Eran las diez de la noche de un diecinueve de mayo cuando la vi por primera vez.
Yo cruzaba el puente de Praga sobre el río Manzanares con paso veloz, cuando una silueta llamó mi atención.
La noche era agradable y era viernes, por lo que lo normal a esas horas en Madrid hubiera sido no ser el único transeúnte, pero aquella noche no había nadie más en el puente.
La luna llena brillaba con tanta fuerza que reflejaba su luz sobre los adoquines del empedrado suelo.
Al observar uno de los muros de piedra que flanquean el puente, distinguí una figura vestida de blanco.
Me asusté al verla porque sólo podía ver la mitad superior de su cuerpo. Estaba al otro lado del muro, como si estuviera a punto de precipitarse al río.
Comencé a acercarme a ella con paso lento, indeciso pero constante.
No sabía qué hacer, no quería asustarla o molestarla y precipitar su caída, pero tampoco podía pasar de largo y hacer como si no la hubiera visto.
Cuando estaba a escasos metros, ella debió verme por el rabillo del ojo, o tal vez me escuchó.
Tenía el pelo largo, muy negro, la piel muy clara y un vestido blanco que brillaba con la luna, dándole al conjunto un aspecto espectral.
Me observó un instante y luego continuó mirando hacia abajo, a las frías aguas del río.
Cuando estuve a un par de metros de ella me detuve. No quería acercarme más y que creyera que iba a agarrarla y acelerar lo que pretendía evitar, pero quería estar lo suficientemente cerca como para hablar con ella.
Pasaron unos segundos de silencio en los que ninguno de los dos nos movimos.
- ¿Tú crees que hay algo después? - me dijo de repente, sin más preámbulos, mientras su mirada permanecía fija en el río.
La pregunta me cogió completamente desarmado. ¿Después de qué? Dada la situación debía referirse a después de todo, a después de estar aquí, a después de desaparecer, a después de que tu cuerpo impacte contra las frías aguas de un río.
Tuve la sensación de que la situación requería una respuesta rápida si quería ayudar a evitar el fatal desenlace.
- Yo creo que hay algo más de lo que vemos, de lo que conocemos, de lo que damos por sentado. Creo que este mundo material no lo es todo - me aventuré a decir -. De alguna manera, hay algo más allá, que se puede llamar espiritual, aunque no sé lo que es.
Permanecí en silencio unos instantes. Ella ni se inmutó, parecía estar hecha de la misma piedra que el muro. Decidí continuar con la respuesta, no podía hacer otra cosa.
- Creo que las religiones se acercan a ese algo espiritual cada vez que hablan de paz, de amor al prójimo o de solidaridad. Pero creer en lo que dice cualquier libro religioso al pie de la letra me parece fanatismo, porque al final se han ido escribiendo durante diferentes épocas por diversos autores con una mentalidad muy distinta a la nuestra. No es difícil encontrar en ellos pasajes que inducen a la violencia o a la misoginia, todo lo contrario a esos valores de paz y amor que deberían promulgar. Alrededor de cada religión se han creado cultos para difundir esos valores pero muchas veces se han convertido en lo contrario. Ya sabes, se predica la tolerancia siendo intolerantes, la humildad siendo soberbios o la generosidad acumulando oro y propiedades.
Por otro lado, sé que hay quien está seguro de que tras esta vida no puede haber nada, ya sabes, la evolución y todo lo demás, que no somos más que una especie de mono que ha evolucionado de este modo pero al fin y al cabo seguimos siendo un animal. Puede que tengan razón, no lo sé. Pero es tanto lo que desconocemos que cerrarle la puerta a todo con esa certeza también me resulta demasiado radical. En el propio planteamiento creo que está la trampa. Si somos sólo un animal pero más evolucionado, entonces también nosotros tendríamos un cerebro animal que limitaría lo que podemos conocer y habría una línea más allá de la cual se extendería un mundo para nosotros incomprensible. No sé, un mono por ejemplo, no sabe que las estaciones dependen del eje de la Tierra y su relación con el Sol, pero como no sospecha que todo eso existe, da por hecho que todo lo que existe es su mundo. De algún modo puede sucedernos lo mismo, alguien más evolucionado que nosotros, ¿no debería alcanzar ideas que nosotros ignoramos y que además ignoramos que desconocemos?
Y no sólo eso, ¿Cómo sabemos que no vivimos en una simulación, que todo no es más que un sueño, que no estamos en alguna otra dimensión bajo los efectos de alguna sustancia que nos hace creer que todo esto es real y no hay nada más?. Puede que, como en Matrix, nuestro cerebro real esté conectado a algo que nos hace creer que todo lo que nos rodea es real, cuando en realidad es ficticio.
Y me he dejado a los que creen en la reencarnación. No lo veo muy claro, aunque, bien pensado, igual que nunca hemos sido nada y de repente hemos emergido en este cuerpo, ¿por qué no en el futuro, tras nuestra muerte, podemos ser una consciencia que emerge en otro cuerpo? No seremos nosotros mismos ni recordaremos nada de esta vida, pero de alguna forma seremos ese yo futuro que emerge en otro cerebro, ¿por qué no?
- En fin, yo creo que sí hay algo más - continué -, aunque no tengo ni idea de lo que es y no estoy del todo seguro de ello, es una especie de corazonada, de sensación, que no pretendo demostrar a nadie porque sé que no es posible, y es algo que tampoco impondría, porque otras opciones son igualmente posibles. Y creo que, de alguna manera, todo eso del bien debe ser parte del secreto, del aprendizaje que hacemos aquí, no sé.
Se hizo un silencio que me pareció eterno. Ella no se movía. Dudé de si había escuchado una sola palabra de lo que había dicho. Dudé de si era real o tan sólo era el reflejo de un rayo de luna, como en las leyendas de Bécquer.
- Lo único que sé - añadí - es que me gustaría que pasaras a este lado del puente.
Algo cambió en su interior, percibí como un chasquido en sus pensamientos, noté un punto de inflexión. Era la primera vez que tenía la sensación de que ella había modificado el flujo de sus pensamientos, la determinación de su decisión.
Se giró y me miró fijamente con unos brillantes ojos azules. Yo la miré con la misma intensidad y alargué la mano y me mantuve expectante, inmóvil, queriendo ser un asidero al que ella pudiera agarrarse, si era eso lo que quería.
Comenzó a pasar las piernas por encima del muro. Su vestido blanco era vaporoso y le permitía moverse con facilidad. Cuando estaba en el lado seguro del puente, agarró mi mano.
Me sentí feliz, como hacía mucho tiempo que no me sentía.
Parece que estoy leyendo de nuevo "El laberinto del alma", con esas descripciones tan orientadas a los sentimientos que te sitúan en un ambiente como si estuvieras allí.
ResponderEliminarCreo que me gustaría tener dudas, tener "algún algo más", pero para mi no es una opción. Es lo que tiene ser asépticamente ateo y un esquema del mundo en el que la explicación de la vida es tan natural como la de la muerte. La información se agrupa, surge información de un tipo que antes no existía y al desagruparse esta desaparece.
Es curioso, quizá este tema es uno de los que define una de las propiedades más íntimas y más ligadas a nosotros mismos de las personas.
Buena historia!! Gracias.