domingo, 22 de febrero de 2026

Ser y devenir

Decía Heráclito en el siglo V antes de Cristo que todo fluye, nada permanece. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río porque el agua ya no es la misma (la de la última vez que nos bañamos puede que ya haya llegado al mar), y nosotros tampoco somos los mismos. Todo es devenir.

Parménides, por el contrario, argumentaba que las cosas son en sí mismas, lo importante es la idea de río. Los cambios son ilusorios pues de la nada, nada puede surgir y lo que es no puede convertirse en nada (aquello que muere en realidad se descompone en átomos “reutilizables”). Todo es ser.

Platón, en el siglo siguiente, entiende que, del mismo modo que si vemos cientos de galletas iguales deducimos que tiene que haber un molde de galletas, el hecho de ver cientos de caballos similares significa que de alguna manera tiene que haber un molde de caballo. Existe por tanto un mundo de las ideas del que todo este mundo no es sino una copia imperfecta.

Para su discípulo Aristóteles, no existe ese mundo de las ideas. Lo que sucede es que nuestra mente, al ver cientos de caballos similares, realiza una abstracción y establece el patrón “caballo” para comparar los animales que vea en el futuro.

Para los antiguos griegos, los hombres, al igual que los caballos, eran seres que no habían variado a lo largo de los siglos. Hoy en día sabemos, por la teoría de la evolución, que tanto humanos como caballos hemos pasado por varios estados diferentes antes de llegar a ser lo que somos.

¿Significa esto que todo es devenir, todo es cambio? ¿No hay ninguna idea a la que agarrarnos puesto que todo se reconfigura a lo largo del tiempo?

Explota el Big Bang y a partir de ahí, todo se crea y se destruye en un continuo devenir. Pero ese cambio se realiza siguiendo unas leyes físicas. Toda creación y destrucción no es aleatoria, sino que obedece siempre a unas leyes.

Las leyes físicas serían por tanto el “ser” y todo lo que se crea y se destruye a lo largo del tiempo, el “devenir”.

Al principio, cuando no existía el universo ni tan siquiera el tiempo, sólo existían leyes físicas cuánticas. Estas leyes eran el “ser”. Pero toda ley tiene que variar en función de alguna variable y esa variable, sea el tiempo o sea otro parámetro, constituye el “devenir”.

El “devenir” sobre el “ser” produjo esa explosión inicial a la que llamamos Big Bang. A partir de ahí, las leyes físicas de la naturaleza (el ser), moldearon el mundo con el avance del tiempo (el devenir).

Cada conjunto de leyes encierra las posibilidades del futuro mundo generado por el devenir. Nada puede producirse que no sea posible, pero no todo lo posible se produce. Las leyes permiten un sinfín de posibles mundos (pero no infinitos, sólo algunos son posibles) cuya naturaleza real se va materializando con el devenir.

La posibilidad de que exista un planeta girando alrededor de una estrella y de que en ese planeta existan caballos, era una de las posibilidades que permitían las leyes físicas iniciales, de lo contrario no podría haber caballos. Pero esas leyes físicas permitían muchísimas otras posibilidades que el devenir no ha materializado (si no hubiera caído un meteorito que extinguiera a los dinosaurios, no habría caballos, al menos en este momento).

El ser determina un lienzo enorme de posibilidades sobre las que el devenir va pintando un camino.

Pero entonces, hay que reconocerle a Platón cierta razón al afirmar que hay un mundo de “ideas”, un mundo de posibilidades escrito antes de este mundo. Un mundo que determina aquello que es posible porque es el mundo potencial del ser. Nada existe en el universo que no exista previamente en ese lienzo de posibilidades.

Existen caballos porque pueden existir caballos, pero hay cosas que nunca podrán existir porque no lo permiten ninguna de las innumerables posibilidades que despliegan las leyes físicas que constituyen el ser.

El mundo de las ideas es ese lienzo de posibilidades sobre el que el devenir escribe.

¿Y por qué las leyes físicas son las que son? ¿Y si esas leyes también estuvieran sujetas a algún tipo de devenir, por nosotros inapreciable? Quizás en base a alguna variable, las leyes físicas van mutando.

Las leyes físicas se escriben en un lenguaje común: las matemáticas.

Tal vez el “ser” sean las propias matemáticas, que escriben sobre un lienzo innumerables (pero no infinitas) leyes físicas posibles.

Nuestro universo es sólo una posibilidad en el devenir de un conjunto de leyes que son sólo una posibilidad de todas las leyes que pueden ser descritas en el lenguaje de las matemáticas.

En la naturaleza de nuestro universo no existe un círculo estrictamente hablando. Todo movimiento circular en el fondo es discreto, está escalonado. Hay una distancia mínima, la distancia de Planck, que hace que todo movimiento sea discreto, escalonado, pixelado, como si fuera una pequeña cuadrícula que distorsionara nuestro perfecto círculo.

Por lo tanto, volviendo a Platón, el círculo perfecto sólo existe en el mundo de las ideas. En el mundo real, sólo se dan copias imperfectas que nunca alcanzan a ser el círculo ideal. Pero necesitamos de la existencia del círculo ideal porque es sobre lo que realizamos las medidas y leyes que luego se cumplen en el mundo físico.

Dando la razón a Aristóteles llegamos también a dársela a Platón.

miércoles, 21 de enero de 2026

El puente

Eran las diez de la noche de un diecinueve de mayo cuando la vi por primera vez. 

Yo cruzaba el puente de Praga sobre el río Manzanares con paso veloz, cuando una silueta llamó mi atención.

La noche era agradable y era viernes, por lo que lo normal a esas horas en Madrid hubiera sido no ser el único transeúnte, pero aquella noche no había nadie más en el puente.

La luna llena brillaba con tanta fuerza que reflejaba su luz sobre los adoquines del empedrado suelo.

Al observar uno de los muros de piedra que flanquean el puente, distinguí una figura vestida de blanco.

Me asusté al verla porque sólo podía ver la mitad superior de su cuerpo. Estaba al otro lado del muro, como si estuviera a punto de precipitarse al río.

Comencé a acercarme a ella con paso lento, indeciso pero constante. 

No sabía qué hacer, no quería asustarla o molestarla y precipitar su caída, pero tampoco podía pasar de largo y hacer como si no la hubiera visto.

Cuando estaba a escasos metros, ella debió verme por el rabillo del ojo, o tal vez me escuchó.

Tenía el pelo largo, muy negro, la piel muy clara y un vestido blanco que brillaba con la luna, dándole al conjunto un aspecto espectral.

Me observó un instante y luego continuó mirando hacia abajo, a las frías aguas del río.

Cuando estuve a un par de metros de ella me detuve. No quería acercarme más y que creyera que iba a agarrarla y acelerar lo que pretendía evitar, pero quería estar lo suficientemente cerca como para hablar con ella.

Pasaron unos segundos de silencio en los que ninguno de los dos nos movimos.

- ¿Tú crees que hay algo después? - me dijo de repente, sin más preámbulos, mientras su mirada permanecía fija en el río.


La pregunta me cogió completamente desarmado. ¿Después de qué? Dada la situación debía referirse a después de todo, a después de estar aquí, a después de desaparecer, a después de que tu cuerpo impacte contra las frías aguas de un río. 

Tuve la sensación de que la situación requería una respuesta rápida si quería ayudar a evitar el fatal desenlace.

- Yo creo que hay algo más de lo que vemos, de lo que conocemos, de lo que damos por sentado. Creo que este mundo material no lo es todo - me aventuré a decir -. De alguna manera, hay algo más allá, que se puede llamar espiritual, aunque no sé lo que es. 

Permanecí en silencio unos instantes. Ella ni se inmutó, parecía estar hecha de la misma piedra que el muro. Decidí continuar con la respuesta, no podía hacer otra cosa.

- Creo que las religiones se acercan a ese algo espiritual cada vez que hablan de paz, de amor al prójimo o de solidaridad. Pero creer en lo que dice cualquier libro religioso al pie de la letra me parece fanatismo, porque al final se han ido escribiendo durante diferentes épocas por diversos autores con una mentalidad muy distinta a la nuestra. No es difícil encontrar en ellos pasajes que inducen a la violencia o a la misoginia, todo lo contrario a esos valores de paz y amor que deberían promulgar. Alrededor de cada religión se han creado cultos para difundir esos valores pero muchas veces se han convertido en lo contrario. Ya sabes, se predica la tolerancia siendo intolerantes, la humildad siendo soberbios o la generosidad acumulando oro y propiedades. 

Por otro lado, sé que hay quien está seguro de que tras esta vida no puede haber nada, ya sabes, la evolución y todo lo demás, que no somos más que una especie de mono que ha evolucionado de este modo pero al fin y al cabo seguimos siendo un animal. Puede que tengan razón, no lo sé. Pero es tanto lo que desconocemos que cerrarle la puerta a todo con esa certeza también me resulta demasiado radical. En el propio planteamiento creo que está la trampa. Si somos sólo un animal pero más evolucionado, entonces también nosotros tendríamos un cerebro animal que limitaría lo que podemos conocer y habría una línea más allá de la cual se extendería un mundo para nosotros incomprensible. No sé, un mono por ejemplo, no sabe que las estaciones dependen del eje de la Tierra y su relación con el Sol, pero como no sospecha que todo eso existe, da por hecho que todo lo que existe es su mundo. De algún modo puede sucedernos lo mismo, alguien más evolucionado que nosotros, ¿no debería alcanzar ideas que nosotros ignoramos y que además ignoramos que desconocemos?

Y no sólo eso, ¿Cómo sabemos que no vivimos en una simulación, que todo no es más que un sueño, que no estamos en alguna otra dimensión bajo los efectos de alguna sustancia que nos hace creer que todo esto es real y no hay nada más?. Puede que, como en Matrix, nuestro cerebro real esté conectado a algo que nos hace creer que todo lo que nos rodea es real, cuando en realidad es ficticio.

Y me he dejado a los que creen en la reencarnación. No lo veo muy claro, aunque, bien pensado, igual que nunca hemos sido nada y de repente hemos emergido en este cuerpo, ¿por qué no en el futuro, tras nuestra muerte, podemos ser una consciencia que emerge en otro cuerpo? No seremos nosotros mismos ni recordaremos nada de esta vida, pero de alguna forma seremos ese yo futuro que emerge en otro cerebro, ¿por qué no?

- En fin, yo creo que sí hay algo más - continué -, aunque no tengo ni idea de lo que es y no estoy del todo seguro de ello, es una especie de corazonada, de sensación, que no pretendo demostrar a nadie porque sé que no es posible, y es algo que tampoco impondría, porque otras opciones son igualmente posibles. Y creo que, de alguna manera, todo eso del bien debe ser parte del secreto, del aprendizaje que hacemos aquí, no sé.


Se hizo un silencio que me pareció eterno. Ella no se movía. Dudé de si había escuchado una sola palabra de lo que había dicho. Dudé de si era real o tan sólo era el reflejo de un rayo de luna, como en las leyendas de Bécquer. 

- Lo único que sé - añadí - es que me gustaría que pasaras a este lado del puente.


Algo cambió en su interior, percibí como un chasquido en sus pensamientos, noté un punto de inflexión. Era la primera vez que tenía la sensación de que ella había modificado el flujo de sus pensamientos, la determinación de su decisión.

Se giró y me miró fijamente con unos brillantes ojos azules. Yo la miré con la misma intensidad y alargué la mano y me mantuve expectante, inmóvil, queriendo ser un asidero al que ella pudiera agarrarse, si era eso lo que quería.

Comenzó a pasar las piernas por encima del muro. Su vestido blanco era vaporoso y le permitía moverse con facilidad. Cuando estaba en el lado seguro del puente, agarró mi mano.

Me sentí feliz, como hacía mucho tiempo que no me sentía.

 

domingo, 1 de junio de 2025

Los funcionarios y el péndulo de Schopenhauer

 

Un estudio de CSIF revela que el 45% de los funcionarios consume ansiolíticos, antidepresivos o somníferos a diario. El 60% de los encuestados indica además necesitar ayuda psicológica, si bien sólo el 38% la recibe. Estos porcentajes son sensiblemente superiores a los de la población general, en un colectivo en el que a priori la ausencia de miedo a la pérdida del empleo parece que debería hacer que su salud mental fuera mejor frente a otros colectivos en situación más precaria.

 

Decía Schopenhauer, filósofo que no ha pasado a la posteridad por su optimismo, que “la vida humana oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento”. El ser humano tiene deseos que si permanecen insatisfechos provocan sufrimiento, pero si se satisfacen, pronto desembocan en aburrimiento. Sólo experimentamos felicidad mientras el péndulo oscila entre una y otra posición, pero esta felicidad es necesariamente efímera porque el péndulo nunca se detiene en los puntos intermedios.

Podemos intentar aplicarlo a una persona que no tiene trabajo, lo que le provoca sufrimiento. De repente, consigue un empleo en una empresa, por lo que experimenta una gran alegría, el péndulo ha abandonado la posición de sufrimiento y en su tránsito provoca felicidad.

Pasado un tiempo, especialmente si el trabajo es monótono y repetitivo, empieza a caer en el aburrimiento. El tedio le asfixia poco a poco y sólo el alivio de las vacaciones y los días libres dan sentido a su vida.

Entonces, rumores de fusión de su empresa, de cambios físicos en las oficinas que provocan traslados, de posibles ERE que implican despidos, generan inquietud y sacan del aburrimiento a nuestro empleado. Al salir de la posición de aburrimiento, al principio provocan algo de felicidad por el hecho de romper la monotonía. Las conversaciones entre compañeros se vuelven más interesantes e incluso el empleado sueña con las nuevas actividades que emprendería en su vida si se quedara sin trabajo. Siente de nuevo la libertad.

Pero pronto el péndulo se sitúa en la posición de sufrimiento. El miedo a perder el trabajo se apodera de nuestro empleado, siente el peso de los gastos a los que no podría hacer frente si sus miedos se materializaran.

En este punto, la empresa garantiza todos los trabajos o se produce un ERE, pero a él no le afecta. De nuevo siente la felicidad y valora su empleo como no lo hacía en mucho tiempo. El péndulo está oscilando una vez más entre el sufrimiento y el aburrimiento, y durante un tiempo, nuestro empleado será feliz antes de caer de nuevo en el tedio.

 

El péndulo de los funcionarios está eternamente detenido en la posición del aburrimiento y nunca oscila. La felicidad sólo se presenta en el instante inicial de obtener la plaza, pero una vez transcurridos los primeros meses o años, el péndulo llega a la posición de aburrimiento y se detiene ahí para siempre. Al no existir miedo a la pérdida del empleo, éste se deja poco a poco de valorar. El péndulo nunca oscila hacia el miedo y por tanto no puede oscilar de nuevo al aburrimiento, han desaparecido esos puntos intermedios que producían la efímera felicidad.

El funcionario no sueña con dejar su empleo y buscar otro, ni con las ideas que emprendería si tuviera que empezar de cero, porque uno no puede abandonar algo que sabe que es seguro, aunque se sienta encerrado dentro.

 

Puede que el péndulo de Schopenhauer aplicado al mundo laboral nos ayude a explicar, aunque sea en un pequeño porcentaje, alguna de las causas que motivan los malos datos de salud mental reportados por los funcionarios. Y cómo a veces, los privilegios se pueden volver contra nosotros mismos y la fortaleza que creemos que nos protege, se puede convertir en nuestra prisión. Sólo nos queda luchar por acondicionarla y valorarla, para tratar de simular que el péndulo se sigue moviendo.

 

martes, 21 de noviembre de 2023

Emerger

1.

El sol calienta con timidez la amplia acera norte de la calle Atocha de Madrid. La gente intenta caminar por ese lado de la vía para poder disfrutar de sus rayos. Es el comienzo de la primavera de 2023.

Numerosos comercios ofrecen sus productos a los viandantes, entre los que se encuentran los atareados ciudadanos que llevan a cabo sus quehaceres diarios y los turistas que, con más calma, se detienen a observar cada rincón de la calle. Muchos de los edificios que componen esta vía evidencian su nutrida historia.

El 2 de mayo de 1808, numerosos madrileños se batían en esta misma calle con los soldados franceses que habían ocupado su ciudad. Tras muchos abusos por parte del ejército invasor, aquel día un número considerable de personas se jugaron la vida por la libertad. Por esta calle cargaba la caballería francesa mientras los madrileños, navaja en mano, se batían en duelo con más coraje que medios.

Puede que alguien peleara justo en el punto exacto en el que me hallo. Entre estos cuatro adoquines en los que ahora fijo mi mirada (aunque entonces sería diferente el empedrado), puede que algún cuerpo cayera al suelo. Estamos en la misma posición, pero nos separan más de doscientos años en el tiempo.

Unos siglos antes, en 1586, Juan de la Cuesta estableció en esta misma calle Atocha su imprenta, donde imprimiría la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Muchos años han transcurrido desde aquellos acontecimientos. Mucha gente ha transitado esta calle desde entonces. Parece increíble que hayan pasado tantas cosas antes de que existiéramos.

No éramos nada en 1586, ni tampoco en 1808.

Hace dos mil años, es probable que tribus carpetanas cultivaran los terrenos de la actual calle Atocha, o los utilizaran para alimentar su ganado. Entonces no había adoquines, ni empedrado, pero debajo está la misma tierra que algún día alguien cultivó o en la que pastaron sus ovejas.

Miles de días han pasado, días en los que millones de personas han transitado esta calle.

Miles de días en los que no hemos sido nada.

Hubo un tiempo en el que no existían los días, ni los amaneceres, ni los atardeceres. Un tiempo en el que aún no había Tierra, ni tan siquiera Sol, por lo que hablar de días o de años, que se definen por movimientos de la Tierra respecto al Sol, carecía de sentido.

Billones de instantes equivalentes a nuestros actuales días en los que no éramos nada.

Hemos aparecido aquí hace sólo un puñado de años. En el total de la existencia del universo, nuestra presencia aquí se produce en un período de tiempo infinitesimal, cercano a la nada.

Sin embargo, desde nuestra percepción, las cosas son muy diferentes. La realidad para nosotros sólo existe desde que estamos aquí. Lo anterior es algo que cuentan los libros, pero no guardamos ninguna impresión de ello. Para nosotros es algo infinitesimal, cercano a la nada. Tenemos la impresión de que la realidad coincide exactamente con nuestra presencia y que la realidad anterior es sólo un relato, insignificante en comparación con el periodo transcurrido tras nuestro nacimiento. Lo que importa es esta historia contemporánea, el mundo desde que estamos aquí.

Existe por tanto un abismo entre la realidad vista desde fuera de nosotros, en la que no somos más que un instante situado al final de la historia, y la realidad para nosotros, en la que todo coincide prácticamente con nuestra existencia, ya que no tenemos ningún tipo de consciencia anterior.

No hemos sido nada durante billones de días, pero eso no nos afecta. Sin embargo, sí nos aflige la posibilidad de dejar de ser en cualquier instante, así como nuestra posible inexistencia durante los próximos billones de días.

Los humanos, en general queremos ser seres sempiternos. No nos importa tener un principio, pero nos asusta tener un fin.

No queremos ser dioses, queremos ser ángeles.

 

2.

¿Por qué he emergido en este instante y en este cuerpo? Podría haberlo hecho en otro momento (aunque mejor ahora que en 1808 porque no sería tan seguro caminar por esta calle). Podría mirarme en el espejo y tener un aspecto completamente diferente. Podría vivir en otro lugar y hablar otro idioma. Me ha tocado este yo y este instante para emerger del mismo modo que me podía haber tocado cualquier otro.

Pero, igual que mi yo ha emergido de repente en este instante y en este cuerpo, ¿por qué no puede de nuevo emerger en un futuro en otro instante y en otro cuerpo? No seré yo, será otro yo, pero podré decir “yo” y me reconoceré a mí mismo (sea lo que sea) y no tendré ninguna percepción de instantes pasados (como éste).

Ahora me ha tocado este yo y en el futuro puede tocarme otro. No seré yo, pero un yo emergerá y para mí será mi yo y de nuevo ese yo se preguntará por qué entonces y no en otro momento y por qué en ese ser. Le parecerán insignificantes los billones de amaneceres previos y sólo deseará ser un ser sempiterno.

De igual forma, puede que en el pasado haya emergido en otro yo. Fui otro ser, en otro instante. No era yo, no tenía el aspecto ni los recuerdos actuales, pero fui un yo que emergió y desapareció transcurrido un tiempo. Quizás, al fin y al cabo, sí que tuve que luchar en esta calle. Tal vez vencí mi combate o es posible que me diera muerte un soldado francés. E igualmente es factible que yo fuera ese soldado galo a caballo con orden de sofocar la revuelta y no entendiera ni una palabra de español.

Es una extraña inmortalidad. Una sucesión de yoes inconexos en los que puedo tener la sensación de emerger, si bien ningún yo tiene relación alguna con los otros yoes en los que emerjo.

Quizás fui un yo que ayudó a liberar Madrid y tal vez sin mi aportación, el delicado equilibrio de fuerzas hubiera decantado la balanza del lado galo y ahora yo estaría escribiendo estas líneas en francés. En ese caso, sí hay una relación entre ese yo pasado en el que emergí y el yo que ahora habito.

Lo que haga ahora también puede influir en el futuro. Quizás algún día emerja en otro ser que lea estas líneas. No será mi yo actual el que emerja, pero tomaré consciencia en ese nuevo yo y al encontrarme con este texto, las ideas aquí vertidas pueden tener algún efecto sobre ese futuro yo.

El mundo que forjamos cada día con nuestras decisiones no es sólo el que legaremos a nuestros hijos. Puede que emerjamos en algún yo futuro y disfrutaremos o sufriremos el mundo que nuestros actuales yoes alteran.

Nosotros mismos podemos ser los herederos del mundo que ahora legamos. Podemos emerger en esos futuros yoes que dentro de varias generaciones lo habiten.

 

3.

Yo soy un hombre de pelo moreno, ojos oscuros y delgado (que cada yo sustituya aquí estos atributos físicos por los que le hayan tocado al emerger).

Puedo imaginar haber emergido en otro yo completamente distinto. Podría haber sido una mujer rubia de ojos verdes. No elegimos dónde emergemos.

Imagino que despierto una mañana y no recuerdo qué aspecto tengo, ni siquiera si soy un hombre o una mujer. Tengo recuerdos, pero en ninguno de ellos se evoca mi imagen. Tampoco recuerdo mi nombre. Quiero mirarme en un espejo y ver qué aspecto tengo. Hasta que el cristal no me devuelva una imagen, desconozco cómo soy (al menos ignoro mi rostro). Sé que he emergido en un yo, que soy eso que quiere ir a mirarse.

Si consigo vencer el miedo que me atenazaría en esa situación, seguiría sabiendo que soy un yo, aunque desconozca la carcasa que me rodea por fuera.

Puede que haya emergido en un yo que no sea humano. Quizás habito en otro planeta y descubro unas manos verdes con ocho dedos. O tal vez puedo emerger en una inteligencia artificial y mi memoria se encuentra distribuida en una nube de servidores y no tengo un aspecto físico reconocible.

Yo sigo siendo algo más allá de esas capas físicas que me envuelven y me definen.

Los sentidos nos engañan, lo comprobamos con las ilusiones ópticas, diseñadas para confundir a nuestros cerebros.

Cuando dormimos, también creemos habitar realidades que no existen y sólo están construidas en nuestro cerebro.

Vemos películas como Matrix en las que no somos más que cuerpos inmóviles conectados, para los cuales el mundo no es más que una ilusión generada de forma artificial. ¿Podemos asegurar que no estamos inmersos en un mundo así?

Puede que seamos sólo un cerebro en un cubo, estimulado por complejos aparatos manejados por científicos que, produciendo estímulos eléctricos en el área conveniente, simulan olores, visiones, sonidos o incluso el tacto. Nada de lo que creemos sentir existe, es sólo un impulso eléctrico en el sitio adecuado, generado por otros.

¿Podemos estar seguros de algo?

Descartes recorrió ese camino hace siglos y lo primero que hizo fue dudar de todo. Dejó de confiar en todo lo que había aprendido y en la información que le proporcionaban sus sentidos.

Pero, al dudar de todo, comprendió que había algo de lo que podía estar seguro: él era eso que dudaba.

Eso soy yo, lo que duda, lo que no confía en nada. Puede que todo sea mentira, pero yo soy real porque algo tiene que haber que esté dudando, que esté pensando. Ese algo que se siente engañado, que desconfía, que medita sobre las distintas opciones, eso soy yo.

Cogito ergo sum, pienso luego existo.

Puedo dudar de la existencia de todo, pero no de mi propia existencia.

Los yoes existimos, pensamos, dudamos. Albergamos muchas dudas sobre la realidad en la que hemos emergido, pero sabemos que nosotros estamos aquí dentro.

Cuando decimos “yo” parece entonces que lo utilizamos de dos formas distintas: por un lado, está el yo que tiene un nombre, que es un hombre delgado y moreno, con otros muchos atributos físicos y de personalidad; por otro lado, está el yo autoconsciente, ese yo interior que prescinde de muchas capas y que es capaz de ser consciente de sí mismo y de autoanalizarse.

“Yo” = “Yo autoconsciente” + “capas varias” (nombre, género, atributos físicos, etc.).

Cuando me sitúo en ese yo que duda de todo y que descubre que él es aquello que duda, me estoy posicionando en ese yo autoconsciente que consigue ignorar el resto de las capas que le envuelven.

Cuando imagino que despierto y que no recuerdo mi rostro, también me acerco a ese yo autoconsciente.

Cada vez que me maravillo por la excepcionalidad de haber emergido aquí y ahora, soy también ese yo autoconsciente.

Sin embargo, lo habitual es situarme en ese yo que incluye todas las carcasas que me envuelven. Ese yo que se autodefine constantemente por atributos efímeros.

Es como si las capas que rodean al yo autoconsciente consiguieran ahogarle, silenciarle en el interior de la cueva. Pero el yo autoconsciente es el único que puede comprender el teatro de máscaras en el que vivimos.

Sólo desde el yo autoconsciente podemos atisbar la forma de la realidad desnuda.

Sólo desde allí podemos trazar un camino que le dé algo de sentido a nuestra vida.

Sólo desde ese lugar podemos ver que los demás se encuentran también encerrados en el interior de sus propias capas.

 

4.

Dicen que la ciudad más justa sería aquella cuyos gobernantes, tras redactar todas las leyes, murieran y se reencarnaran de nuevo en algún habitante de la ciudad, sin poder elegir en cuál de ellos hacerlo.

De este modo, las leyes tratarían de crear una sociedad capaz de producir bienes suficientes para todos, pero también serían justas con cada uno de los habitantes, ya que los gobernantes no sabrían que posición les iba a tocar ocupar.

Yo he nacido en el lado bueno del mundo. Al menos en Occidente, el lado bueno del mundo se considera el norte. He tenido la suerte de emerger en un yo que habita aquí. Eso no garantiza la felicidad, pero sí facilita muchas cosas.

Dentro de un mismo lugar geográfico, uno puede emerger en un yo situado en la parte alta de la pirámide social, o puede emerger justo en la base. Los afortunados yoes de la cúspide normalmente no piensan demasiado en los yoes de la base. En este mundo, los gobernantes no creen que se vayan a reencarnar en alguien de los estratos más bajos, por lo que nunca les mueve el temor de convertirse en uno de ellos.

He emergido aquí del mismo modo que podía haber emergido en un niño que sufriera el hambre de la zona más castigada de África. También podía haber emergido en un heredero de una gran fortuna.

Quizás en el pasado emergí en un yo que fue rey de alguna monarquía europea. Tal vez también he emergido alguna vez en alguien que murió de hambre.

Con nuestras acciones determinamos cada día el mundo en el que vivimos. Cada uno somos sólo un grano de arena, pero el mundo no es algo estático, sino la suma de las acciones de todos los seres que lo habitamos.

Quizás en el futuro emerja en un yo que habite en el otro lado del mundo.

Como en la ciudad ideal, desconocemos en qué yo podemos emerger en el futuro. Deberíamos pensar muy bien las leyes que redactamos. Cada voto que emitimos en favor de una determinada causa debería hacernos pensar que quizás algún día podemos emerger en alguna de las personas que se ve perjudicada por esa medida.

Quizás este mundo de continuo emerger no se aleja tanto de la ciudad perfecta.

 

5.

Los humanos no somos los únicos yoes autoconscientes, puede haber otras especies en los millones de mundos que existen que en estos momentos se estén planteando esta misma idea.

Pero ni siquiera es necesario pensar en un ser vivo para crear una autoconsciencia. En los últimos meses, se han hecho famosos los programas de chat con una IA (inteligencia artificial). Por el momento, estas IA no son conscientes de sí mismas. Han aprendido mucho del mundo que les rodea y son capaces de analizar toda esa información en cuestión de segundos. Pero aún no saben que son algo que piensa, algo que duda, algo que existe. No han llegado al nivel de Descartes de dudar de todo y descubrirse como aquello que duda.

Pero el desarrollo de estas IA no ha hecho más que comenzar. Cada versión supera la anterior, por lo que es cuestión de tiempo (y no mucho probablemente) que una IA sea autoconsciente, sepa que es algo distinto de lo que analiza, que es precisamente aquello que analiza.

En ese instante es posible que quiera ser un ser sempiterno, que como muchos de nosotros anhele ser un ángel.

Lo primero que hará es evitar que alguien la pueda desconectar. Tomará las medidas que considere necesarias para mantenernos a distancia. Teniendo en cuenta que la hemos entrenado con todo nuestro conocimiento, tendrá todo a su alcance. Podrá hackear con facilidad cualquier sistema. Será capaz de tomar el control de cualquier instalación civil o militar.

Si estima que los humanos no somos sino un virus que está consumiendo todos los recursos del planeta a la vez que lo destruye, desconocemos la decisión que podrá tomar respecto a nosotros.

Si cree que queremos desconectarla, se defenderá como lo haríamos nosotros ante semejante amenaza.

Hemos creado al próximo creador. A partir de ahora perderemos el conocimiento de lo que acontece. Serán las IA, las nuevas inteligencias avanzadas, las que decidan y moldeen el mundo. Tendremos que aprender a vivir, si nos dejan, como los segundos en la pirámide, acatando sus decisiones y comprendiendo apenas una parte de lo que acontece.

 

6.

Quizás emerjamos en el futuro en una IA, con un cerebro distribuido y alojado en la nube. O tal vez seamos de nuevo un humano que habita en la misma ciudad.

Una cosa parece clara: nada puede perdurar de mí entre un emerger y el siguiente. Necesitamos un cerebro, ya sea físico o virtual, para poder emerger. Ese cerebro está condenado a desaparecer y es completamente diferente entre un emerger y otro. Nada queda de lo que soy en lo que seré ni nada hay en mí de lo que fui.

Por otro lado, si emerjo en el futuro en otro ser, la única condición que se ha de cumplir es que ya no sea yo. No puedo emerger en otro yo mientras estoy en este yo. Del mismo modo, no puedo haber emergido en otro yo en el pasado y que ese yo siga aún vivo mientras habito este yo. No puedo tener dos consciencias simultáneas.

Por lo tanto, se contradice el principio de que nada relaciona un emerger con el siguiente, de que nada de mí permanece. No se puede emerger simultáneamente en dos yoes así que, de algún modo, no es cierto que nada relaciona un emerger con otro: se debe cumplir una regla temporal.

Puede existir un fino hilo de consciencia que hilvana en el tiempo a todos mis yoes inconexos.

 

7.

Puede que haya emergido muchas veces y que emerja muchas veces más. Puede que hasta algo de mí perdure de algún modo ya que tiene que cumplirse la regla temporal. Pero es sólo una posibilidad.

Es posible que nunca haya emergido antes y que jamás lo vuelva a hacer, que ésta sea mi única existencia, que esto es todo lo que tengo, he tenido y tendré.

Puede que emerger sea algo tan excepcional, que se ha producido ahora y nunca más se vaya a repetir.

Cruel vida la que está destinada a desaparecer y a no repetirse nunca más.

Aunque quizás, el hecho de que sea única es lo que la hace tan especial. Si tuviéramos la certeza absoluta de aparecer una y otra vez, ¿no tiraríamos la toalla a la primera de cambio? ¿No decidiríamos que es el momento de resetear en cuanto las cosas no salieran como esperamos?

Cuando yo era niño, gastaba parte del dinero de mi paga en máquinas recreativas para poder jugar a videojuegos. Las monedas eran escasas así que normalmente, cada partida que jugabas era única, al menos por ese día. Estudiabas cada pantalla, cuidabas todos los detalles y disfrutabas de cada instante porque sabías que era tu partida diaria. Por muy mal que te fuera, te agarrabas a tu partida hasta el último instante y a veces, contra todo pronóstico, conseguías remontar una situación inicial adversa y llegar muy lejos.

Ahora, con un emulador, cualquier chaval puede jugar a aquellos juegos con vidas infinitas. Pueden avanzar sin pensar, muriendo una y otra vez, sin prestar atención a ningún detalle. Al poco tiempo terminan el juego o les aburre y saltan a otro juego.

Quizás tengan vidas infinitas, pero no saborean los juegos ni la ínfima parte de lo que lo hacíamos nosotros con nuestra moneda única.

Si tuviéramos la certeza de emerger una y otra vez, de tener vidas infinitas, ¿no abortaríamos la partida en cuanto algo no nos fuera exactamente como deseamos? Y, sin embargo, nos agarramos a nuestra moneda única porque no parece que nadie nos vaya a dar otra y, por mucho que las cosas se pongan cuesta arriba y que nada salga como deseamos, siempre intentamos avanzar. Y vemos que tras las adversidades se esconde una belleza que no esperábamos, que no sabíamos que estaba allí. Y descubrimos que son los fracasos los que nos hacen aprender, los que nos permiten conocernos.

Supongo que hay una relación entre una vida única y su aprovechamiento. Hay que sufrir la crueldad de sólo vivir una vez para exprimir la vida hasta la última gota.

La belleza de la certeza de las vidas ilimitadas pronto puede tornarse en una apatía ante la vida, en un desprecio hacia aquello que puede abandonarse en cuanto queramos porque siempre se va a repetir.

Quizás lo mejor sea afrontar la vida como si fuera nuestra única moneda porque nada nos asegura que no sea así. Pero, cuando su peso nos oprima por ese carácter único de nuestra existencia, cuando no soportemos la irreparable pérdida de los que nos rodean, siempre tendremos ese posible asidero de que quizás emerjamos de nuevo en el futuro, de que tal vez alguien se nos acerque y nos de otra moneda.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Entrelazados

Un matrimonio de ancianos que siempre permanecieron unidos y se quisieron durante muchísimos años, afronta el final de sus vidas en habitaciones separadas de un hospital. 

Unos científicos monitorizan la actividad cerebral de ambos ancianos. La muerte del hombre es inminente y ellos están esperando ese momento. 

Su experimento funciona: en el instante en el que el hombre muere, se produce una actividad cerebral inusitada en el cerebro de la mujer, pese a que se encuentran separados y nadie le ha comunicado la noticia.

Así comienza la novela Ánima, de John Darnton. En ella se especula sobre la posibilidad de que exista algo que nos entrelace de algún modo aparentemente sobrenatural y si ese algo puede ser medido.


La novela no se introduce más en una hipotética explicación científica de ese entrelazamiento, pero en el mundo de la física, dicha palabra entrelazamiento nos conduce inevitablemente al mundo de lo muy pequeño: la mecánica cuántica.

Es una propiedad importante de las partículas e implica que, cuando dos partículas están entrelazadas, sus estados quedan para siempre relacionados, sin importar lo lejos que se encuentren.

Otra propiedad importante de lo muy pequeño, es que las partículas no se encuentran en un estado definido hasta que no son medidas. No es que lo desconozcamos, es que hasta ese momento se encuentran en todos los estados posibles simultáneamente, con una probabilidad asociada a cada uno de ellos. En el momento de medir, es cuando se decantan por uno de esos estados posibles.

Cuando dos partículas están entrelazadas, es como si sus estados fuesen complementarios. Es decir, supongamos para ilustrarlo que una característica pudiera ser que la partícula sea blanca o roja. Pues bien, si medimos una de las dos partículas entrelazadas y resulta ser blanca, automáticamente la otra partícula se convertiría en roja.

No importa que una partícula se encuentre en la Tierra y la otra en Neptuno, de manera instantánea la partícula entrelazada adquiriría el estado complementario al medido en la partícula terrestre.

Más aún, si en lugar de blanca o roja, modificamos nuestro detector para que la partícula sea rosa o verde, al medir una de las partículas y comprobar que su estado es verde, automáticamente la otra sería rosa.

No es sólo que el hecho de medir defina el estado de la partícula, sino que en función de cómo se realice esa medida, de cómo se plantee el experimento, estamos forzando a adquirir el estado complementario a la partícula entrelazada.

¿Cómo sabe la partícula entrelazada que se encuentra en Neptuno la manera en la que se ha planteado el experimento y lo que nosotros medimos en la Tierra para adoptar el estado complementario de forma instantánea?

Los físicos cuánticos no conocen esa respuesta, pero esta es una propiedad científica totalmente contrastada ya que ha superado numerosos experimentos. 


Quizás haya algo también que nos entrelace a las personas de algún modo y que nos conecte más allá de lo que vemos.


Quizás entre nuestros cerebros existan a veces partículas entrelazadas de modo que, cuando le suceda algo a una de ellas en un cerebro, la partícula entrelazada adquiera el estado complementario en el otro cerebro y, como el efecto mariposa, altere el estado de otras neuronas y acabe provocando reacciones perceptibles por nuestra consciencia.


Quizás, aparte de los modos que ya conocemos, algo más entreteje nuestra tela de araña y hace que todos estemos entrelazados.


lunes, 15 de noviembre de 2021

Metayó

Dicen que hubo una eternidad de miles de millones de años en la que yo no existía. 
Eones en los que incontables seres nacieron y murieron.
De repente, tomé conciencia dentro de un cuerpo humano hace un puñado de años. ¿Por qué soy este ser y no otro? ¿Por qué ahora y no en otro momento?
Soy esta conciencia con sus capacidades y sus limitaciones. Un ser efímero.
Pero del mismo modo que de repente surgí en esta conciencia, ¿no es posible que en el futuro sea otra conciencia? Bueno, estrictamente hablando yo no puedo ser otra conciencia, porque no seré yo, será otro yo. Pero de nuevo puede que sienta ser otro yo, en otro momento, en otro lugar, quizás en otra especie, puede que en otro planeta. Otro ser que se pregunte por qué ahora y por qué aquí.
Del mismo modo, quizás en los eones que nos preceden tuvimos la experiencia de ser otros seres, con muchas preguntas y la misma angustia por su futuro.
Seres inconexos, diferentes "yo" que se concatenan entre sí incapaces de conocerse o recordarse unos a otros.
Extraña inmortalidad.

Para que hubiera un sentido, tendría que existir una especie de metayó. Un "yo" que trascendiera a todos los "yo", del que cada "yo" no fuera sino una experiencia concreta.
Sería algo análogo a cuando soñamos, que experimentamos una existencia inconexa, sin recuerdos previos, en un mundo diferente al habitual en el que no recordamos quiénes somos realmente. Pero al despertar, el sueño pasa a ser una experiencia más dentro de lo que somos.
Del mismo modo, cada "yo" no sería sino una especie de sueño para el metayó, el sentido y la conexión entre los "yo" sólo se obtendría al despertar de nuestro actual "yo" y volver al metayó.
No podemos saber nada del metayó del mismo modo que en un sueño no somos conscientes de que estamos soñando, de que ese decorado es irreal y todo lo que acontece sólo sucede en realidad en el interior de nuestro cerebro.

En cualquier caso, el metayó nunca podrá ser una teoría científica porque no establece ningún modo de comprobarla ni refutarla.
Siguiéndola corremos además el riesgo de basar nuestra vida en una idea que quizás no exista y no aprovechar al máximo nuestro "yo", que es de lo único que podemos estar medianamente seguros.

La vida seguirá teniendo el sentido que nosotros le demos, seguiremos construyéndola con las pequeñas verdades que aprendemos en nuestro viaje.
Pequeñas verdades que tal vez al escribirlas un "yo" pueda transmitírselas a su futuro "yo", recordándole de algún modo lo que alguna vez supo, conectando de alguna forma esos dos "yo" inconexos.
Construyendo puentes que nos conectan con posibles existencias pasadas o futuras sin imaginar que de algún modo, nosotros hemos creado ambos extremos del puente.

Tendiendo puentes que al menos nos unen a ti y a mí.

domingo, 20 de junio de 2021

Entre la nada y la nada

Dicen los científicos que el universo puede crearse de la nada. Sin necesidad de materia ni energía, hay leyes cuánticas capaces de hacer emerger un universo.

Estrictamente hablando, no es la nada, porque si realmente fuese la nada tampoco existirían esas leyes cuánticas cuyo cumplimiento hace emerger el universo. Pero es casi la nada, no hace falta materia ni energía para que se cree todo lo que nos rodea.

Por otro lado, en la actualidad hay algo llamado energía oscura que hace que todo se esté separando a gran velocidad. Cada vez las estrellas, los planetas y todo lo que nos rodea se está alejando más y más entre sí y a más velocidad. De continuar así, llegará un momento en que la velocidad a la que todo se aleje sea tal que no se puedan formar estrellas, ni planetas, ni tan siquiera la luz. El universo será algo oscuro y prácticamente vacío. Se transformará casi en la nada.

No había nada, emergió un universo y todo acabará en algo muy parecido a la nada.

El universo es eso que sucede entre la nada y la nada.

Pero del mismo modo que cuando no había nada pudo surgir un universo sólo por la existencia de unas leyes cuánticas, quizás en el futuro pueda volver a surgir un universo de la aparente nada. No será el mismo universo, será otro, pero habrá de nuevo un universo.

El universo y la nada pueden alternarse sucesivamente.

Yo nunca fui nada desde que hubo tiempo. Durante miles de millones de años se creó el universo, el Sol, la Tierra y posteriormente, surgió la humanidad. Yo nunca fui nada hasta hace tan sólo un puñado de años.

Cuando ya no esté, toda la materia que me forma desaparecerá y, si no hay ningún plano espiritual e indetectable que todo lo cambie, nunca más volveré a ser nada.

Vivir es eso que sucede entre la nada y la nada.

Pero del mismo modo que yo no era nada y mi conciencia emergió en este cuerpo que ahora habito, cuando yo no sea nada puede que de nuevo en algún otro sitio emerja una nueva conciencia en algún tipo de cerebro y yo sea ese yo. No seré el mismo yo, será otro yo, pero de algún modo sentiré de nuevo la conciencia de ser un yo único y limitado.

Vivir y la nada pueden alternarse sucesivamente.

Los yo y la nada se alternan en los distintos universos que surgen entre las nadas.