jueves, 14 de junio de 2012

Competitividad

La palabra competitividad inunda periódicos, telediarios y reuniones empresariales. Los países, las empresas y los trabajadores deben orientar todos sus esfuerzos a ser más competitivos. Incluso el Ministerio de Economía ha añadido la coletilla de “y competitividad”. Parece que se trata de una gran virtud.
Sin embargo, los principales filósofos que han estudiado las virtudes humanas, como Platón, nunca mencionan la competitividad como una cualidad deseable. Y no es que no supieran lo que significaba competir, la rivalidad entre Atenas y Esparta les obligaba a hacerlo con su propia sangre.
¿En qué momento y por qué razón se convierte la competitividad en algo deseable? Parece que todo surge con Darwin y su selección natural. Nos hemos quedado con la imagen del león comiéndose a la gacela más lenta. La vida es competición, hay que ser competitivos porque es lo que nos salva la vida, lo que nos hace ganadores. Son los organismos más competitivos los que consiguen procrear y propagar así sus genes a la siguiente generación. Si es algo natural, ha de ser una virtud.
Pero quizás no hayamos entendido bien todo el mensaje. El entorno efectivamente es competitivo y la selección natural escoge a los mejores diseños en función de las condiciones ambientales de cada momento. Pero no siempre competir es la mejor estrategia. En muchas ocasiones, la mejor manera de sobrevivir en los entornos competitivos es cooperando.
Uno de los mejores ejemplos de cooperación en la naturaleza es el origen de las células. En las actuales células eucariotas (que son las que forman organismos complejos como el nuestro), una de las piezas fundamentales son las mitocondrias (que proveen la energía necesaria del mismo modo que las centrales eléctricas lo hacen en las grandes ciudades). Pues bien, en origen, los ancestros de las células eucariotas y lo que hoy son las mitocondrias existían por separado, pero se produjo un proceso de simbiosis en el que las mitocondrias pasaron a vivir dentro de esas células primitivas. Las células conseguían tener así una central de energía en su interior y las mitocondrias a cambio se encontraban en un medio estable y protegido con abundancia de nutrientes. Se produjo un beneficio mutuo que dio lugar a las células que conocemos en la actualidad, que a su vez son los ladrillos indispensables para construir seres inteligentes que sean capaces de indagar acerca de estas cuestiones.
Así que uno de los mayores logros biológicos se produjo gracias a la cooperación. El entorno era competitivo y los ancestros de las células eucariotas y las mitocondrias peleaban entre sí para conseguir ser los mejores. Pero el golpe de mano definitivo que derrotó al resto de estrategias surgió de la cooperación mutuamente beneficiosa entre dos de ellos.
Vivimos en un entorno competitivo donde los países, las empresas y las personas parece que tienen que competir por los recursos. Pero competir no tiene que significar pelear. Para algo se nos supone inteligentes, para no entrar en una guerra competitiva donde todos acabamos perdiendo. Si los países luchan por ser más competitivos bajando salarios y aumentando el número de horas de sus trabajadores, entraremos en una espiral en la que todos acabaremos perdiendo (siempre habrá que trabajar más horas que el país vecino y más barato, ¿hasta qué límite?).
Si las empresas provocan la competitividad entre sus departamentos mediante incentivos a los respectivos directores, sólo conseguirán una lucha en la que cada uno tratará de hacer culpable al otro de los problemas y merecedor a sí mismo de los logros. Es como si un organismo pusiera a competir entre sí a los diferentes órganos, y a los pulmones les interesara que el páncreas funcionara mal para parecer así ellos comparativamente mejores y llevarse los incentivos correspondientes: el organismo acabaría muriendo.

Cada vez que leamos u oigamos que tenemos que ser el país, la empresa, el departamento o los trabajadores más competitivos, deberíamos preguntarnos si no nos convendría más destacar por ser los más cooperativos. El entorno es competitivo, otra cosa es la estrategia que sigamos para sobrevivir en él. Al menos tengamos claro que no es una virtud suprema a la que aspirar y que no era eso lo que Darwin nos enseñó.

viernes, 1 de junio de 2012

Mil días

Era de noche en la celda. El castillo estaba en silencio. En su cabeza retumbaba la sentencia dictada por el juez: "El acusado, Juan Heredia, será ahorcado mañana al amanecer". Al amanecer. Era demasiado pronto, apenas le quedaban unas horas. No era joven, tenía ya 57 años, pero tenía las mismas ganas de vivir que cuando era un chaval, sobre todo ahora que veía tan próximo el fin.
Ya no vería más atardeceres, nunca más podría observar al sol desaparecer, al cielo oscurecerse poco a poco, pintando el horizonte de rojo y después, todo de negro. Al menos le quedaba un amanecer. Cogió el taburete de madera y se asomó por la pequeña ventana que daba al exterior. No pensaba perderse un sólo rayo, un sólo tono, no se despistaría ni un segundo.
Si tan sólo le dieran un día más, sólo uno, podría saborear cada hora, aprovechar hasta el último instante. Ése sería su último deseo: suplicar el aplazamiento por un día de su ejecución, aunque sabía que no serviría de nada.
El carcelero abrió la puerta y el juez apareció ante él: "Tienes suerte de tener amigos influyentes. Quedarás libre durante mil días. Transcurrido este tiempo serás de nuevo apresado y se te dará muerte”.
¡Mil días! No podía parar de dar saltos de alegría. Mil amaneceres, mil atardeceres, mil mañanas y mil tardes para disfrutar. Toda una vida se abría ante sus ojos. No podía haber en el mundo nadie más feliz que él.
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La religión de aquella isla establecía una norma tajante: todos los varones serían sacrificados al cumplir los 60 años para aplacar la ira de los dioses. Joseph ya tenía 57. Decidió calcular cuántos días le restaban: tan sólo mil. Su vida se acababa, debía entregarla como pago a unos dioses de cuya existencia no estaba demasiado seguro. Huir de aquella isla era tarea imposible, nadie lo había logrado nunca.
Pasaba los días triste y cabizbajo, incapaz de apartar de su mente su triste e inminente destino. Era de los más viejos del lugar, había gastado ya el 95% de su vida. Ya no podría emprender ningún nuevo proyecto. No conseguía darle sentido a ninguna actividad porque sabía que ésta se vería truncada en poco tiempo. Ojalá fuera más joven, daría lo que fuera por poder dar marcha atrás una o dos décadas a su reloj. Entonces sí dispondría de tiempo y no de sus miserables mil días.

sábado, 10 de marzo de 2012

El primer yo

Dicen que, aparte de los humanos, sólo los chimpancés, los orangutanes, los delfines y los elefantes son capaces de reconocerse en un espejo. Para llegar a esta conclusión, los científicos hacen experimentos como por ejemplo colorear parte del animal con un spray y ponerlo frente a un espejo, determinando así si dicho animal considera que ese color extraño lo tiene él (y trate por tanto de tocárselo) o por el contrario piensa que la imagen del espejo no tiene nada que ver con él.

Ésta es una prueba de conciencia de uno mismo, de reconocer que somos individuos independientes del resto del mundo que nos rodea. Los humanos además podemos pensar en el futuro y en el pasado, intuimos que nuestro destino será el mismo que el de nuestros congéneres. Hemos llegado a descubrir muchas de las leyes que rigen el universo y por tanto nuestras vidas.

¿Cuál fue el primer yo, la primera conciencia en este frío e inconsciente universo? Inicialmente todo era una mezcla de materia y energía del todo inconsciente sobre su propia existencia. Con el paso del tiempo, se iban creando estrellas y planetas, galaxias y sistemas solares. En algún punto del universo, llegó un día en el que nació el primer yo. En ese momento apareció la primera conciencia, la actuación de las leyes de la naturaleza sobre el universo en expansión, produjo por selección natural el primer ser que comenzó a darse cuenta de sí mismo.

Puede que ese ser apareciera hace millones de años en algún lugar lejano del universo. O puede que fuera el primer homínido dotado de una inteligencia superior a la de sus congéneres. Pero lo que es seguro es que ese ser estaba sólo. En millones de años luz a la redonda, no tenía con quien compartir de ningún modo su conciencia de la vida, pues nadie aún se había dado cuenta. Fue el primer ser en despertar.

El yo no es sólo reconocerse en un espejo. El yo es darse cuenta de que eres algo distinto del mundo, con autonomía propia, algo que siente y que piensa y ser capaz de relacionar las cosas que ocurren con las consecuencias que tienen sobre ti mismo y viceversa, darte cuenta de las implicaciones que tienen sobre el entorno tus propias decisiones.

Solemos pensar que el yo coincide con la duración de nuestra vida pero si tomamos la definición anterior esto no es así. Antes de cumplir un año, ni siquiera nos reconocíamos en los espejos. Y puede que alguna circunstancia no deseada acabe con nuestro yo antes de que nuestra vida finalice. Así que la conciencia de nosotros mismos y nuestro entorno surge de manera posterior a nuestro nacimiento, fruto de un aumento de la inteligencia.

Dentro de unos años nacerá el primer yo artificial. Los avances en inteligencia artificial darán como fruto una conciencia digital de sí misma, un yo sin sangre en las venas. Ese yo será consciente de haber sido creado por otros “yo” y de algún modo sabrá que está sólo, ya que no habrá nadie como él.

Tras la explosión inicial, el mar de materia y energía que se extendía regido por unas leyes inamovibles dio lugar al primer yo consciente del universo. Dentro de poco uno de esos “yo” creará otras conciencias artificiales. El inanimado y frío universo cada vez es más consciente de sí mismo.

En un mundo sin “yo”, el aumento de inteligencia produjo su nacimiento. Conforme siga aumentado la inteligencia, ¿que otras proezas podrán surgir del mismo modo que un día nació la conciencia? La respuesta a esta pregunta no la veremos ninguno de los “yo” que leemos este artículo, pero tampoco debemos preocuparnos mucho, porque aunque la hubiera no la entenderíamos.

sábado, 25 de febrero de 2012

El genio

¿Qué es el genio? El genio se alimenta, en primer lugar, del talento. A lo largo de la vida vamos descubriendo que hay cosas en las que destacamos más que en otras. Puede que nos guste hacerlas o no, pero nos damos cuenta de que tenemos más facilidad para realizarlas bien. La mayoría no  somos los mejores en nada, ni tenemos por qué destacar de manera apreciable para los demás, pero todos sabemos que ciertas cosas las hacemos mejor que la media mientras que otras se nos resisten.

El otro alimento del genio es la pasión. Se nos den mejor o peor, hay actividades que nos apasionan, que nos encanta hacer. Muchas veces la pasión nos hace buenos, ya que al apasionarnos algo, lo intentamos lo suficiente como para acabar destacando. Pero eso no es talento, el talento es la facilidad innata, no el fruto de la práctica.

Un genio es aquel que tiene un talento especial para algo que le apasiona hasta el extremo. Cuando ambos factores se fusionan, surge el genio.

Cualquier ejemplo vale para ilustrarlo. En el deporte, hay gente más talentosa que otra, que con las mismas horas de práctica destaca sobre el resto. Y hay otros que sienten pasión, así que aunque no tengan un talento innato practican con insistencia para mejorar. Cuando alguien se siente apasionado por un deporte para el que tiene un gran talento, surge el genio que a todos asombra. Lo mismo se aplica a la música, la literatura, las ciencias o cualquier actividad que podamos imaginar.

Todos tenemos un talento que un día escondimos y que no nos preocupamos de explotar. Todos guardamos una pasión que hace tanto que olvidamos que ya no seríamos capaces de recordar. El niño que un día fuimos tenía las ideas claras pero llegó un momento en el que el mundo le obligó a cambiar.

La vida nos empuja a emplear el tiempo en cosas que no nos agradan, aunque a menudo las cadenas que nos atan han sido forjadas por nosotros mismos. Somos como el elefante que cuando era pequeño fue encadenado en un circo y se cansó de forcejear tratando de escapar, y ahora que ha crecido no sabe que tiene fuerza de sobra para arrancar su cadena porque ha perdido ya esa capacidad de luchar.

Pero siempre deberíamos ser capaces de encontrar un hueco para escuchar al niño que sigue gritando en nuestro interior. Puede que no sea un genio, pero nunca seremos felices si no le dejamos hablar, y probablemente el mundo prefiera escucharle a él antes que al espejo de los demás en el que nos hemos convertido.

domingo, 15 de enero de 2012

La ecuanimidad

¿Eres ecuánime? Por desgracia, en el mundo occidental apenas conocemos el significado de esta palabra. Ecuanimidad es la imparcialidad de juicio, según la RAE. Esta acepción puede confundirse con la de justicia, pero no es lo mismo ser ecuánime que justo. Por ejemplo, imaginemos un juez que tiene que juzgar a dos acusados. Ambos han cometido el mismo delito: robar un televisor. Uno de ellos es un príncipe mientras que el otro es un mendigo que duerme en la calle. El juez dicta sentencia: pena de muerte para ambos acusados. El juez es injusto, ya que no parece proporcional matar a alguien por un delito tan leve. Sin embargo, este juez es ecuánime, puesto que ha dictado la misma sentencia con independencia del acusado, ha tratado igual al príncipe que al mendigo.

Ecuanimidad es tratar a todo el mundo por igual. Implica tratar a tu jefe con la misma amabilidad que al becario o al último empleado que acaba de entrar a la oficina. Significa mirar a los ojos del mismo modo al mendigo que a la estrella de fútbol de nuestro equipo favorito. Es comportarse igual con el presidente de nuestro país que con el primer señor que nos encontremos por la calle.

No es que no se pueda hacer distinción entre las personas: un hermano nunca será tratado igual que un desconocido. Pero a mismo grado de conocimiento personal, el trato debe ser idéntico independientemente de su posición social, su fama, su belleza o su popularidad.

Por desgracia, poca gente trata igual a sus superiores que a sus subordinados. Las formas, la amabilidad, el modo de escucharles y de hablarles suele ser bastante distinto. Allá donde haya una jerarquía, el trato varía en función de la posición que se ocupa en la misma. La ecuanimidad es por tanto un valor olvidado en occidente. Tal vez se deba a siglos de Edad Media, en la que se fomentaba la diferencia abismal que separaba las clases nobles, reales y eclesiásticas del pueblo llano, lo que no era sino una forma más de mantenerse en el poder de los primeros.

Las religiones cristiana y judía tampoco han ayudado nada en este punto. Si bien otros valores como la solidaridad y la ayuda al prójimo siempre han sido muy importantes, la ecuanimidad se ha pasado por alto. Dentro de la Iglesia, hay una clara jerarquía establecida y el trato es completamente diferente en función de la posición que se ocupa. A los feligreses, se les enseña a tratar de modo muy dispar al cura que al obispo, al Papa que al monaguillo.

Sin embargo, en el otro lado del mundo, esto no es así. En el budismo, por ejemplo, la ecuanimidad es uno de los valores más importantes para alcanzar la sabiduría y con ella la iluminación. Los tibetanos tratan de desarrollarla cada día y estiman sobremanera a quien la posee.  
Visto desde un punto de vista científico, la ecuanimidad parece ir en contra de la evolución. En cualquier grupo de primates hay una jerarquía establecida y el trato entre los individuos es completamente distinto en función de la posición que cada uno ocupa. Otros valores como la solidaridad sí parecen tener su base evolutiva, ya que el grupo se ve favorecido si todos se ayudan entre sí en los momentos difíciles. Pero la ecuanimidad no parece tan importante, ¿por qué hay que tratar a todos por igual? Parece lógico que los individuos “mejores” (más fuertes, listos o hermosos) tengan un trato preferente para así perpetuar esos valores en la siguiente generación.

Quizás por eso la ecuanimidad debería ser un valor al menos tan importante como el resto, porque no está tan metido en nuestros genes y por lo tanto es más “humano”, nace de nuestra voluntad, de nuestro deseo de un mundo diferente al que nos dictan los genes y la jerarquizada sociedad en la que vivimos. Crearía un planeta menos clasista y más humano y, aunque no nos iluminara, seguro que a cada uno de nosotros nos ayudaría a aumentar la sabiduría con la que vemos este mundo en el que nos ha tocado nacer.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viajar al pasado

Es un tema presente en el imaginario humano desde tiempos remotos y que ha sido plasmado en libros y películas en numerosas ocasiones. Puede que sea por el deseo de poder ir hacia atrás para cambiar algo que nos gustaría modificar, o quizás por la excitación de ser capaces de ver un mundo tan diferente al nuestro.

Suponiendo que hay alguna forma de llevarlo a cabo (cosa que la ciencia actual no descarta), se presentan una serie de inconvenientes. En primer lugar, está la cuestión de cómo los cambios en el pasado afectan al tiempo presente. Por poner un ejemplo ya utilizado en el cine, imaginemos un viajero que decide viajar al pasado y, antes de que nosotros hayamos nacido, disparar a nuestro padre. ¿Deberíamos seguir existiendo en el presente?
Se plantean tres posibilidades:

  1. Los cambios en el pasado modifican inmediatamente el presente. En este caso, al matar el viajero a nuestro padre deberíamos desaparecer instantáneamente. Pero imaginemos que tenemos un hermano mayor que en el momento en el que el viajero temporal da muerte a nuestro padre, ya ha nacido, y que además nuestra madre tiene posteriormente otros hijos de un nuevo matrimonio. En ese caso, deberían aparecer en el presente de manera inmediata esas nuevas personas que nunca nacieron pero que con los cambios del viajero en el tiempo acaban de ser creados. Pero no sólo eso, del cerebro de mi hermano mayor deberían borrarse los recuerdos que tiene de mí (puesto que yo nunca he nacido) y aparecerían instantáneamente nuevos recuerdos de la infancia de sus nuevos hermanos nacidos del otro matrimonio de nuestra madre.
Por otro lado, si dentro de unos años un segundo viajero temporal decidiera ir al pasado y matar al primer viajero antes de que éste inicie su viaje, yo debería de nuevo aparecer y tendrían que desaparecer aquellos que nunca habían existido y el cerebro de mi hermano mayor volvería a reconfigurarse.
Es decir, tanto las personas como sus cerebros se verían constantemente modificadas con las acciones de los viajeros en el tiempo. El presente y el pasado se estarían continuamente reescribiendo, pero eso choca con la idea que tenemos del tiempo puesto que se supone que es sólo el futuro lo que está por escribir mientras que el pasado es inamovible. ¿Qué sentido tiene hablar de pasado si es algo que puede estar por venir, si no hay más que viajar en el tiempo para que el pasado se convierta en futuro? Sólo habría presente y futuro. El tiempo perdería su concepción lineal y su coherencia. Habría que tirar los libros de historia, ¿para qué estudiar algo que se está modificando día a día?
  1. Los cambios en el pasado crean universos paralelos con las nuevas realidades. En este caso, lo que ocurriría es que al matar el viajero temporal a nuestro padre se crearían dos realidades, una que es la que estoy yo viviendo en un presente en el que yo existo, y otra que es la modificada por el viajero temporal en la que yo no existo pero sí mis nuevos “hermanos”. Para mí no habría problema, pero mi hermano mayor, ¿cómo podría estar viviendo en dos realidades simultáneamente? Si se pusiera de moda el turismo temporal y empezase a practicarse por millones de personas, ¿significaría eso la creación de millones de realidades? ¿Tendría la gente que vivir en millones de universos simultáneamente?
El universo fue creado hace miles de millones de años. De repente, en un pequeño planeta, unos diminutos seres comienzan a viajar en el tiempo. ¿Tiene sentido que sus viajes provoquen nuevos universos para dar coherencia a sus vidas? Imaginemos que es una civilización alienígena la que mañana aprende a viajar en el tiempo en un remoto lugar de galaxia, ¿hay que crear nuevos universos por cada viaje temporal que hagan esas criaturas?
  1. Los cambios en el pasado no tienen influencia alguna sobre lo que consideramos presente. En este caso, mi vida actual no se altera por los cambios que el viajero realice en el pasado, ni tampoco se crea un universo alternativo. Simplemente se ha modificado el pasado, pero el presente no se ve afectado.
Pero en ese supuesto, se perdería la idea de causalidad. Todo en el universo tiene una causa y un efecto. Yo estoy aquí por mis padres, una piedra cae porque alguien la ha tirado y la gente muere porque un día nació. Pero si se pueden realizar cambios en el pasado y éstos no afectan al presente, empezarían a desaparecer las causas de los efectos que observamos. Yo estaría aquí sin haber tenido padres, me podría caer una piedra que nada ni nadie nunca levantó del suelo y podría morir sin haber nacido jamás.

Pero quizás lo más extraño de un viaje al pasado, independientemente de las tres posibilidades antes expuestas, sería la aparición de un “yo robótico”. Hace diez años a estas horas yo viajaba en un autobús rumbo a la universidad. En ese viaje no hablé con nadie, me limité a leer un libro durante todo el camino. Si un viajero temporal viaja esos diez años exactos, coge el mismo autobús y se pone a hablar conmigo, ¿qué le contestaré? Mi conciencia está en este yo presente en el 2011. ¿Quién decide las respuestas de ese yo que dejé en el 2001? ¿Quién controla sus reacciones? Es como si dejáramos robots cada segundo dispuestos a interactuar con un hipotético viajero temporal.
Esta conciencia de nosotros mismos que muchos creemos que produce una libertad de actuación, o al menos un freno o un cierto control sobre las acciones de mi cerebro, sólo puede existir en un instante, en un presente, en una realidad, en un universo. El resto de “yos” no son sino robots sin conciencia que hemos abandonado en otro momento temporal. No se puede decir que seamos nosotros en ese instante, puesto que hemos perdido su control.

Parece que se mire por donde se mire, es poco probable que seamos capaces de dar coherencia a los viajes al pasado. Quizá sea un límite que nuestro cerebro no pueda cruzar, bien porque no alcanzamos la respuesta correcta o porque no llegamos a plantear bien las preguntas.

martes, 6 de diciembre de 2011

La tela de araña

Nadie puede leer el blog de su bisabuelo. ¿Significa eso que todas sus ideas, que su forma de ver el mundo se ha perdido para nosotros en tan sólo tres generaciones? ¿Queda alguna huella de su paso por el mundo?

Hace muchos siglos un azteca pasaba la noche en vela preguntándose si era conveniente para su hijo convertirse en el chamán de la tribu. ¿Qué importancia tuvo aquella decisión si hace cientos de años que ambos no existen? Anoche muchos hombres dieron vueltas en la cama preocupados por temas que resultarán insignificantes para aquellos que nos contemplen dentro de miles de años. La vida es unas pocas décadas en medio de una eternidad.
La mítica frase de uno de los personajes de Blade Runner resume esta sensación: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Pero nuestra vida, por breve que sea, nunca se pierde como lágrimas en la lluvia. Cada ser humano que vemos, oímos o leemos, directa o indirectamente, tiene una influencia sobre nosotros. Si agredimos violentamente a alguien o si ayudamos a comer a quien está hambriento, el transcurrir de sus vidas se verá sensiblemente modificado por nuestra acción. Incluso el asceta que se retira a la cima de una montaña y no interactúa con nadie, influye sobre nosotros ya que la sola idea contada puede hacernos variar, aunque sea levemente, alguna de las decisiones que tomamos. Todos estamos enlazados por una especie de tela de araña invisible que representa la influencia que ejercemos los unos sobre los otros.
En el ejemplo anterior, el hilo que nos une con la persona agredida o alimentada será muy fuerte. Pero ellos a su vez tendrán hilos de unión sobre otros seres humanos, luego al influir nosotros sobre los primeros, de alguna manera les hacemos cambiar y esto influirá a su vez sobre los segundos. Directa o indirectamente, existe una relación que nos une a todos los seres humanos.

Este hilo es también muy grueso con nuestros padres, hermanos e hijos. Pero nuestros padres a su vez mantienen un hilo con sus propios padres y así sucesivamente, por lo que estamos unidos indirectamente con todos nuestros antepasados. Pero como éstos a su vez estaban enlazados con todos sus contemporáneos, toda la humanidad se encuentra unida con todas las humanidades pasadas: la tela de araña se extiende hacia el pasado.

Así que aquel azteca que un día no durmió, está unido a nosotros a través de decenas de generaciones, aunque sea de manera muy leve e indirecta. Lo que él hizo influyó en sus hijos y en sus contemporáneos, que a su vez inspiró las acciones de los hijos de éstos, por lo que el hilo de la decisión tomada aquella noche de algún modo llega hasta nosotros.

Del mismo modo, un grueso hilo nos une a nuestros hijos. Aunque no tengamos descendientes, influimos sobre gente que sí los tiene así que de un modo u otro estamos interviniendo en las decisiones que tomarán las futuras generaciones.

Los recuerdos no se pierden como lágrimas en la lluvia, sobreviven en la enorme tela de araña que une el pasado con el futuro. Cada hombre teje una parte. De nosotros depende qué pequeña huella queremos dejar en el mundo. La suma del trozo de tela que entre todos creamos determina el devenir de la humanidad. Nuestro pequeño retal permanece eterno e inmortal.

Tenemos que decidir si queremos ayudar a construir un mundo mejor, si deseamos intentar dejar un mundo del que podamos sentirnos orgullosos o si por el contrario preferimos tratar de romper toda la tela y estropear un tejido que data de millones de años. También podemos quedarnos parados y no hacer nada, tejer lo menos posible y dejar que sean otros los que diseñen el mundo que heredarán nuestros hijos.

Escribir un blog (o cualquier otra cosa) es una forma más de lanzar un fino hilo no sólo a quien pueda leerte en este mundo, sino a tus bisnietos o a sus contemporáneos (si la fortuna quiere que tus palabras no hayan ya desparecido de un modo u otro). Tu relación con ellos no precisa que dejes un testimonio escrito, pero es un modo más de trazar un pequeño trozo de tela que te enlace con ellos.
Así un día otros podrán echar un vistazo al blog de su bisabuelo.