea de río. Los
cambios son ilusorios pues de la nada, nada puede surgir y lo que es no puede
convertirse en nada (aquello que muere en realidad se descompone en átomos “reutilizables”).
Todo es ser.
Platón, en el siglo siguiente, entiende
que, del mismo modo que si vemos cientos de galletas iguales deducimos que
tiene que haber un molde de galletas, el hecho de ver cientos de caballos
similares significa que de alguna manera tiene que haber un molde de caballo.
Existe por tanto un mundo de las ideas del que todo este mundo no es sino una
copia imperfecta.
Para su discípulo Aristóteles, no
existe ese mundo de las ideas. Lo que sucede es que nuestra mente, al ver
cientos de caballos similares, realiza una abstracción y establece el patrón “caballo”
para comparar los animales que vea en el futuro.
Para los antiguos griegos, los
hombres, al igual que los caballos, eran seres que no habían variado a lo largo
de los siglos. Hoy en día sabemos, por la teoría de la evolución, que tanto
humanos como caballos hemos pasado por varios estados diferentes antes de
llegar a ser lo que somos.
¿Significa esto que todo es
devenir, todo es cambio? ¿No hay ninguna idea a la que agarrarnos puesto que
todo se reconfigura a lo largo del tiempo?
Explota el Big Bang y a partir de
ahí, todo se crea y se destruye en un continuo devenir. Pero ese cambio se realiza
siguiendo unas leyes físicas. Toda creación y destrucción no es aleatoria, sino
que obedece siempre a unas leyes.
Las leyes físicas serían por
tanto el “ser” y todo lo que se crea y se destruye a lo largo del tiempo, el “devenir”.
Al principio, cuando no existía
el universo ni tan siquiera el tiempo, sólo existían leyes físicas cuánticas.
Estas leyes eran el “ser”. Pero toda ley tiene que variar en función de alguna
variable y esa variable, sea el tiempo o sea otro parámetro, constituye el “devenir”.
El “devenir” sobre el “ser”
produjo esa explosión inicial a la que llamamos Big Bang. A partir de ahí, las
leyes físicas de la naturaleza (el ser), moldearon el mundo con el avance del
tiempo (el devenir).
Cada conjunto de leyes encierra
las posibilidades del futuro mundo generado por el devenir. Nada puede
producirse que no sea posible, pero no todo lo posible se produce. Las leyes
permiten un sinfín de posibles mundos (pero no infinitos, sólo algunos son posibles)
cuya naturaleza real se va materializando con el devenir.
La posibilidad de que exista un
planeta girando alrededor de una estrella y de que en ese planeta existan
caballos, era una de las posibilidades que permitían las leyes físicas
iniciales, de lo contrario no podría haber caballos. Pero esas leyes físicas
permitían muchísimas otras posibilidades que el devenir no ha materializado (si
no hubiera caído un meteorito que extinguiera a los dinosaurios, no habría
caballos, al menos en este momento).
El ser determina un lienzo enorme
de posibilidades sobre las que el devenir va pintando un camino.
Pero entonces, hay que
reconocerle a Platón cierta razón al afirmar que hay un mundo de “ideas”, un mundo
de posibilidades escrito antes de este mundo. Un mundo que determina aquello
que es posible porque es el mundo potencial del ser. Nada existe en el universo
que no exista previamente en ese lienzo de posibilidades.
Existen caballos porque pueden
existir caballos, pero hay cosas que nunca podrán existir porque no lo permiten
ninguna de las innumerables posibilidades que despliegan las leyes físicas que
constituyen el ser.
El mundo de las ideas es ese
lienzo de posibilidades sobre el que el devenir escribe.
¿Y por qué las leyes físicas son
las que son? ¿Y si esas leyes también estuvieran sujetas a algún tipo de
devenir, por nosotros inapreciable? Quizás en base a alguna variable, las leyes
físicas van mutando.
Las leyes físicas se escriben en
un lenguaje común: las matemáticas.
Tal vez el “ser” sean las propias
matemáticas, que escriben sobre un lienzo innumerables (pero no infinitas) leyes
físicas posibles.
Nuestro universo es sólo una
posibilidad en el devenir de un conjunto de leyes que son sólo una posibilidad de
todas las leyes que pueden ser descritas en el lenguaje de las matemáticas.
En la naturaleza de nuestro
universo no existe un círculo estrictamente hablando. Todo movimiento circular
en el fondo es discreto, está escalonado. Hay una distancia mínima, la
distancia de Planck, que hace que todo movimiento sea discreto, escalonado, pixelado,
como si fuera una pequeña cuadrícula que distorsionara nuestro perfecto círculo.
Por lo tanto, volviendo a Platón,
el círculo perfecto sólo existe en el mundo de las ideas. En el mundo real,
sólo se dan copias imperfectas que nunca alcanzan a ser el círculo ideal. Pero
necesitamos de la existencia del círculo ideal porque es sobre lo que
realizamos las medidas y leyes que luego se cumplen en el mundo físico.
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