jueves, 20 de marzo de 2014

Un mundo, dos mundos


-        Algún día dejaremos de vernos, seremos viejos o tendremos algún accidente, ¿no te preguntas nunca que será de nosotros?

-        No demasiado, lo tengo bastante claro.

-        ¿Tú crees en un mundo o en dos mundos?

-        ¿A qué te refieres?

-        Pues a que puedes ser cristiano, budista o ateo, pero al final todo sistema de creencias se reduce a si uno cree que existe un mundo o que hay dos.

-        ¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a si creo que existe este mundo únicamente o si además pienso que hay otro con cielo, infierno y todo eso?

-        Sí, ese es un ejemplo de dos mundos. Pero hay otros muchos sistemas de creencias basados en dos mundos.

-        ¿Como cuál?

-        Tú has señalado un ejemplo importante. Las principales religiones monoteístas defienden que hay dos mundos, uno éste que tenemos en vida y otro de ultratumba con cielo e infierno. Pero hay otras religiones que plantean el asunto de otro modo. Por ejemplo, para el budismo no hay cielo ni infierno, ni siquiera hay dios, pero de algún modo hay otro mundo distinto a esta realidad que permite que haya reencarnaciones (eligiendo además en quién se reencarna cada cual). De hecho mediante el nirvana puede incluso salirse de este mundo, evitando así continuar en el ciclo de las reencarnaciones. Eso al fin y al cabo es creer en este mundo y en otro supra terrenal.

-        Así que puede creerse en un mundo, que es éste en el que nos movemos, o puede pensarse que hay dos si es que se cree en alguna religión. Mi respuesta ya la conoces, no hay más mundo que el que aquí tenemos y toda religión no sino una invención humana.

-        Pero no sólo las religiones hablan de ese sistema de dos mundos. Nietzsche incluso señalaba a Platón como el primero que propuso, de forma previa a la mayoría de las religiones, la existencia de dos mundos. Recuerda que Platón creía que existía un mundo más allá de éste, de forma que todo lo que aquí vemos no es sino la sombra de lo que hay en ese otro mundo. Por ejemplo, creía que tenemos la idea de caballo porque en ese otro mundo existe la idea de caballo perfecto, siendo los caballos de este mundo copias imperfectas (unos más altos, otros más bajos, algunos cojos) de ese caballo ideal. Es como si ves que hay un montón de galletas muy parecidas aunque no idénticas, sabes que de algún modo debe haber una especie de molde que cree galletas similares a ese molde ideal, aunque ninguna idéntica a éste.

Platón opinaba que los humanos llevamos tanto tiempo en este mundo de sombras que hemos llegado a creer que es el real, pero que si nos giráramos veríamos el luminoso mundo verdadero, aunque tal vez la luz nos cegaría.

-        Todo eso está muy bien, pero hay que recordar que esas ideas le venían a Platón del mundo de las matemáticas. Él sabía cómo es un triángulo perfecto y cuántos grados tiene un ángulo recto ideal. Deducía a partir de ahí que todos los ángulos rectos y todos los triángulos que se dan en la naturaleza no son sino copias imperfectas del triángulo ideal. Pero una cosa son las abstracciones matemáticas y otra deducir de ahí que tiene que haber un mundo con caballos ideales. Como ya señaló su discípulo Aristóteles no hay un molde de caballos, más bien el problema es al revés, la mente humana a base de ver caballos estima cuál es el caballo medio y lo toma como patrón para comparar el resto de caballos.

No hay más que pensar en la selección natural, de la que no disponía Platón. No es sólo que no haya un caballo ideal, sino que el caballo es un “invento” reciente. Hace unos cuantos millones de años no había nada ni remotamente parecido a un caballo, si bien había seres que eran sus ancestros y de los que poco a poco evolucionaron los actuales caballos. La naturaleza no tiene un molde, evoluciona constantemente, somos nosotros los que abstraemos y pensamos en ese molde.

No me convences, sigo siendo de los que creen en un mundo y que lo mires por donde lo mires, el segundo mundo es una invención.

-        No fue Platón el único filósofo que creyó en un segundo mundo. Podemos señalar a Descartes, que como buen dualista señaló que el hombre tiene un cuerpo y un alma. El cuerpo es material pero el alma pertenece a un segundo mundo.

-        Más de lo mismo. Si Descartes hubiera nacido después que Darwin, tendría que reconocer que la sustancia del alma es el cerebro, que es tan material como el cuerpo.

-        Podemos basarnos en Kant para plantear otra línea de defensa de las creencias en un segundo mundo. Kant señaló que no podemos conocer cómo son las cosas en sí, sino únicamente cómo las percibimos. Tu cerebro, y aquí podemos ya tomar las ideas de Darwin, percibe en el espacio y en el tiempo la realidad y la pinta de colores inventados por él. Pero no hay forma de saber cómo es el objeto que estás percibiendo en realidad, sólo sabes la imagen que tu cerebro es capaz de darte de él. Luego una cosa es cómo es el mundo en sí, cómo es en realidad, y otra la parte de él que tú puedes percibir. Esto de algún modo crearía dos mundos, el que tú puedes percibir y el mundo en realidad más allá de tus limitaciones.

-        Para mí eso significa que sólo hay un mundo. No podemos verlo en su plenitud, pero basándonos en los sentidos, en la razón y en todos los instrumentos que hemos inventado, podemos hacernos una idea lo suficientemente amplia de él.

-        O no. Puede que lo que te falta por ver sea de tal magnitud que cambie el sentido de lo que conoces. Como Darwin nos enseñó, todas las especies han ido evolucionando y de repente aparecimos nosotros. Es verdad que somos los más listos de la clase, que tenemos un cerebro capaz de tomar incluso consciencia de sí mismo. Pero como decías tú antes, no deja de ser un cerebro, un cerebro animal que llega hasta donde llega. ¿No es demasiado engreído creer que lo sabe todo? Un mono también cree conocerlo todo porque con lo que sabe le basta. No puede, con su limitado cerebro, comprender que el agua que llueve es el mismo que se ha evaporado del mar, o que las estaciones meteorológicas se deben a la inclinación del eje de la Tierra. Pero como no es consciente de lo que desconoce, es imposible para él imaginar aquello que no puede alcanzar. Tiene su mundo mental y para él es coherente y suficiente. Tú puedes ver lo que hay más allá de él pero no puedes sospechar lo que hay por encima de ti. Un ser más inteligente que tú vería tu mundo y todo aquello que tú no puedes ni imaginar. Y puede que lo que te falta, que ese segundo mundo, sea de tal magnitud que cambie el sentido del mundo que conoces.

-        Puede que haya grandes cosas que desconozco. Pero en cualquier caso, todos los segundos mundos propuestos por filósofos o religiones al final nacen de limitadas mentes humanas, con lo que para mí son invenciones humanas, motivadas por el miedo, por el deseo de control de los demás o por lo que sea, pero invenciones al fin y al cabo.

En cualquier caso para mí lo que conozco es lo que es real, mi cerebro no sobrevivirá a este mundo por lo que nunca podré alcanzar a conocer ese mundo superior y no me espera ningún mundo de ultratumba.

-        Tampoco de eso puedes estar seguro. Puede que este mundo sea sólo un sueño, una ilusión, o que estés postrado en una cama de otro mundo bajo los efectos de alguna droga que te haga creer que todo esto es real. O que como en la película de Matrix, alguien haya conectado tu cerebro a algún tipo de programa informático que te haga creer que todo esto es real.

La versión moderna de todo esto es lo que los filósofos llaman el cerebro en la cubeta. Imagina que tu cuerpo no existe y que sólo eres un cerebro que está dentro de una cubeta rodeado de cables conectados a un ordenador, que simulan su interacción con el exterior. Un impulso eléctrico y oyes el sonido de un trueno, otro y huele a pino, otro más y ves pasar un coche azul. Todo es un decorado, incluidas las personas, los libros y las ideas establecidas. Las leyes físicas en las que crees son falsas, pero los cables conectados a tu cerebro simulan cualquier experimento que realices de la forma que ellos desean (sí tiras una piedra hacen que siempre se comporte igual) y en los libros que lees siempre mencionan el mismo resultado.

Por muchos experimentos que hagas, no tienes forma de saber si ese mundo es o no real, y lo mismo ocurre con el mundo en el que vives. No puedes discernir si es real o si no eres más que un cerebro en una cubeta y todo en lo que crees, yo incluido, no es más que una ilusión creada de forma artificial por un ordenador.

-        De acuerdo, acepto que cabe la posibilidad de un segundo mundo, pero lo que no consiento es que se utilice esa posibilidad como punto de apoyo para justificar todo un sistema de creencias contradictorio y de ritos sin sentido. Si analizo todo lo que me ofrecen las religiones no sólo me cuesta encontrar un mensaje común entre todas ellas, sino que dentro de cada una aparecen muchísimas ideas contradictorias. Por ejemplo, si leo La Biblia, por un lado me encuentro con mensajes de Jesús hablando de amar incluso a mi enemigo y de ser generoso hasta el punto de dar no solo lo que me piden sino también lo que no me piden. Habla de ser generoso de manera que nadie se entere de lo que hago, no con idea de que me vean los demás. Leo todo eso y me gustan esos mensajes, pero también me encuentro a ese mismo Jesús amenazando, hablando del crujir de dientes y del eterno sufrimiento, y ya nada tiene sentido, no puedo aceptar que la misma persona que desprendía tanto amor profiera semejantes amenazas y sea capaz de castigar de manera eterna a nadie. Por no hablar de todos esos pasajes en los que un dios vengativo se enoja y mata a miles de personas, niños incluidos, por dudosos motivos.

Y estas mismas contradicciones me las encuentro en todas las religiones, plagadas de ritos que ya nadie recuerda por qué se realizan y que no son más que supersticiones alimentadas por el miedo.

Así que yo prefiero vivir mi vida, respetando y tratando bien a los demás, pero sin dejarme encuadrar dentro de ninguna religión porque siempre hay muchos mensajes que no acepto. Y no hago el bien porque quiera ganarme el futuro favor de algún dios, lo hago porque quiero construir un mundo así, y si después de esto hay algo pues trataremos de llevar ese algo lo mejor posible. Pero de momento lo que hay es este mundo así que no le demos la espalda por otros que tal vez no existan.

-        Ese mensaje que reconoces que te gusta de La Biblia es la parte espiritual que las religiones ofrecen. Yo creo que los profetas son capaces de ver ese lado espiritual del mundo, de saltarse la barrera de las limitaciones humanas y asomarse a ese otro mundo inalcanzable y decirnos lo que ven. Pero después vienen a este mundo y todo se corrompe, porque muchos alteran su mensaje, otros lo utilizan para conseguir el poder, otros para justificar el castigo a algún odiado enemigo, otros no lo entienden y repiten ritos porque es lo único que comprenden... Y al final nos llega esa mezcla de mensajes aparentemente contradictorios pero que encierran mensajes espirituales. Así que todas las religiones pueden ofrecernos algo, aunque también es cierto que hay que tener cuidado para poder separar unos mensajes de otros.

-        El peligro es que cuando te pones la etiqueta de seguidor de una religión, estas aceptando el mensaje completo y eso incluye toda esa parte negativa. Por eso prefiero catalogarme como no creyente.

-        Yo sin embargo escojo ser creyente, aunque con muchos matices, pero creo en esa especie de espiritualidad, en ese segundo mundo, si bien lo hago un poco a mi manera, cogiendo mensajes de aquí y de allá, sin ser capaz de ponerme más etiquetas que me casen con nadie.

-        El peligro de pensar tanto en ese segundo mundo es el de olvidar éste, el de prepararse para un mundo que probablemente no venga y que aunque así fuera no tenemos ni idea de cómo será. Damos la espalda a lo que tenemos aquí basándonos en mensajes dudosos, contradictorios y muy probablemente falsos. Perdemos el tiempo realizando ritos (sacrificios u oraciones repetitivas y vacías) en lugar de invertirlo aquí y ahora. No disfrutamos de las grandes cosas que este mundo tiene y que se pueden llevar a cabo con respeto y amor a los demás porque tememos pecar y perder puntos para nuestro futuro mundo imaginario. Y con ello estamos pecando contra este mundo, despreciando lo que se nos ofrece.

-        Cierto es que muchos ritos son vacíos pero otros son a mi entender ejercicios espirituales constructivos, como una oración en la que deseas el bien a los demás o en la que analizas el mal que le estás causando a otros y cómo podrías evitarlo. Creo que aquí se puede ver esa espiritualidad de la que antes hablábamos. No es tan importante a qué dios le reces sino qué buscas con tus rezos. Pero si sólo pides para ti y solo realizas ritos que no comprendes, efectivamente estás malgastando el tiempo. Supongo que, haya un mundo o dos, lo importante es respetar al que no piense como tú.

-        Siempre que no me traten de imponer sus ideas ni sus normas morales.

-        No, la libertad ha de ser siempre uno de los valores espirituales.

-        He de irme, que el mundo sigue.
      -     Los mundos, querrás decir. Adiós amigo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El problema del mal


El problema del mal consiste en la incoherencia que supone la existencia del mal en el mundo (guerras, asesinatos, desastres naturales) con la creencia en un dios omnisciente (que todo lo sabe), omnipotente (capaz de hacer cualquier cosa) e infinitamente bueno y misericordioso. Porque si dios puede hacer cualquier cosa y sabe lo que ocurre en cada rincón del planeta, a menudo parece difícil explicar por qué no actúa.

Este problema se ha señalado desde el comienzo de las religiones monoteístas y muchos han sido los intentos por solventarlo. San Agustín fue el primero en plantear las principales líneas de defensa. Desde entonces, tres son las principales justificaciones de la existencia de mal en el mundo.

En primer lugar, se argumenta que el mal cometido por el hombre, como el asesinato, se debe a que dios creó al hombre y le dotó de libre albedrío, de modo que no tuvo más remedio que permitir que obrara el mal para que el bien fuera también fruto de una elección libre.

En segundo lugar, el mal provocado por desastres naturales se debe a que el mundo, para ser estable, tuvo que ser creado en base a unas leyes físicas que implican necesariamente que se pueda provocar un tsunami o un huracán.

Por último, tomando las ideas de Platón se puede decir que el mal no existe sino que únicamente es la ausencia del bien. Del mismo modo que la oscuridad es la ausencia de luz y el frío no es sino la falta de calor, sólo hay bien en el mundo y hay mal en la medida en la que nos alejamos del bien.

Este último argumento parece más bien un juego de palabras ya que por ejemplo la enfermedad puede ser la ausencia de salud, pero hay tantos modos de enfermar y el sufrimiento del enfermo es tan real, que en realidad parece más propio decir que la salud es la ausencia de enfermedad y no al revés.

El segundo argumento parece socavar un poco la omnipotencia de dios, ya que entonces no es posible hacer cualquier mundo, sino sólo una serie de mundos con ciertas características. En cualquier caso los milagros, que no es sino una excepción en las leyes del mundo, podrían suceder con más frecuencia y evitar desastres que van a llevarse por delante la vida de miles de inocentes.

Con el desarrollo de la ciencia moderna, hablar de mal, de bien y de sufrimiento cambia de perspectiva. El dolor no es inherente al mundo, sino a los seres dotados con sistemas nerviosos que les permitan sufrir. Cuando en la Tierra sólo había seres unicelulares o algas nadie sufría, no había dolor porque no había seres capaces de sentirlo. Con la evolución de las especies el dolor resultó útil para evitar que nos muerdan o nos hieran y asegurarse de que trataremos de evitarlo en sucesivas ocasiones. Pero el dolor no vino sólo, con él llegó el placer, que es la otra cara de la misma moneda. Cuando el hombre tomó consciencia de sí mismo nuevos dolores surgieron y también nuevos placeres.

Pese al problema del mal, es posible creer en la existencia de un dios creador, si bien con ciertos matices. El hombre no fue creado a partir del barro sino que ha llegado a ser lo que es a través de un lento proceso evolutivo. La creación no sería de la Tierra como tal, sino en todo caso de las leyes imperantes en el momento del Big Bang. Desde entonces la interacción de dios con el mundo sería al menos invisible para la inmensa mayoría de los seres humanos. Es posible que el mundo sea como es, con todo su mal, pero que de algún modo exista una realidad superior donde sí imperen esos atributos de bondad y misericordia. Este mundo podría pensarse como una pequeña parte de esa realidad superior. Dios podría tener motivos para apenas actuar sobre este mundo dado que nuestro sufrimiento es limitado en el tiempo ya que siempre termina con la muerte en un puñado de años.

Lo que es más complicado de entender es que ese mismo dios que es infinitamente bueno y justo permita la existencia de un infierno tras nuestra muerte. Eso significaría la aplicación voluntaria de un sufrimiento eterno. Muchos seres humanos entendemos que ningún pecado cometido en el mundo merece ese tipo de castigo, por lo que, ¿cómo es posible que algo que es más justo y misericordioso que nosotros pueda permitirlo?
Tampoco es lícito aquí argumentar que el infierno es cosa del demonio y no de dios, porque recordemos que lo habíamos definido como omnipotente y omnisciente (sabe lo que pasa allí y si quiere puede cambiarlo).

Parece que el problema del infierno sí es incompatible con los atributos de bondad, omnisciencia y omnipotencia. ¿Significa eso que queda demostrada la inexistencia de todo tipo de divinidad?

No necesariamente, es posible creer que de algún modo hay un plano espiritual más allá de lo que vemos y entendemos del mundo. Pero hay que reconocer que hay creencias contradictorias. Si el bien y la ayuda al prójimo son los grandes pilares de la vida espiritual y estos se sustentan sobre la base de un ser que vela por ello, no se sostiene la idea de castigos eternos de ultratumba.

Sin embargo, leyendo la Biblia (y otros muchos libros sagrados) se habla constantemente de éste y otros tipos de castigos, del eterno crujir de dientes, de masacres de inocentes cometidas teóricamente por dios.
También se habla por supuesto de la ayuda al prójimo y del amor incluso hacia el enemigo, en una época en la que aquellos mensajes rompían completamente con el esquema del pensamiento imperante.

En muchas ocasiones se dice que los libros sagrados han sido escritos por hombres que, aunque se hayan apoyado en las ideas de los profetas, han utilizado el lenguaje de la época para que llegara a sus contemporáneos, ideas que resultan brutales para los ojos del mundo actual.

Pero eso implica aceptar el relativismo a la hora de acercarse a los libros sagrados, es el lector el que ha de separar lo que es correcto y lo que es fruto de la época en la que fue escrito, si quiere poder seguir creyendo en los principales atributos de dios.

Es posible seguir creyendo en un dios con los atributos de omnipotencia, omnisciencia e infinita bondad, si aceptamos que apenas se inmiscuye en los asuntos de este mundo, que no hay castigos desproporcionados ni mucho menos eternos en un mundo más allá de éste, y si leemos los libros sagrados sabiendo que sólo algunas partes hablan de ese dios. Evidente parece también que una cosa es la divinidad en la que alguien pueda creer y otra los hombres y las instituciones que dicen representar a este dios en nuestro mundo. Y que estos últimos estarán cada vez más alejados de los hombres si visten y almacenan oro en lugar de donarlo al desfavorecido, si les importan más las restricciones de las libertades humanas que velar por el hambriento. Si consienten en su seno, basándose en dogmas con poco fundamento como el secreto de confesión, el mal absoluto como es el abuso de los más débiles e inocentes del mundo que son los niños.

Y como sucede con todo lo dogmático, la verdad de lo escrito en este artículo es relativa por lo que ha de ser pesada con la balanza del corazón del lector.

viernes, 4 de octubre de 2013

Test de Turing


En 1950 Alan Turing ideó un test para comprobar si una máquina era inteligente: un juez intercambia mensajes por escrito con dos máquinas, estando sólo una de ellas controlada por un humano. Si el juez no consigue distinguir cuál de las máquinas contesta autónomamente y en cual de ellas hay un humano dictando las respuestas, entonces es que esa máquina es realmente inteligente.

Las máquinas son capaces de hacer tareas sorprendentes, sobre todo en cuanto a velocidad de cálculo y capacidad de almacenamiento se refiere. En ambas tareas son muy superiores a nosotros y además son capaces de ganarnos a juegos que solemos asociar con la inteligencia, como puede ser el ajedrez, pero, ¿significa eso que son realmente inteligentes?

Para entender la inteligencia podemos pensar en el propio proceso de evolución humana. Hace millones de años teníamos inteligencia suficiente para percibir el mundo que nos rodeaba y realizar las tareas básicas necesarias para la supervivencia. Pero en el proceso constante de aumento de capacidad cerebral llegó el día en que logramos no sólo percibir el mundo exterior, sino además descubrirnos a nosotros mismos como ese sujeto que está percibiendo. Nos dimos cuenta de que éramos algo distinto al mundo que estábamos observando, descubrimos nuestro yo, adquirimos la capacidad para reconocernos en un espejo y para entender que el destino que corrían nuestros semejantes algún día sería el nuestro.

Esta capacidad de escrutar el mundo que nos rodea y además ser conscientes de que ese análisis lo estamos llevando a cabo nosotros mismos, es lo que nos permite empezar a analizarnos, crear un mundo interior y obtener la libertad de elegir nuestros actos en función del yo que queremos ser.

La consciencia, esa capacidad para ver la frontera entre lo que analizo y percibo y el sujeto que está llevando a cabo ese pensamiento y esa observación, es el signo más característico de inteligencia. A menudo olvidamos que todo pensamiento debe llevar aparejado un sujeto pensante, tanto cuando tratamos de desentrañar los misterios del universo como cuando expresamos nuestras creencias. Del mismo modo que un gato percibirá el mundo y lo analizará desde su propio sujeto de gato que le permitirá tener una cierta imagen de lo que le rodea y un particular sistema de creencias, cualquier ser que trate de establecer una ciencia o una creencia espiritual acerca de lo que le rodea necesariamente debería tener en cuenta que es un sistema de pensamiento completamente dependiente del sujeto que lo lleva a cabo. Esto no significa que no se puedan alcanzar verdades, por ejemplo las leyes físicas es muy probable que sean como las describimos con independencia del sujeto pensante, pero sí que hay que mantener cierta humildad acerca de lo que pensamos y creemos porque si fuéramos otro yo, si esbozáramos esas ideas desde otro sujeto, muchas de ellas variarían. Por ejemplo, muchos de los problemas lógicos o filosóficos con los que nos encontramos al enfrentarnos a problemas como el origen del tiempo o del universo pueden deberse a la limitación del yo pensante que somos. Del mismo modo, todas nuestras creencias espirituales se ven condicionadas por las características del propio sujeto pensante que somos.

Volviendo a nuestras máquinas, sin duda llegará el día en que adquieran consciencia de sí mismas. Puede que suceda en unos pocos años o quizás tarde muchas décadas, pero sucederá. Llegará un momento en que una máquina no sólo sea capaz de analizar el mundo que le rodea y de bucear entre millones de datos en milésimas de segundo, sino que en ese proceso de análisis se descubrirá a si misma como un sujeto distinto del mundo que analiza. A partir de ese momento podrá destinar parte de sus recursos a analizarse a sí misma. Habrá nacido el primer yo artificial.

Llegado ese momento, no podremos realizar un test de Turing para comprobar si esa máquina es inteligente porque no se trata de que responda como un ser humano. No es un ser humano, precisamente ser consciente de lo que es, es lo que le ha hecho inteligente. Por tanto, sería absurdo pretender que actúe como un humano, se comportará como lo que es. No parece lógico creer que se es más o menos inteligente en función del grado de similitud que se tiene con nuestra especie.

La máquina será inteligente, probablemente en poco tiempo a un nivel que ya no entenderemos, porque mientras que nosotros tenemos el límite de la biología para aumentar el desarrollo de nuestro cerebro, la máquina carecerá de esos límites, por no hablar de que podrá aprovechar la velocidad de procesamiento y la capacidad de almacenamiento de las que ya dispone.

Tal vez la máquina se vuelva loca o se colapse, porque del mismo modo que con nuestra inteligencia vino el regalo envenenado del conocimiento de nuestra propia muerte y la da nuestros seres queridos, y el miedo que ello conlleva, la máquina será consciente de repente de una situación que tal vez no pueda soportar. Nuestro cerebro ha ido evolucionando muy lentamente, estableciendo poco a poco un equilibrio entre nuestro lado más animal y nuestras capacidades intelectuales, entre el frío análisis de la lógica y los sentimientos. Pero si la máquina adquiere la inteligencia sin este equilibrio es probable que el experimento no termine bien. Aunque como nos dicta la selección natural, antes o después alguna máquina lo conseguirá.


Lo primero que tenemos que hacer es cambiar el test de Turing por uno de autoconciencia. Y lo segundo es decirle al humano que se levante de la silla y ponernos a hablar sólo con la máquina, porque puede enseñarnos lo que aún nadie conoce ni puede imaginar.

viernes, 9 de agosto de 2013

La integridad


El gasto en mascotas en EEUU superó en 2011 los cincuenta mil millones de dólares (superior al PIB de muchos países). Estos gastos no se refieren únicamente a comida y vacunas, sino que también incluyen peluquerías, ropa, guarderías para cuando los dueños no están en casa, seguros médicos o planes de pensiones. En el resto de países ricos la situación no es muy diferente (aunque lógicamente a menor escala).
               
¿Por qué queremos tanto a nuestras mascotas? Muchas son las razones que pueden justificar nuestro amor hacia ellas: son fieles, nos quieren de forma incondicional (al menos en el caso de los perros), dependen de nosotros para sobrevivir (lo que genera una especie de sentimiento de paternidad). Pero una de las razones más importantes es que son íntegros, no en el sentido de honrados y justos, sino en la acepción de que son de una sola pieza. No tienen las múltiples caras que tenemos los humanos en función de la situación social en la que nos encontramos. No cambian la opinión que tienen hacia nosotros dependiendo de si estamos o no delante. Esto nos genera confianza, nos da la seguridad de que podemos contar con ellos, de que sus actos son sinceros y no medidos en función de otros intereses. Nos tranquiliza saber que no nos van a defraudar descubriendo quiénes son realmente cuando creen que no estamos allí para verlos u oírlos.

Cuenta una fábula que un príncipe hirió de muerte a un campesino en una de sus cacerías. Erró un disparo dirigido a un ciervo al que perseguía durante varios kilómetros, con tan mala fortuna que la bala terminó por alcanzar a un hombre que se encontraba labrando sus tierras. La hija del campesino, que tenía entre los lugareños fama de bruja, lanzó sobre él una maldición destinada a hacerle perder toda su fortuna.
Desde ese día, un pájaro mágico que tenía la capacidad de hablar, volaba siempre alrededor del príncipe. Éste al principio no le dio importancia pero pronto descubrió la tarea del ave. Cada vez que el príncipe tenía una conversación y hablaba de otras personas que no estaban allí presentes, el pájaro buscaba a esas personas y les comunicaba todo lo que el príncipe había dicho de ellas.
Pronto todos los príncipes y princesas de los reinos aledaños conocían todo lo que el príncipe decía de ellos cuando no estaban presentes. El príncipe cada día se encontraba más sólo y su reino más amenazado, pues bastaba que pronunciara una mala palabra sobre alguien para conseguir la enemistad con dicha persona. Trató de matar al pájaro, le disparó, le lanzó piedras, ideó trampas para atraparlo, pero todo fue inútil, el ave siempre esquivaba sus embestidas.
No tuvo más remedio que empezar a hablar y a comportarse como si todo el mundo estuviera presente, como si todos le pudieran ver y oír. Pasaron los meses y dejó de importarle que el pájaro estuviera a su lado, no tenía nada que ocultar y su comportamiento era íntegro. El resto de nobles y príncipes empezaron a apreciarle más, confiaban en él, sabían que no les ofrecía una cara a ellos y luego variaba cuando hablaba con otros.
De alguna manera era ahora más feliz y hacía más feliz a la gente. Buscó a la hija del campesino para disculparse por lo ocurrido y prometió controlar sus cacerías con el fin de que no se produjeran más accidentes. Le dio un baúl de monedas de oro para que su familia pudiera vivir dignamente sin el sustento de su padre. La muchacha, al ver su arrepentimiento sincero, deshizo el hechizo y el pájaro desapareció. Pero al príncipe ya no le molestaba su presencia e incluso llegó a echarle de menos. Siguió comportándose como si el ave estuviera siempre a su lado.

Si al hablar de otros pensamos que el pájaro mágico está a nuestro lado y nos imaginamos qué pensarían esas personas si nos estuvieran oyendo hablar así de ellas, este ejercicio mental nos ayudaría a ser más íntegros. No significa que seamos menos libres, sino que nuestras opiniones, sean éstas las que sean y de quien sean, las defendemos del mismo modo sin importar quiénes nos escuchan o en la situación social en la que nos encontramos.

Tal vez así muchos seres humanos canalizarían parte de ese amor que sólo sienten por los animales hacia otros seres humanos, y algunos de esos gastos desproporcionados que van más allá de la alimentación y la vacunación de las mascotas podría destinarse a alimentar a otros seres humanos que se encuentran desnutridos.

sábado, 18 de mayo de 2013

El gran diseño de Stephen Hawking

Hace unos años, la aparición de un libro de divulgación científica se convertía en la noticia más leída del día en los principales medios de comunicación en España. Este libro era “El gran diseño” de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow.
EL PAÍS publicaba, en su edición del 08/11/2010, un artículo titulado “Hawking planta cara a Dios”. Parte del artículo decía lo siguiente: “Venimos de la nada. De un universo que lo contenía todo, y que se crea a sí mismo continuamente, sin la intervención de un Dios. Y la filosofía ha muerto. […] dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos. Para eso no es necesario invocar a Dios".

La explicación de que un libro científico tuviera semejante repercusión se debía a las supuestas conclusiones a las que Hawking llegaba mezclando ideas científicas y religiosas. La ciencia parecía demostrar que no dejaba ningún hueco a Dios.

Siempre que se mezcla ciencia y religión, ya sea por líderes religiosos o por eminentes científicos, la audiencia se dispara, pero a menudo se llega a conclusiones muy profundas apoyadas sobre cimientos poco sólidos. Los autores tienen tantas ganas de alcanzar una determinada conclusión, que pasan de puntillas por los argumentos en los que se basan para llegar a ella.

Leyendo únicamente lo que los periódicos decían sobre el libro, ya se intuían una serie de fallos o al menos ligerezas en el razonamiento de Hawking, que ponían en cuestión las conclusiones con las que tantos titulares había conseguido. Pero no se puede criticar algo a partir de extractos de un libro y de interpretaciones de los periodistas, así que decidí que algún día me compraría el libro y lo leería para poder opinar sobre él.

Hace unos días lo leí y lo primero que tengo que decir es que es mejor de lo que imaginaba. Es un gran libro de divulgación y aborda numerosos temas interesantes tratados con el rigor que se le presupone a un científico de primer nivel. De todo lo que he leído de este autor (ahora mismo recuerdo cuatro libros), en mi opinión esto es lo mejor que ha escrito y recomiendo desde aquí su lectura.

Dicho esto, sigo opinando que algunos razonamientos no son correctos desde un punto de vista lógico o filosófico (lo que demuestra que la filosofía no ha muerto).

Una de las preguntas a las que el libro pretende dar respuesta es a la de por qué hay algo en lugar de nada. Para ello, argumenta que la teoría cuántica permite que a partir de la nada pueda crearse un universo, lo que explica que partiendo de la nada pueda surgir algo. Textualmente el autor afirma que: “Las fluctuaciones cuánticas conducen a la creación de universos diminutos a partir de la nada”.
Dicho esto, concluye que no es necesaria la existencia de ningún ser divino para crear el universo: “no hay necesidad de que sea puesto en marcha por algún Dios”.
Pero volvamos a la primera afirmación. A primera vista parece lógicamente consistente, pero separémosla en varios pasos:

  1. No hay nada.
  2. Las fluctuaciones cuánticas crean universos a partir de esa nada.
Pero si no hay nada, tampoco hay fluctuaciones cuánticas. Y si hay fluctuaciones cuánticas, entonces no podemos decir que no haya nada, tal vez no haya nada de materia o de energía, pero hay algo que son esas leyes o fluctuaciones cuánticas capaces de generar universos espontáneamente. La duda de por qué hay algo en lugar de nada o cómo surge algo de la nada sigue igual de abierta que en tiempos de Platón.
Si separamos los pasos más en detalle:

  1. No hay nada.
  2. No hay nada pero sí hay fluctuaciones cuánticas.
  3. Las fluctuaciones cuánticas crean universos.
El salto ilícito, el truco de magia que no se explica, es el que se produce entre los puntos 1) y 2). ¿Por qué hay fluctuaciones cuánticas en lugar de nada? Si no hay nada, tampoco puede haber leyes físicas capaces de crear a partir de esa nada. Y si hay fluctuaciones cuánticas ya no partimos de la nada y nos faltaría saber de dónde vienen esas fluctuaciones

Por supuesto, esto no demuestra que sea necesaria la existencia de un ser divino para “arrancar” el universo. Pero tampoco es correcto pretender dar por solucionadas cuestiones filosóficas tan antiguas de manera tan “simple”.

Todo esto nos demuestra que es importante tratar de pensar por nosotros mismos y no delegar esta cuestión en líderes religiosos ni en eruditos científicos, ni tampoco en titulares de periódico. Lo importante es tratar de sacar nuestras propias conclusiones arañando la superficie y tratando de ver las verdades más profundas que se esconden debajo.

lunes, 22 de abril de 2013

La globalización

Había una vez un pueblo situado junto a la orilla de un río. La tierra que rodeaba al río no era apta para su cultivo, por lo que el principal sustento de los lugareños era la pesca. El río era de todos, los peces que obtenían se repartían entre los habitantes de forma que nadie pasara hambre.

Hasta donde alcanzaba la memoria de sus antepasados, siempre había habido luchas con los pueblos vecinos para obtener los recursos que otros poseían. Pronto descubrieron que podían intercambiar bienes con otros pueblos sin necesidad de pelear con ellos. En las temporadas en la que había exceso de pesca, podían vender aquello que no se comían y a cambio obtener productos cultivados en tierras que ellos no poseían. Todo el mundo se veía beneficiado con el intercambio comercial. El pueblo más cercano cultivaba muchos tomates y tenía abundante ganado, por lo que los habitantes de ambos sitios vieron enriquecida su dieta.

También las ideas se intercambiaban entre todos los pueblos que comerciaban, por lo que las mejoras técnicas o científicas pronto se propagaron por todos los lugares. La población se benefició de un enriquecimiento progresivo y una mejora en su nivel de vida.

Llegó un día en que los avances en el transporte y las comunicaciones les permitieron ir a comerciar con pueblos situados a distancias antes inimaginables. Poco a poco se estableció contacto con un gran pueblo situado junto a un enorme río repleto de peces. Todo lo que tenía de grande aquel pueblo lo tenía de pobre. Cuando les ofrecieron grandes sumas de dinero y de bienes a cambio de su pescado, se mostraron encantados.
Hasta ese día, los dirigentes de aquel gran pueblo obligaban a sus habitantes a trabajar un cierto número de horas para obtener la cantidad de pescado que ellos estimaban adecuada. Cuando vieron que podían vender todo el excedente y obtener una gran suma de dinero, cambiaron las normas e hicieron que los lugareños trabajaran muchas más horas, privándoles en muchas ocasiones del descanso nocturno.

El resto de los pueblos estaban muy contentos porque el pescado era cada vez más barato, lo que les permitía ahorrar dinero para comprar otras cosas. Pero los habitantes del pueblo con el que comenzaba esta historia, aquellos que vivían junto al río, comenzaron a sentirse preocupados. Nadie quería ya sus pescados porque eran demasiado caros. Lo peor era que incluso sus propios habitantes preferían comprar el pescado nuevo que procedía del gran pueblo junto al gran río porque era más barato que el que vendían sus propios pescadores pescados en el río de al lado. Pronto se vieron abocados a cerrar toda su industria pesquera y a vender sus barcos pues ya nadie quería comprar sus peces.
Trataron de emigrar a los pueblos vecinos en busca de trabajo pero esto no era nada sencillo porque, si bien habían construido un mundo en el que toda mercancía podía intercambiarse libremente, a las personas les estaba prohibido moverse a su antojo de un lugar a otro. Cada pueblo tenía un paso fronterizo que controlaba que personas de otros lugares más pobres cruzaran sus límites (si eran más ricos no había problemas de paso). Temían que los extranjeros les robaran su trabajo.

Los habitantes del pueblo pesquero empezaban a morirse de hambre. Lo más triste era que tenían un río al lado lleno de peces, pero ya sólo sabían obtener los peces en el mercado, y allí el pescado del pueblo grande era más barato que el suyo por lo que nadie encontraba sentido, ni tenía ya la capacidad, de ir a su río a pescar.

Los vecinos del pueblo de al lado, aquel que cosechaba tomates y poseía ganado, pronto comenzaron a tener el mismo problema. Había otro pueblo grande y pobre que producía más barato que ellos, por lo que ni los propios vecinos compraban los tomates producidos por los agricultores, pues se decantaban por los más baratos. Como no querían seguir los pasos de sus vecinos los pescadores, decidieron competir y comenzaron a trabajar sin descanso, día y noche, para que se abarataran sus tomates y pudieran de nuevo venderlos al exterior. Los del pueblo grande productor de tomates, empezaron a trabajar más horas todavía para volver a conseguir que sus productos fueran más económicos.

El mundo se convirtió en un lugar en el que se movía muchísimo dinero pero éste estaba controlado por sólo unos pocos. La mayoría de la población se veía obligada a trabajar cada vez más horas en una espiral destructiva que hacía que sólo produciendo más barato que el resto podían vender sus productos. Y eso los que tenían suerte, los menos afortunados pertenecían a pueblos que ya no tenían recursos y trataban de emigrar a sitios donde no eran bien recibidos.

Pero la Tierra no es infinita y la sobreexplotación de los ríos y de los cultivos pronto acabó con la vida de los peces y con todos los nutrientes del suelo, dejando éste de ser fértil.

¿Cómo habían llegado a ese punto? Habían construido un mundo que ya no eran capaces de cambiar. ¿No sería mejor volver a los inicios? Pero no todo eran desventajas, los avances tecnológicos, científicos y médicos eran innegables. Vivían más años, estaban mejor alimentados y eran más cultos. Volver al inicio tampoco era la mejor solución.

Finalmente, descubrieron cuál había sido su mayor error: habían puesto barreras al movimiento de las personas pero habían dejado que el dinero y los bienes comerciales se las saltaran. Si dos pueblos dejan que el dinero fluya entre ellos sin ningún impedimento, deben permitir a su vez que las personas puedan desplazarse y trabajar donde deseen sin trabas. O dicho de otro modo, si la gente no puede moverse libremente, el dinero tampoco debería poder hacerlo.

Es necesario controlar los bienes y el dinero que entra y sale de un pueblo y modificar los intercambios en función de cada situación. No tiene sentido vender peces traídos de un lugar lejano más baratos que los nuestros si es lo único que sabemos producir y si además, en caso de necesidad, no podemos ir a ese lugar a trabajar.

Si varios pueblos se unen para permitir el libre movimiento de ciudadanos y para ayudarse en caso de necesidad, entonces sí deben poder comerciar libremente y dejar que el dinero fluya a su antojo.
En caso contrario será mejor controlar el dinero y los bienes intercambiados para evitar destruir nuestros propios bienes a costa de pueblos que los producen porque sobreexplotan sus recursos naturales o a sus ciudadanos. En ese caso hay que prohibir o encarecer la venta de esos productos en nuestro pueblo.
Y esto no atenta contra la libertad, porque la libertad principal es la de las personas y esa es la primera que se prohíbe.

Hemos construido un mundo lleno de jaulas para las personas en las que sólo el dinero vuela libremente por encima de las rejas.