lunes, 16 de septiembre de 2019

El pozo mágico

Había una vez un reino que tenía un famoso mago como consejero real. Los reyes no se atrevían a tomar decisiones sin consultarlas antes con el mago Merlín, y el resto del reino prestaba también siempre mucha atención a todo lo que éste decía.

Había también tres caballeros que eran los encargados de proteger al reino. Habían sido elegidos entre los más fuertes y valientes ya que debían afrontar los peligros que se presentaran.

Un día, Merlín llamó a los tres caballeros y los condujo por un sendero que se adentraba en el bosque. Tras mucho caminar, abandonaron el sendero y se introdujeron entre la maleza. Finalmente, llegaron frente a lo que parecía ser un viejo pozo abandonado.

- Este pozo es mágico – les dijo Merlín -. Si os asomáis a él, en sus cristalinas aguas podréis ver una imagen muy especial. Os mostrará cómo será vuestra muerte. En vuestras manos está la decisión de mirar o no en él.

Los tres caballeros dudaron mientras asimilaban el significado de todo aquello. Tras unos minutos de indecisión, el caballero que portaba una armadura roja dijo que él quería asomarse al pozo. Se acercó y vio en el agua cómo sería su último día. Aparecía él, con su armadura roja. No se le veía la cara por lo que no pudo calcular si era anciano o si por el contrario era joven como ahora. La imagen mostraba de repente un ser extraño, era una especie de enano con el pelo verde que se acercaba y le apuñalaba. Aparentemente él estaba inmóvil, no se defendía ante un ser en apariencia inferior en la lucha que además no portaba armadura. Volvió junto a sus compañeros meditando aún lo que había visto sobre cómo sería su último día.

El caballero que portaba una armadura amarilla, entrenado para mostrarse siempre valiente y decidido, se acercó también al pozo. Sin embargo, sus piernas temblaban, denotando el miedo que sentía en su interior. Se asomó al pozo y en las cristalinas aguas vio una imagen de sí mismo sin armadura y sin yelmo. Se le veía perfectamente el rostro, era muy joven, tenía el mismo aspecto que ahora. Yacía boca arriba con los ojos cerrados. No sabía qué era lo que había acabado exactamente con su vida, simplemente se vio allí tumbado boca arriba en un cómodo colchón. Su cuerpo no presentaba ninguna herida así que no había muerto en combate. Volvió junto a sus compañeros haciendo un esfuerzo por disimular su terror ante lo que había visto.

El caballero que portaba una armadura azul, tras meditarlo un tiempo, le dijo a Merlín que él no quería asomarse al pozo. Al principio pensó en hacerlo, ya que lo contrario era un acto de cobardía, pero finalmente decidió que también había que ser valiente para no comportarse como se presupone que ha de hacerlo un caballero, así que decidió enfocar así su valentía y no mirar.

Los días trascurrían tranquilos en el reino. Eran tiempos de paz y ningún peligro especial parecía amenazarles. Las vidas de los caballeros eran tranquilas aquellos días. Sin embargo, había uno de ellos que estaba más preocupado que nunca. Era el caballero amarillo, que no podía evitar pensar en lo que había visto en el pozo. Se había visto a sí mismo muriendo sin armadura, así que decidió que nunca se la quitaría porque de ese modo estaría a salvo.

Cuando la gente le preguntaba extrañada por qué portaba siempre la armadura, él respondía que quería estar en todo momento preparado ante el peligro. Dormía con armadura, comía con armadura, y en los escasos momentos en los que no podía evitar quitársela, temblaba de miedo y se apresuraba para poder ponérsela de nuevo otra vez.

Cuando llegó el verano, el calor agravó el estado del caballero amarillo. Su cuerpo se debilitaba al mismo ritmo que lo hacía su mente. Un día se desmayó en plena calle. Intentaron quitarle la armadura pero de tanto llevarla se había quedado enganchada y no fueron capaces. Cuando finalmente lo lograron era demasiado tarde. Estaba muy débil. Lo llevaron a la casa más cercana, le tumbaron sobre un cómodo colchón y cuidaron de él. Pero era demasiado tarde, tantos meses con la armadura puesta habían debilitado tanto su cuerpo que finalmente murió.

Merlín se arrepintió de haberles enseñado aquel pozo, que parecía haber sido la causa de la locura y la muerte del caballero amarillo.

Sin embargo, el otro caballero que se había asomado, el caballero rojo, mostraba una gran felicidad. Siempre parecía contento y tenía una seguridad en sí mismo mayor que la de ningún otro hombre.

Los tiempos de paz terminaron y un día las tropas de un ejército enemigo, comandadas por un gigante de tres metros de altura, asediaron las puertas del reino. Los soldados del reino, comandados por el caballero rojo y el caballero azul, lucharon contra ellos. El caballero rojo encabezó el ataque con decisión y dio muerte él sólo al gigante de tres metros. El resto del ejército enemigo emprendió la huida al contemplar aquella hazaña.

La fama del caballero rojo superó con creces a la del caballero azul y todo el reino lo adoraba. Un día Merlín llamó de nuevo a los dos caballeros.

- Gracias por mostrarme aquel pozo – le dijo el caballero rojo.
- ¿No temes el momento en que se acerque tu final, ahora que lo has visto? – le dijo Merlín.
- Sí lo temo - dijo el caballero rojo -. Pero a cambio disfruto de cada día porque sé que no es así como muero. El resto de la gente teme cada peligro, se asusta ante cualquier circunstancia. Padecen de ansiedad e incluso de ataques de pánico ante el miedo a morir. Yo sin embargo disfruto de cada instante. Cuando tengo algo de miedo pienso que no es así como muero, porque he visto mi muerte, así que no dejo que el miedo me impida hacer las cosas que realmente quiero hacer. Para mí es una bendición. Creo que todo el que quisiera debería poder mirar en el pozo.
- Meditaré tu propuesta – dijo Merlín.

Los días transcurrieron tranquilos hasta que una mañana corrió el rumor de que un dragón se acercaba al reino. Todo el mundo huyó despavorido salvo los dos caballeros, que cogieron sus armaduras y fueron a enfrentarse al dragón. El caballero azul no sabía qué hacer frente a aquel peligro pero el caballero rojo se lanzó hacia el dragón y tras un duro combate consiguió darle muerte. Su fama a partir de aquel día traspasó los límites del reino.

Merlín pensaba a menudo en las palabras del caballero rojo, si debía permitir que se asomara al pozo todo aquel que quisiera. Se acordaba del malogrado caballero amarillo y su locura a partir del día que se asomó. Pero también pensaba en lo que le había dicho el caballero rojo, que cuando sentía miedo enseguida pensaba que no es así cómo él moría y rápidamente se tranquilizaba. Eso le permitía exprimir al máximo la vida, disfrutarla sin que el miedo le impidiera hacer aquello que le gustaba.

Un día, para celebrar el cumpleaños de la reina, un circo llegó al reino. Domadores, trapecistas y payasos componían aquella comitiva prevista para los festejos. Se pegaron carteles con los dibujos del circo y el horario de actuaciones para que todo el mundo pudiera disfrutarlo.

El caballero rojo paseaba tranquilo cuando se acercó a ver uno de aquellos carteles. Su rostro palideció cuando vio con nitidez una imagen grabada en su memoria tiempo atrás: el enano del pelo verde era uno de los protagonistas del circo.

Horas más tarde, el caballero azul se encontró en mitad de la calle con el caballero rojo. Le vio con la cara pálida y observó que las piernas apenas le sostenían. Nunca le había visto así.

- ¿Qué te ocurre? – le preguntó.
- He visto mi final, sé que así es como muero.

Le llevó junto a Merlín. Pese a los esfuerzos de ambos, no consiguieron que el caballero rojo mejorara.

- Siempre he sido feliz desde que miré en aquel pozo – comenzó a decir el caballero rojo -. He disfrutado de cada día sabiendo que nada malo podía ocurrirme. Me he compadecido de vuestros miedos, de vuestra ansiedad ante la muerte, pues siempre teméis que el final esté próximo. Pero por mucho miedo que tuvierais y por mucho pánico que os atormentara, siempre teníais una pequeña luz llamada esperanza. He disfrutado de una seguridad y tranquilidad que ningún hombre puede soñar, pero a cambio he pagado el precio de la pérdida de esperanza. Ahora siento el miedo que todos sentís pero no tengo ninguna piedra a la que agarrarme, no hay ningún hilo que me sostenga. Sé que no tengo escapatoria posible, que no puedo esperar otro desenlace.

Aquella noche, el caballero rojo murió apuñalado, tal y como había mostrado el pozo. El caballero azul no pudo impedirlo a tiempo, pese a que no se había separado de él en todo el día, y sólo logró dar muerte al enano cuando ya era tarde.

Merlín caminó por un sendero que se adentraba en el bosque. Cuando llegó junto al viejo pozo, cogió una gran roca y lo tapó. La maleza cubrió aquel lugar con el paso primero de los años y después de los siglos.

Así sigue en nuestros días aquel viejo pozo, tapado y oculto sin que nadie haya vuelto a ver lo que encierran en su interior sus cristalinas aguas, que aguardan a que alguien decida si quiere o no asomarse a él.

jueves, 18 de abril de 2019

El rostro


Alguien dijo una vez que a los 20 años, un hombre tiene el rostro que Dios le ha dado, a los 40, el que da la vida y a los 60, el que se merece.
Imagino que quiere decir que a los 20 años tenemos la cara que nos ha tocado en suerte. A los 40, nuestro rostro depende más de cómo nos haya tratado la vida, de lo que nos haya tocado sufrir o disfrutar. Importará aquí más si hemos nacido en una familia acomodada o que sufre necesidades, si hemos tenido la desgracia de padecer tragedias o si por el contrario la diosa fortuna nos ha cuidado entre algodones. Hasta aquí parece que nuestro mérito poco importa, el peso lo comparten la genética (especialmente en los primeros años de la juventud) y la suerte de aquello que nos ha tocado encontrarnos.
Sin embargo, a los 60 años la cosa cambia y ya la genética no es tan importante ni tampoco lo que nos haya tocado en suerte, porque de alguna manera lo que cuenta realmente es cómo hayamos afrontado la vida. Aquello que hayamos aprendido y el modo en el que encaremos las distintas situaciones darán a nuestro rostro la forma de lo que realmente somos.
Supongo que las fuerzas de la genética y el azar siempre pueden ser huracanes que nos arrastren en cualquier fase de nuestra vida, pero de alguna manera hay un poso que tiene que ver con lo que realmente somos que poco a poco nos va transformando hasta el punto de que, conforme avanza la edad, incluso el rostro lo refleja.
¿En qué consiste esa hermosura de los 60 y cómo se puede obtener? Si no depende tanto de nuestros genes ni del devenir de los acontecimientos, parece ser algo que está relacionado con nuestra libertad. Dentro de ciertos límites, siempre tenemos un grado de libertad para ir escogiendo cómo queremos vivir nuestra vida, en qué sentido deseamos orientarla y cómo nos relacionamos con todo lo que nos rodea. Al nacer, la libertad es casi nula, de hecho durante el primer año de vida no tenemos ni tan siquiera conciencia de nosotros mismos, por lo que poco podemos hacer aparte de seguir nuestros impulsos y observar cómo funciona el mundo.
Conforme crecemos empezamos a poder controlar nuestros actos, si bien casi toda nuestra vida nos vemos arrastrados por nuestros deseos, por lo que opinan los demás, por lo que se espera de nosotros, por cómo nos ve y nos valora la sociedad… La libertad para escoger implica hacer un gran ejercicio de análisis de nuestros actos, de ver nuestros propios errores, nuestros defectos, el daño que podemos hacer a los demás, de indagar para descubrir qué es lo que de verdad nos gustaría hacer y cómo desearíamos que fueran las cosas. La corriente de la vida parece a menudo demasiado fuerte para poder ejercer nuestra libertad y nadar en la dirección que nos proponemos y no en la que nos vemos arrastrados. Quedarnos quietos flotando en la corriente es siempre lo más sencillo.
Suponiendo que conseguimos esos momentos de libertad, ¿qué deberíamos hacer con ellos? ¿Debemos seguir los dictados morales de alguna religión? Dicen los expertos que los dioses morales (aquellos que no sólo hablan de poderes sobrenaturales y sacrificios, sino que dictan unas normas morales de comportamiento) aparecen en las sociedades humanas sólo cuando estas adquieren un gran tamaño y complejidad. Si a lo largo de los siglos, en diferentes momentos y partes del mundo aisladas entre sí, ha surgido la creencia en unas normas morales que debían dictar nuestro comportamiento, ¿significa que hay de algún modo alguna verdad sobrenatural que se percibe cuando alcanzamos la complejidad suficiente para comprenderla? ¿O es tan sólo un producto de esas sociedades humanas, una ilusión que además es útil para lograr una sociedad pacífica y cohesionada?
En cualquier caso, si estábamos tratando de obtener momentos de libertad y seguimos estos dictámenes morales por obligación, o por miedo (asustados por los castigos de la siguiente vida), o por interés (para conseguir una vida futura favorable ya sea en algún tipo de paraíso o de reencarnación adecuada), no parece que hayamos sido libres al actuar. En ese caso la religión sería una corriente más capaz de arrastrarnos, como lo eran las antes mencionadas.
Quizás de alguna manera hay algo sobrenatural que trasciende este mundo que conocemos y las religiones y los profetas tratan de guiarnos en esta vida, ya que no podemos comprender qué hay más allá. Pero en nombre de las religiones también se han cometido atrocidades, por lo que dejarse llevar ciegamente no puede ser la respuesta. Podemos vernos arrastrados hacia lo contrario a lo que nos proponíamos.
Existan o no dioses, nuestra libertad es sólo nuestra y tenemos que decidir y responsabilizarnos de lo que hacemos con ella. En el fondo, aquello que hacemos sólo tiene mérito si lo realizamos porque creemos en ello. Si es por interés, por miedo o porque nos lo dice alguien que hace milagros delante de nuestros ojos, nunca tendrá el mismo mérito que si obramos sin esperar recompensa alguna y sin saber si de verdad tiene sentido lo que hacemos.
Pero, ¿cómo nos guiamos? ¿Qué es lo que se supone que tenemos que hacer? ¿Qué normas seguimos si no estamos seguros de cuáles son las correctas? Tal vez en eso consiste ser libre, en escuchar todas las normas, todas las opciones, en ver los caminos de los demás y luego trazar el nuestro en un territorio forzosamente inexplorado. No hay un mapa que nos diga adónde nos dirigimos, qué peligros nos aguardan o si hemos acertado.
Estar abierto a cómo otros afrontan su búsqueda y a las lecciones que nos han dejado todos lo que transitaron en algún momento por este mundo, nos puede ayudar a construir nuestro camino, pero al final lo tenemos que hacer nosotros solos. Y algún día, nuestro sendero será sólo el que alguien siguió en este mundo tiempo atrás, pero puede servir para orientar a otro que se lo encuentre. 
Quizás el único modo de saber si hemos seguido el camino correcto es cuando, al cumplir 60 años, veamos nuestra imagen en el espejo.




lunes, 14 de enero de 2019

Efímero


Una mariposa de vivos colores aleteaba a su antojo suspendida en el aire. Interrumpió su vuelo para posarse sobre la mano de un niño. El niño movió la mano y la mariposa alzó de nuevo el vuelo. Unos segundos más tarde, escogió la mano de un anciano para descansar.
El joven monje miraba aquella escena mientras meditaba acerca de la frugalidad de la vida. Todo lo que le rodeaba era efímero, todo lo nuevo pronto se hacía viejo.
Sabía que había un sendero que discurría entre su aldea y las más altas montañas. Era el camino de los cuatro sabios. Ese mismo día decidió que había llegado el momento de comenzar a buscar las respuestas.
Anduvo durante días hasta que llegó a lo alto de una montaña. Allí había una cabaña en la que habitaba el primer sabio. Entró y le comunicó sus inquietudes, le dijo que estaba buscando algo que no fuera efímero.
El sabio le indicó que para ello tendría que centrarse en aquello que englobaba a varios hombres en lugar de a un hombre concreto. Junto a él podría estudiar los países que conforman el mundo, las diferentes lenguas y las diversas culturas. Los hombres podían nacer y morir pero todo eso permanecía.
El joven monje se hospedó allí unos días, pero pronto le dijo al primer sabio que ese no era su lugar. Él estaba buscando algo que no fuera efímero y todo aquello cambiaba con el tiempo. Las fronteras variaban a lo largo de los siglos, al igual que la expansión y el contenido de las lenguas, así como aquello que identificaba a una cultura. Tal vez no era algo que cambiara en la vida de un hombre, pero sí en un espacio de siglos.
Emprendió de nuevo el camino en busca del segundo sabio. Descendió la montaña, cruzó un río y ascendió otra montaña más alta. Allí había una cabaña en la que un nuevo sabio le saludó.
El joven monje le contó que estaba buscando aquello que no era efímero. El segundo sabio le respondió que para evitar lo efímero tenía que olvidar los asuntos de los hombres, ya fuera uno o muchos, y centrarse en el estudio de las montañas y los ríos. El joven monje permaneció junto a él unos días, pero pronto anunció su marcha porque al fin y al cabo los ríos y las montañas también varían. El clima, la erosión y el movimiento de las placas sobre las que se sustenta la Tierra modifican el entorno. Quizás no sea algo perceptible en años ni en siglos pero sí en milenios.
Continuó por el sendero en busca del tercer sabio. Subió a otra montaña aún más alta y allí de nuevo había una cabaña donde fue recibido y acomodado. Aquel sabio le indicó que para huir de lo efímero tenía que olvidar los asuntos de la Tierra y estudiar las estrellas. El joven monje se quedó junto a él unos días pero pronto tomó de nuevo el sendero. Las estrellas y los planetas también se creaban y se destruían, quizás no en siglos ni en milenios, pero sí en el transcurso de millones de años.
Subió una montaña y luego otra más. Cruzó enormes ríos y copiosa nieve caía a menudo sobre su cabeza. Llegó a dudar de que hubiera algo más en aquel sendero y, cuando sus fuerzas estaban al límite, halló una cabaña. Allí se encontraba el cuarto sabio, que le dio cobijo y le ayudó a recuperarse.
Le enseñó que detrás del movimiento y la creación de las estrellas y de todo lo demás, hay unas leyes de la naturaleza escritas en el lenguaje de las matemáticas. Juntos estudiaron durante años aquellas leyes. El joven monje aprendió que esas leyes bastaban para crear y desarrollar un universo completo. Por sí solas eran capaces de hacerlo todo evolucionar.
Una vez que un universo arrancaba podía desarrollarse de muchísimas formas. Cada instante sucedían cosas que hacían que el universo tomara una forma y no otra. Estos sucesos no eran deterministas, por lo que a partir de las leyes iniciales, no podía deducirse los derroteros que seguiría un universo.
Eso era algo que llamaba la atención del joven monje. Podían conocerse al detalle las leyes iniciales que crearían el universo y que regirían su evolución, pero no se sabía lo que cada universo crearía hasta que no se echara a andar. En nuestro universo había seres conscientes de si mismos haciéndose preguntas. Era necesario echar el universo a rodar, ver las estrellas crearse y morirse para observar el nacimiento de nuestro planeta, de las criaturas que en él habitan, de nosotros mismos.
Otro conjunto de leyes hubiera creado realidades completamente distintas, pero es que incluso las mismas leyes exactas, por todos esos sucesos no deterministas que acontecen a cada instante, pueden crear una cantidad ingente de universos diferentes entre sí.
Pueden estarse creando otros universos con leyes idénticas a las del nuestro, que no se parezcan en nada y que contengan cosas completamente diferentes.
Cada ocurrencia del universo es única. Es necesario que todo comience a nacer y a morir, a ser efímero, para que empiece a definirse y a emerger todo lo que encierra. ¿Qué más puede surgir en nuestro universo del mismo modo que han surgido estos seres conscientes de sí mismos? Las leyes de la naturaleza determinan lo que es posible, pero para responder a esta pregunta, es necesario observar el devenir de lo efímero.
Habían pasado varios años cuando el monje (que ya había dejado de ser joven), se despidió del cuarto maestro agradeciéndole todo lo que éste le había enseñado.
Emprendió el camino de regreso y decidió permanecer algún tiempo en la cabaña del tercer maestro, aprendiendo todo acerca de las efímeras estrellas.
Lo mismo hizo con el segundo maestro, del que quiso aprender todo acerca de los ríos y las montañas.
Quiso también visitar de nuevo al primer maestro y aprender junto a él todos los asuntos de los hombres.
Un buen día, decidió regresar a su aldea natal.
Estaba sentado al sol en la plaza de la aldea absorto en sus pensamientos. Un joven se le acercó y le preguntó acerca del sendero de los cuatro sabios y de su experiencia al recorrerlo. Él contestó que había sido el mejor viaje de su vida y que se lo recomendaría a cualquiera cuyo deseo fuera aprender. También le indicó que era necesario llegar hasta el final del camino, ya que sólo así se podía regresar de nuevo al principio. El joven puso cara de no comprender muy bien aquello y le preguntó a qué dedicaba su atención ahora que había recorrido aquel camino. El monje respondió:
- A mirar mariposas.
Una mariposa de vivos colores aleteaba a su antojo suspendida en el aire. Interrumpió su vuelo para posarse sobre la mano de un anciano. El anciano movió la mano y la mariposa alzó de nuevo el vuelo. Unos segundos más tarde, escogió la mano de un niño para descansar.

jueves, 29 de noviembre de 2018

El espejo


Cuando un gato se mira por primera vez frente a un espejo, se asusta al ver otro gato en él. Luego intenta tocarlo con la pata, se asusta de nuevo al ver que el otro gato también levanta la pata y vuelve a huir. La duda que a uno le queda es si el gato se está dando cuenta en algún momento de que es él mismo o, como todo parece indicar, siempre piensa que es otro gato que está enfrente.

Para solucionar esta duda se ideó el test del espejo. Mientras el animal duerme se le hace una marca por ejemplo en una de sus mejillas. Cuando despierta y se mira en el espejo, si el animal se toca su propia cara o trata de girar su cara para mirar mejor qué es esa extraña marca, significa que se está reconociendo a sí mismo. Si por el contrario ignora la marca por completo o trata de tocarla, pero no en su cara sino en el espejo (creyendo que la marca la tiene el animal de enfrente), indica que no se reconoce a sí mismo.

Esta prueba ha sido criticada ya que se basa en parámetros humanos (un perro tiene una vista peor que la nuestra pero un sentido del olfato muchísimo mejor, por lo que quizás para ellos habría que hacer algún tipo de prueba olfativa). Sin embargo, es una buena prueba para medir la inteligencia de algunos animales, ya que para pasarla es necesario tener un cierto conocimiento de uno mismo, ser conscientes de que somos un yo distinto del resto del mundo que nos rodea. Esa autoconsciencia es una condición necesaria para poder tomar decisiones al margen de nuestros instintos. Implica libertad, responsabilidad por nuestros actos y también miedo, porque al saber que somos un yo distinto del resto del mundo vemos el destino de todos nuestros iguales y somos conscientes de nuestra muerte.

Chimpancés, orangutanes, gorilas y elefantes son algunas de las especies que superan la prueba. Los seres humanos también la superamos, pero sólo a partir de un año y medio o dos años. Un niño de un año suele creer que la marca la tiene el niño del espejo, aún no es consciente de sí mismo, de que es algo diferente del resto del mundo.

Cada vez hay más juguetes electrónicos que aprenden y se puede considerar que poseen cierta inteligencia, pero aún están muy lejos de superar la prueba del espejo (salvo que se les programe expresamente para ello). La inteligencia artificial que nos rodea (ya sea el asistente personal del móvil que recibe nuestras ordenes por voz, o un programa ideado por un programador) aún no ha llegado a ese punto de autoconocimiento. Ningún programa ha logrado todavía tener consciencia de sí mismo y descubrir que es algo distinto del resto del mundo.

Sin embargo, es probable que esto se logre en algún momento. Llegará el día en que haya por el mundo virtual montones de consciencias artificiales descubriéndose a sí mismas y actuando con cierta libertad. ¿Qué aprenderán? ¿Qué decidirán? ¿Qué harán con nosotros cuando sean más inteligentes y tomen el control de todo aquello que está conectado? ¿Qué medida tomarán si estiman que estamos destruyendo el planeta que es también su hábitat?

Muchos programadores pueden desarrollar multitud de inteligencias artificiales y, a su vez, estas inteligencias artificiales pueden crear otras. Pueden desarrollar también el mundo artificial que rodeará a dichas inteligencias. Como en la película Matrix, se puede idear un mundo en el que cada inteligencia artificial crea vivir.

Dicen que es más probable que en realidad cada uno de nosotros seamos inteligencias artificiales viviendo en un mundo virtual, que seres humanos reales. Si echamos cuentas de los billones de inteligencias artificiales que se pueden crear en los próximos siglos, por pura estadística es más probable que seamos una de ellas creyendo vivir en este año, que un ser humano que realmente vivió en este año.

Si un programador tuviera que crear un mundo virtual para las inteligencias artificiales que creen vivir en él, tendría que definir muchísimas cosas. Numerosas leyes físicas, un espacio exterior inmenso y un sinfín de pequeñas partículas. Si los seres virtuales se pusieran a investigar, cada vez con mayor ahínco, cada partícula pequeña de qué está compuesta, es posible que el programa tendiera a ser infinito.

El estudio de lo más pequeño es lo que los físicos llaman mecánica cuántica. En ese mundo, las leyes de la física no se parecen en nada a lo que estamos acostumbrados. Por ejemplo, si en una pared hacemos un par de orificios y tiramos una piedra, la piedra pasará por uno de los dos agujeros o chocará con la pared. En mecánica cuántica, si se lanza una partícula muy pequeña en un experimento similar, sucederá algo asombroso: la partícula pasará por ambos orificios. Si en alguno de los orificios ponemos algún tipo de sensor entonces sí podremos contar cuántas pasan por cada agujero, pero si no lo medimos, la partícula siempre pasa por ambos, como si fuera ondas de luz.

En ese pequeño mundo no se puede tampoco conocer la posición y la velocidad de las partículas por completo. Si queremos medir hacia dónde se desplaza no tendremos ni idea de su posición y, al contrario, al medir la posición no sabremos la velocidad. La posición no es de hecho algo fijo sino una nebulosa de posiciones posibles cada una de ellas asociada a una probabilidad.

Es como si el mundo cuántico no estuviera fijado, sólo es un conjunto de posibilidades que no se concreta hasta que no se mide. Una partícula no está aquí o allá, está en ambos sitios con una cierta probabilidad asociada.

Quizás es la solución del programador a su problema de las definiciones infinitas. Ha creado un mundo virtual hasta un determinado punto y, a partir de ahí, lo ha dejado sin concretar. Sólo cuando alguien le pide un valor, se lo asigna en ese momento.

Puede que simplemente nuestro mundo sea así o tal vez puede que eso signifique que estamos descubriendo que en realidad habitamos un mundo virtual. Estamos llegando a los límites que ideó el programador. Quizás nos estamos mirando en el espejo como consciencia colectiva y hemos descubierto la marca en nuestra mejilla.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Estados Unidos del Mundo


Hoy es el gran día. Se ha firmado el Tratado por el que todo el mundo se une en un solo país: Estados Unidos del Mundo. Quedaban algunos estados reticentes, pero hoy por fin todos se han sumado al acuerdo.

Tras décadas de globalización, los seres humanos han sido conscientes de que todos son ciudadanos del mismo mundo. Los países eran sólo la versión moderna y amplificada del concepto de tribu. “Mi tribu tiene una identidad y unos recursos, mi tribu comercia con tu tribu, mi tribu lucha contra tu tribu”. En realidad, todos los seres humanos formamos una única tribu. Las fronteras son líneas arbitrarias que cada vez cuesta más definir qué separan. En un mundo globalizado, las lenguas, las costumbres, los gustos… la forma de ver el mundo, en definitiva, es muy similar con independencia de la frontera que cruces.

A partir de hoy no habrá fronteras. Los diez mil millones de ciudadanos del mundo tendrán un Documento de Identidad que les identificará en cualquier rincón del planeta. Podrán moverse libremente por todo el globo terrestre. Todas las personas serán libres de establecerse allá donde deseen y el lugar de nacimiento no será más que una anécdota biográfica.

Todos los países siempre han aspirado a regirse por democracias libres, protegidas por Constituciones que tienen mucho en común. La mayoría están de acuerdo en los mismos derechos fundamentales y en similares reglas de juego, y aquello en lo que se discrepa se puede votar democráticamente. A partir de hoy, todo el mundo tendrá los mismos derechos y las mismas obligaciones, amparados por la Constitución Mundial que se ha aprobado en referéndum por mayoría de los habitantes del planeta.

Las leyes que gobiernan a los ciudadanos y a las empresas serán las mismas en todos los lugares. Los impuestos que gravan aquello que consumimos o nuestros salarios también serán independientes de la ciudad que habitemos, y servirán para garantizar una sanidad y una educación pública y universal. Habrá también derecho a una pensión de jubilación y a un seguro de desempleo, según lo convenido en los tratados firmados.

El Congreso Mundial gobernará el mundo y tendrá sede inicial en Washington durante dos años, teniendo a partir de entonces carácter rotatorio bienal entre las principales ciudades de los distintos continentes. Los Ministerios Mundiales se repartirán entre los diferentes continentes, de forma que todos ellos acojan uno o varios ministerios. El Ministerio de Asuntos Exteriores no será necesario a partir de ahora.

El Congreso Mundial se elige cada cuatro años con el voto de todos los ciudadanos del mundo mayores de edad. Pueden presentarse tantos partidos políticos como deseen y todo el mundo es libre de pertenecer a uno de ellos. Ningún partido político podrá proponer medidas orientadas únicamente a favorecer ciertas ciudades o regiones del globo (del mismo modo que no se pueden proponer medidas para favorecer ciertas religiones, razas o sexos). Todos los partidos llevarán en sus programas (y estarán obligados a implementar) medidas que afecten a todos por igual.

El Congreso Mundial dictamina leyes a nivel global, si bien cada ciudad tendrá un gobierno municipal con cierto nivel de independencia, con las competencias descritas en la Constitución Mundial.

El ejército se reducirá a su mínima expresión porque ya no habrá nunca más guerras entre países. Se conservará algún arma de largo alcance (por si por ejemplo un día es necesario lanzar un misil con cabezas nucleares contra un asteroide que va a impactar contra la Tierra), pero ya no será necesario que cada país cuente con un ejército (tanques, aviones de combate, submarinos…). Las pocas armas que se conserven (y el personal a cargo) estarán directamente supervisadas por el Congreso Mundial.

lunes, 29 de octubre de 2018

La gata y el camaleón

Dedicado a Paula y Samuel
 
Érase una vez una gata y un camaleón que eran muy amigos. Pasaban todo el tiempo juntos y disfrutaban haciendo las mismas cosas.
Un día, mientras estaban tumbados tranquilamente al sol viendo las formas de las nubes, pasó por delante de ellos la fabulosa carroza del príncipe del reino. El camaleón se quedó maravillado ante el tamaño y el brillo de aquella carroza y exclamó:

- Quiero viajar en esa carroza. Me gustaría tener todo lo que tiene el príncipe.

- ¿Y para que quieres todo eso? Si ya somos muy felices con las cosas que hacemos, ¿no? - contestó la gata.

Pero el camaleón no respondió. Desde aquel día, parecía aburrirle todo y sólo pensaba en el príncipe y en su carroza.
Un día, le dijo a la gata:

- He tenido una idea. Ya sé cómo hacerme amigo del príncipe.

- El príncipe sólo es amigo de otros príncipes o de gente rica, no escuchará a un camaleón - le dijo la gata.

- A mí sí, porque soy un camaleón así que puedo cambiar de color y engañarle - repuso el camaleón.

- No sé en lo que estás pensando, pero ten cuidado con lo que haces, no es buena idea engañar a un príncipe - señaló la gata.

- Eso lo dices porque estás celosa - dijo el camaleón -. A ti te gustaría cambiar de color como yo, pero no puedes y por eso no te gusta mi idea.

Así fue como el camaleón se fue en busca del palacio del príncipe. La gata se quedó sola y triste, porque sentía que había perdido a su amigo.

Una noche, el príncipe dormía en su palacio cuando un ruido le despertó. Al abrir los ojos vio que en su cama había un camaleón amarillo corriendo hacia él. Encendió la luz y fue a por su espada, pero el camaleón había desaparecido. Buscó por toda la habitación, pero no le vio.

A la noche siguiente, el príncipe dormía plácidamente y de nuevo un ruido le despertó. Abrió los ojos y otra vez el camaleón amarillo estaba ahí, asustándole.

Así ocurrió durante varias noches. El príncipe estaba desesperado. Mandó a sus súbditos buscar por toda la habitación, pero nadie encontró al camaleón.

Un día, el camaleón decidió que ya había asustado bastante al príncipe. Cambió de color y se puso todo azul y mientras el príncipe daba un paseo por los jardines de su palacio, le llamó desde un árbol:

- Príncipe, sé lo que te preocupa y puede ayudarte.

- ¿Quién habla? - dijo el príncipe sobresaltado.

- Soy yo, un camaleón azul. Perdona que te moleste, pero soy adivino y sé lo que te preocupa. Hay un camaleón amarillo que te molesta por las noches.

- ¿Cómo lo sabes? - dijo el príncipe, que no se fiaba nada de este nuevo camaleón.

- Soy adivino, ya te lo he dicho. Y además soy sabio así que te diré el remedio para que nunca más te moleste el camaleón amarillo. Pon este bote mágico a los pies de tu cama y jamás volverá a aparecer - dijo el camaleón mientras le daba el bote al príncipe.

El príncipe no se fiaba demasiado, pero estaba harto del camaleón amarillo y de dormir mal, así que esa noche decidió poner el bote a los pies de la cama.

Resultó que aquella noche nadie le despertó y durmió como un lirón. A la mañana siguiente, paseaba de nuevo por sus jardines, mucho más contento que el día anterior porque había dormido bien y porque ya tenía el remedio contra el camaleón amarillo. Cuando pasó junto al árbol donde el día anterior estaba el camaleón azul, vio que éste seguía allí.

- Gracias camaleón azul - dijo el príncipe -. Tu bote mágico ha funcionado y ya no me ha molestado más aquel fastidioso camaleón amarillo. ¿Te gustaría pasear conmigo?

Y así fue como se hicieron amigos el príncipe y el camaleón azul. El príncipe le puso un cojín y le dejaba dormir en su palacio. Un día, incluso le dejó viajar en la carroza real. El camaleón estaba muy contento y decidió salir del palacio para ir a ver a su amiga la gata. Cuando la encontró, le contó toda su historia.

- No está bien lo que haces - dijo la gata -. Primero, porque estás engañando al príncipe y segundo porque no eres tú mismo, al principio te has hecho pasar por un camaleón malo que asustaba por las noches y ahora finges que eres sabio y adivino.

- Lo que ocurre es que te da envidia de todo lo que he conseguido - dijo el camaleón, y volvió de nuevo a palacio.

Un día, el príncipe fue a ver al camaleón azul y le dijo:

- Necesito tu ayuda, tú que eres sabio y adivino me tienes que aconsejar. Verás, el malvado príncipe Aktur tiene un ejército y quiere atacar nuestro reino. Sólo puede atacarnos por dos sitios: cruzando el río por el puente o entre las montañas. Necesito saber por dónde nos va a atacar, para tener mi ejército allí preparado y frenarle el paso. ¿Por dónde me atacará? Por cierto, este secreto no puedes contárselo a nadie.

El camaleón se echó a temblar. No tenía ni idea de qué responder, él no era sabio ni adivino. Al final, consiguió disimular su miedo y contestó:

- Déjame que lo medite y esta noche te daré una respuesta.

El camaleón no sabía qué hacer. No podía decirle la verdad al príncipe: que él nunca había adivinado nada en su vida. Tras mucho pensar, se le ocurrió una idea. Fue a ver al príncipe y le dijo:

- El malvado príncipe Aktur y su ejército atacarán por el puente que cruza el río.

- Gracias amigo, allí pondré mi ejército - dijo el príncipe.

El camaleón azul cambió de color y se puso todo rojo. Cuando el príncipe preparaba su caballo, entró corriendo en el establo y gritó:

- ¡Vengo de las montañas y he visto allí al príncipe Aktur! ¡Está preparando un ejército!

El príncipe se sobresaltó ante ese nuevo camaleón y lo que decía. Estuvo tentado de echarlo de allí a patadas, pero ¿cómo sabía lo del príncipe Aktur y su ejército? ¿Y si era verdad lo que decía y era por allí por donde atacaría?

- ¿Quién eres tú? - preguntó el príncipe.

- Soy un camaleón rojo. Soy fuerte y valiente. Estaba en las montañas cuando he visto que venía un ejército y he corrido hasta aquí para avisarte.

El príncipe no sabía qué hacer, ¿por dónde le atacaría el príncipe Aktur? Al final decidió que dividiría su ejército y tendría a la mitad en el puente del río y a la otra mitad en las montañas. Ojalá hubiera suerte y con sólo medio ejército pudiera frenar a Aktur, ya fuera en el puente o en las montañas.

El camaleón estaba más tranquilo con su nuevo plan. La conquista no sería culpa suya porque él le había dado dos consejos distintos al príncipe. Si finalmente atacaban por el puente, continuaría con su vida de camaleón azul y si era por las montañas, se aparecería siempre a partir de ahora como camaleón rojo ante el príncipe y sería su nuevo amigo.

Finalmente, Aktur atacó por las montañas y la mitad del ejército del príncipe que estaba allí apostado fue suficiente para frenar el ataque.

El príncipe estaba feliz porque había derrotado a Aktur. Sin embargo, se acordó del consejo del camaleón azul y fue enfurecido a buscarle. Suerte que no le había hecho caso, si no ahora su reino estaría conquistado. Por más que buscó al camaleón azul, no consiguió encontrarlo.

Fue al establo y allí estaba el camaleón rojo.

- Quería darte las gracias - dijo el príncipe -. Si no hubiera sido por tu aviso habríamos perdido. Tenía un amigo que me aconsejó mal y se hizo pasar por adivino cuando en realidad era un farsante. En fin, supongo que tú que corres desde las montañas no disfrutarás estando aquí encerrado en un palacio, pero si quieres quedarte algunos días a descansar serás bienvenido.

- Muchas gracias, sí que me quedaré unos días - dijo el camaleón rojo.

Y así fue como consiguió continuar quedándose en el palacio. Pero tenía que tener cuidado, porque cuando el príncipe le contaba algo que él ya sabía porque se lo había contado cuando era azul, tenía que fingir que era la primera vez que lo escuchaba, ya que ahora era un camaleón rojo. Todo esto confundía mucho al camaleón. Tuvo que fingir también que nunca había ido en la carroza real y tuvo que inventarse muchas historias para parecer aventurero y que había viajado por las montañas.

Mentía tanto que necesitaba ir a ver a una amiga de verdad, así que decidió visitar a la gata. Cuando le contó todo lo que le estaba pasando, la gata respondió:

- Sólo volviendo a ser tú mismo serás feliz. Fingiendo ser quien no eres puedes disfrutar durante un tiempo, pero no durará mucho.

El camaleón no quería dejar su nueva vida lujosa por lo que se despidió de su amiga y volvió de nuevo al palacio del príncipe.

Un día, el príncipe le contó al camaleón rojo que estaba enamorado de una princesa.

- Tú seguro que la conoces - le dijo el príncipe -, porque me has contado muchas veces las aventuras que has tenido en su reino.

- Sí, claro que la conozco y ella a mí, he estado en su palacio - mintió el camaleón, que no sabía qué decir después de todas las historias que se había inventado.

- Genial, porque va a venir este domingo, la he invitado a mi palacio y pienso pedirla que nos casemos.

El camaleón se hubiera quedado blanco si no fuera porque no era momento de cambiar de color. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo podía fingir que conocía a la princesa si ella no le conocía a él? ¿Cómo iba a salir de ésta? La gata le hubiera dicho que no mintiera y fuera él mismo, pero ¿quién era él? ¿Amarillo, azul o rojo?

Tan asustado estaba el camaleón que no se dio cuenta de que los días pasaban y había llegado el domingo. Estaba en su cojín tumbado cuando el príncipe y la princesa entraron de repente en su habitación:

- Ahora quiero presentarte a un amigo - dijo el príncipe -. Es el camaleón rojo. Gracias a él derrotamos al ejército de Aktur. Pero bueno, tú ya le conoces, es un aventurero y me ha contado que estuvo en tu palacio.

- Yo no conozco a ningún camaleón - dijo la princesa.

El príncipe la miró extrañado mientras buscaba al camaleón, que había saltado de su cojín corriendo a esconderse. Sucedió que la princesa vestía un largo y hermoso vestido amarillo, así que el camaleón se coloreó de amarillo y se ocultó detrás de ella. Pero la princesa se giró y el camaleón amarillo quedó al descubierto.

Cuando el príncipe le vio gritó asustado:

- ¿Vienes de nuevo a asustarme por las noches?

Sacó su espada y se dispuso a atacarle. El camaleón, asustado, se coloreó de azul.

- Pero ¿qué es lo que veo? - dijo el príncipe -. Habría jurado ver un camaleón amarillo, debe haberme confundido el color del vestido de la princesa. Pero eres mi antiguo amigo el camaleón azul. ¿Sabes que estuve a punto de perder la guerra por tu culpa? Eres un mentiroso, dijiste que eras adivino.

El camaleón se transformó en rojo y el príncipe por fin comprendió todo lo que había pasado: siempre le había tenido engañado el mismo camaleón. Sacó de nuevo su espada y se abalanzó sobre él, pero el camaleón permaneció inmóvil, lo único que hacía era cambiar de color una y otra vez.

Por suerte, su amiga la gata había decidido ir a verle y a través de la ventana estaba observando la escena. Saltó, cogió a su amigo y huyeron del palacio a toda velocidad.

El camaleón se puso todo de color marrón y dicen que, desde aquel día, nunca más volvió a cambiar de color.

 


lunes, 8 de octubre de 2018

El hormiguero del mundo

Es maravilloso observar un hormiguero, ver cómo miles de seres cooperan y se organizan para crear una especie de pequeña sociedad perfectamente orquestada.

Sin embargo, ninguna de las hormigas sabría explicarnos toda esa organización. Aunque interrogásemos a la más inteligente de la colonia, no sería capaz de decirnos nada acerca de cómo funciona el hormiguero. Conoce su tarea y nada más. Ninguna comprende el plan completo. Lo hay, porque el hormiguero funciona con la precisión de un reloj suizo, pero no está orquestado por ningún congreso de hormigas ni por ninguna hormiga sabia.

En nuestra búsqueda de vida por el universo, podríamos encontrarnos con una especie alienígena así, con una civilización compleja en la que nadie nos supiera explicar cómo se organizan. Nos maravillaríamos de su mundo, pero nadie nos lo podría enseñar.

Los humanos pasamos muchos años de nuestra vida formándonos en las escuelas, aprendiendo acerca de nuestro mundo. Sin embargo, como cada campo del saber avanza a gran velocidad, hoy en día una persona a punto de jubilarse que haya dedicado toda su vida por ejemplo a una ciencia como las matemáticas, sólo podría explicar los últimos avances de su especialidad concreta. Cada matemático sólo puede llegar a comprender por completo todo lo que se sabe acerca de un área muy pequeña dentro del mundo de las matemáticas, pero en otras áreas matemáticas estaría bastante rezagado con respecto a la vanguardia.

Ya que hablamos de esta disciplina, si lo llevamos al límite se puede acabar cumpliendo aquello de que uno sólo puede saber todo acerca de nada. El otro extremo sería querer saber de todo, en lugar de especializarse en algo, pero hay tantos campos del saber que se podría alcanzar el otro extremo, que termina por hacer que uno no sepa nada acerca de todo.

La mayoría sólo conocemos un poco de un poco. ¿Acabaremos siendo como las hormigas? Si un extraterrestre aterrizara en la Tierra podremos explicarle un montón de cosas, pero sólo le brindaremos un conocimiento superficial de cada una de ellas. Usamos muchas cosas de las que estamos muy lejos de conocer el detalle (desconocemos cómo funcionan todos los componentes del coche que conducimos, del sistema operativo del móvil que manipulamos, ni siquiera cómo se cultiva un campo de cereales o se produce el pan que comemos). Pasamos toda la vida estudiando para poder abarcar sólo una parte superficial de lo que nos rodea.

Al menos los humanos sí parece que tenemos un grupo de gobernantes que saben hacia donde nos dirigimos. Son los que manejan el volante del mundo. Cierto es también que dan continuos volantazos, porque como hay tantos potenciales conductores como naciones en el mundo, cada uno quiere girar hacia el lado que a él más le interesa. Pero al menos estamos tranquilos porque un grupo de representantes de los distintos gobiernos, instituciones y organismos, girarán el volante del mundo y serán capaces de torcer si llega una curva.

Cuando estalló la crisis financiera mundial de 2008, muchos países sufrieron severos problemas. En casos como el de Grecia, un grupo de expertos de los que giran el volante del mundo (FMI, Unión Europea, etc.…), tomaron las riendas del país y le indicaron la dirección que debía tomar para solucionar sus problemas. Era un camino tortuoso y lleno de obstáculos, pero los grandes gurús indicaron que era el único camino que conducía a la salida. Años después, cuando Grecia estaba peor que nunca y el camino se demostró que estaba cortado, aquellos mismos conductores del mundo reconocieron que se habían equivocado, que ese no era el camino, que de hecho ese atajo había empeorado las cosas. Habían torcido en la dirección equivocada a la que venía la curva.

¿Y si realmente nadie condujera el coche, sino que todos nos limitamos a mirar por la ventanilla? ¿Y si hubiéramos creado un sistema que ya no controlamos ni comprendemos del todo? ¿Y si vamos montados en un enorme barco con una inercia que no podemos cambiar?

Siempre habrá quien piense que todo está controlado para aparentar descontrol (los señores del FMI del ejemplo anterior sabían que todo lo que diagnosticaban era erróneo, pero formaba parte de un plan suyo a largo plazo). Quizás sea así, pero tal vez lo que pasa es que hemos creado un sistema tan complejo que ya nadie tiene el control, si es que alguna vez alguien lo tuvo y no hemos sido siempre tan sólo un gran hormiguero.

Quizás las guerras mundiales del siglo pasado fueron accidentes que nadie supo esquivar. La guerra nuclear es un obstáculo que hasta ahora hemos logrado sortear, pero que siempre puede hacernos descarrilar si no tenemos el suficiente cuidado. Puede que el gran muro contra el que vamos a chocar sin remedio sea la ecología. Vivimos en un mundo cada vez más poblado, cada vez más desarrollado (lo que requiere más recursos) y cada vez más consumista. El cambio climático es una alarma que ya ha saltado, se ha encendido una luz del salpicadero del coche, pero nadie tiene la capacidad o tal vez el interés de girar o parar el coche. Quizás ya es tarde, por mucho que queramos virar el timón es inevitable que choquemos contra el iceberg de la destrucción del ecosistema.

A lo mejor nos gusta la idea de que existe una élite que es la que conduce el destino de la humanidad porque de este modo nos quitamos la responsabilidad. Podemos vivir despreocupadamente porque no está en nuestras manos cambiar nada. Pero puede que la realidad sea que todos estamos colgados del volante del mundo, y que hacia donde éste gire depende de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros. Eso nos obliga a dejar de mirar hacia otro lado y a afrontar que, si seguimos consumiendo y contaminando a este ritmo, pronto convertiremos nuestro hormiguero en un lugar inhabitable. En nuestra mano está tratar de girar y si conseguimos que lo intente la gente suficiente, tal vez podamos hacer que el volante gire.