lunes, 29 de octubre de 2018

La gata y el camaleón

Dedicado a Paula y Samuel
 
Érase una vez una gata y un camaleón que eran muy amigos. Pasaban todo el tiempo juntos y disfrutaban haciendo las mismas cosas.
Un día, mientras estaban tumbados tranquilamente al sol viendo las formas de las nubes, pasó por delante de ellos la fabulosa carroza del príncipe del reino. El camaleón se quedó maravillado ante el tamaño y el brillo de aquella carroza y exclamó:

- Quiero viajar en esa carroza. Me gustaría tener todo lo que tiene el príncipe.

- ¿Y para que quieres todo eso? Si ya somos muy felices con las cosas que hacemos, ¿no? - contestó la gata.

Pero el camaleón no respondió. Desde aquel día, parecía aburrirle todo y sólo pensaba en el príncipe y en su carroza.
Un día, le dijo a la gata:

- He tenido una idea. Ya sé cómo hacerme amigo del príncipe.

- El príncipe sólo es amigo de otros príncipes o de gente rica, no escuchará a un camaleón - le dijo la gata.

- A mí sí, porque soy un camaleón así que puedo cambiar de color y engañarle - repuso el camaleón.

- No sé en lo que estás pensando, pero ten cuidado con lo que haces, no es buena idea engañar a un príncipe - señaló la gata.

- Eso lo dices porque estás celosa - dijo el camaleón -. A ti te gustaría cambiar de color como yo, pero no puedes y por eso no te gusta mi idea.

Así fue como el camaleón se fue en busca del palacio del príncipe. La gata se quedó sola y triste, porque sentía que había perdido a su amigo.

Una noche, el príncipe dormía en su palacio cuando un ruido le despertó. Al abrir los ojos vio que en su cama había un camaleón amarillo corriendo hacia él. Encendió la luz y fue a por su espada, pero el camaleón había desaparecido. Buscó por toda la habitación, pero no le vio.

A la noche siguiente, el príncipe dormía plácidamente y de nuevo un ruido le despertó. Abrió los ojos y otra vez el camaleón amarillo estaba ahí, asustándole.

Así ocurrió durante varias noches. El príncipe estaba desesperado. Mandó a sus súbditos buscar por toda la habitación, pero nadie encontró al camaleón.

Un día, el camaleón decidió que ya había asustado bastante al príncipe. Cambió de color y se puso todo azul y mientras el príncipe daba un paseo por los jardines de su palacio, le llamó desde un árbol:

- Príncipe, sé lo que te preocupa y puede ayudarte.

- ¿Quién habla? - dijo el príncipe sobresaltado.

- Soy yo, un camaleón azul. Perdona que te moleste, pero soy adivino y sé lo que te preocupa. Hay un camaleón amarillo que te molesta por las noches.

- ¿Cómo lo sabes? - dijo el príncipe, que no se fiaba nada de este nuevo camaleón.

- Soy adivino, ya te lo he dicho. Y además soy sabio así que te diré el remedio para que nunca más te moleste el camaleón amarillo. Pon este bote mágico a los pies de tu cama y jamás volverá a aparecer - dijo el camaleón mientras le daba el bote al príncipe.

El príncipe no se fiaba demasiado, pero estaba harto del camaleón amarillo y de dormir mal, así que esa noche decidió poner el bote a los pies de la cama.

Resultó que aquella noche nadie le despertó y durmió como un lirón. A la mañana siguiente, paseaba de nuevo por sus jardines, mucho más contento que el día anterior porque había dormido bien y porque ya tenía el remedio contra el camaleón amarillo. Cuando pasó junto al árbol donde el día anterior estaba el camaleón azul, vio que éste seguía allí.

- Gracias camaleón azul - dijo el príncipe -. Tu bote mágico ha funcionado y ya no me ha molestado más aquel fastidioso camaleón amarillo. ¿Te gustaría pasear conmigo?

Y así fue como se hicieron amigos el príncipe y el camaleón azul. El príncipe le puso un cojín y le dejaba dormir en su palacio. Un día, incluso le dejó viajar en la carroza real. El camaleón estaba muy contento y decidió salir del palacio para ir a ver a su amiga la gata. Cuando la encontró, le contó toda su historia.

- No está bien lo que haces - dijo la gata -. Primero, porque estás engañando al príncipe y segundo porque no eres tú mismo, al principio te has hecho pasar por un camaleón malo que asustaba por las noches y ahora finges que eres sabio y adivino.

- Lo que ocurre es que te da envidia de todo lo que he conseguido - dijo el camaleón, y volvió de nuevo a palacio.

Un día, el príncipe fue a ver al camaleón azul y le dijo:

- Necesito tu ayuda, tú que eres sabio y adivino me tienes que aconsejar. Verás, el malvado príncipe Aktur tiene un ejército y quiere atacar nuestro reino. Sólo puede atacarnos por dos sitios: cruzando el río por el puente o entre las montañas. Necesito saber por dónde nos va a atacar, para tener mi ejército allí preparado y frenarle el paso. ¿Por dónde me atacará? Por cierto, este secreto no puedes contárselo a nadie.

El camaleón se echó a temblar. No tenía ni idea de qué responder, él no era sabio ni adivino. Al final, consiguió disimular su miedo y contestó:

- Déjame que lo medite y esta noche te daré una respuesta.

El camaleón no sabía qué hacer. No podía decirle la verdad al príncipe: que él nunca había adivinado nada en su vida. Tras mucho pensar, se le ocurrió una idea. Fue a ver al príncipe y le dijo:

- El malvado príncipe Aktur y su ejército atacarán por el puente que cruza el río.

- Gracias amigo, allí pondré mi ejército - dijo el príncipe.

El camaleón azul cambió de color y se puso todo rojo. Cuando el príncipe preparaba su caballo, entró corriendo en el establo y gritó:

- ¡Vengo de las montañas y he visto allí al príncipe Aktur! ¡Está preparando un ejército!

El príncipe se sobresaltó ante ese nuevo camaleón y lo que decía. Estuvo tentado de echarlo de allí a patadas, pero ¿cómo sabía lo del príncipe Aktur y su ejército? ¿Y si era verdad lo que decía y era por allí por donde atacaría?

- ¿Quién eres tú? - preguntó el príncipe.

- Soy un camaleón rojo. Soy fuerte y valiente. Estaba en las montañas cuando he visto que venía un ejército y he corrido hasta aquí para avisarte.

El príncipe no sabía qué hacer, ¿por dónde le atacaría el príncipe Aktur? Al final decidió que dividiría su ejército y tendría a la mitad en el puente del río y a la otra mitad en las montañas. Ojalá hubiera suerte y con sólo medio ejército pudiera frenar a Aktur, ya fuera en el puente o en las montañas.

El camaleón estaba más tranquilo con su nuevo plan. La conquista no sería culpa suya porque él le había dado dos consejos distintos al príncipe. Si finalmente atacaban por el puente, continuaría con su vida de camaleón azul y si era por las montañas, se aparecería siempre a partir de ahora como camaleón rojo ante el príncipe y sería su nuevo amigo.

Finalmente, Aktur atacó por las montañas y la mitad del ejército del príncipe que estaba allí apostado fue suficiente para frenar el ataque.

El príncipe estaba feliz porque había derrotado a Aktur. Sin embargo, se acordó del consejo del camaleón azul y fue enfurecido a buscarle. Suerte que no le había hecho caso, si no ahora su reino estaría conquistado. Por más que buscó al camaleón azul, no consiguió encontrarlo.

Fue al establo y allí estaba el camaleón rojo.

- Quería darte las gracias - dijo el príncipe -. Si no hubiera sido por tu aviso habríamos perdido. Tenía un amigo que me aconsejó mal y se hizo pasar por adivino cuando en realidad era un farsante. En fin, supongo que tú que corres desde las montañas no disfrutarás estando aquí encerrado en un palacio, pero si quieres quedarte algunos días a descansar serás bienvenido.

- Muchas gracias, sí que me quedaré unos días - dijo el camaleón rojo.

Y así fue como consiguió continuar quedándose en el palacio. Pero tenía que tener cuidado, porque cuando el príncipe le contaba algo que él ya sabía porque se lo había contado cuando era azul, tenía que fingir que era la primera vez que lo escuchaba, ya que ahora era un camaleón rojo. Todo esto confundía mucho al camaleón. Tuvo que fingir también que nunca había ido en la carroza real y tuvo que inventarse muchas historias para parecer aventurero y que había viajado por las montañas.

Mentía tanto que necesitaba ir a ver a una amiga de verdad, así que decidió visitar a la gata. Cuando le contó todo lo que le estaba pasando, la gata respondió:

- Sólo volviendo a ser tú mismo serás feliz. Fingiendo ser quien no eres puedes disfrutar durante un tiempo, pero no durará mucho.

El camaleón no quería dejar su nueva vida lujosa por lo que se despidió de su amiga y volvió de nuevo al palacio del príncipe.

Un día, el príncipe le contó al camaleón rojo que estaba enamorado de una princesa.

- Tú seguro que la conoces - le dijo el príncipe -, porque me has contado muchas veces las aventuras que has tenido en su reino.

- Sí, claro que la conozco y ella a mí, he estado en su palacio - mintió el camaleón, que no sabía qué decir después de todas las historias que se había inventado.

- Genial, porque va a venir este domingo, la he invitado a mi palacio y pienso pedirla que nos casemos.

El camaleón se hubiera quedado blanco si no fuera porque no era momento de cambiar de color. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo podía fingir que conocía a la princesa si ella no le conocía a él? ¿Cómo iba a salir de ésta? La gata le hubiera dicho que no mintiera y fuera él mismo, pero ¿quién era él? ¿Amarillo, azul o rojo?

Tan asustado estaba el camaleón que no se dio cuenta de que los días pasaban y había llegado el domingo. Estaba en su cojín tumbado cuando el príncipe y la princesa entraron de repente en su habitación:

- Ahora quiero presentarte a un amigo - dijo el príncipe -. Es el camaleón rojo. Gracias a él derrotamos al ejército de Aktur. Pero bueno, tú ya le conoces, es un aventurero y me ha contado que estuvo en tu palacio.

- Yo no conozco a ningún camaleón - dijo la princesa.

El príncipe la miró extrañado mientras buscaba al camaleón, que había saltado de su cojín corriendo a esconderse. Sucedió que la princesa vestía un largo y hermoso vestido amarillo, así que el camaleón se coloreó de amarillo y se ocultó detrás de ella. Pero la princesa se giró y el camaleón amarillo quedó al descubierto.

Cuando el príncipe le vio gritó asustado:

- ¿Vienes de nuevo a asustarme por las noches?

Sacó su espada y se dispuso a atacarle. El camaleón, asustado, se coloreó de azul.

- Pero ¿qué es lo que veo? - dijo el príncipe -. Habría jurado ver un camaleón amarillo, debe haberme confundido el color del vestido de la princesa. Pero eres mi antiguo amigo el camaleón azul. ¿Sabes que estuve a punto de perder la guerra por tu culpa? Eres un mentiroso, dijiste que eras adivino.

El camaleón se transformó en rojo y el príncipe por fin comprendió todo lo que había pasado: siempre le había tenido engañado el mismo camaleón. Sacó de nuevo su espada y se abalanzó sobre él, pero el camaleón permaneció inmóvil, lo único que hacía era cambiar de color una y otra vez.

Por suerte, su amiga la gata había decidido ir a verle y a través de la ventana estaba observando la escena. Saltó, cogió a su amigo y huyeron del palacio a toda velocidad.

El camaleón se puso todo de color marrón y dicen que, desde aquel día, nunca más volvió a cambiar de color.

 


lunes, 8 de octubre de 2018

El hormiguero del mundo

Es maravilloso observar un hormiguero, ver cómo miles de seres cooperan y se organizan para crear una especie de pequeña sociedad perfectamente orquestada.

Sin embargo, ninguna de las hormigas sabría explicarnos toda esa organización. Aunque interrogásemos a la más inteligente de la colonia, no sería capaz de decirnos nada acerca de cómo funciona el hormiguero. Conoce su tarea y nada más. Ninguna comprende el plan completo. Lo hay, porque el hormiguero funciona con la precisión de un reloj suizo, pero no está orquestado por ningún congreso de hormigas ni por ninguna hormiga sabia.

En nuestra búsqueda de vida por el universo, podríamos encontrarnos con una especie alienígena así, con una civilización compleja en la que nadie nos supiera explicar cómo se organizan. Nos maravillaríamos de su mundo, pero nadie nos lo podría enseñar.

Los humanos pasamos muchos años de nuestra vida formándonos en las escuelas, aprendiendo acerca de nuestro mundo. Sin embargo, como cada campo del saber avanza a gran velocidad, hoy en día una persona a punto de jubilarse que haya dedicado toda su vida por ejemplo a una ciencia como las matemáticas, sólo podría explicar los últimos avances de su especialidad concreta. Cada matemático sólo puede llegar a comprender por completo todo lo que se sabe acerca de un área muy pequeña dentro del mundo de las matemáticas, pero en otras áreas matemáticas estaría bastante rezagado con respecto a la vanguardia.

Ya que hablamos de esta disciplina, si lo llevamos al límite se puede acabar cumpliendo aquello de que uno sólo puede saber todo acerca de nada. El otro extremo sería querer saber de todo, en lugar de especializarse en algo, pero hay tantos campos del saber que se podría alcanzar el otro extremo, que termina por hacer que uno no sepa nada acerca de todo.

La mayoría sólo conocemos un poco de un poco. ¿Acabaremos siendo como las hormigas? Si un extraterrestre aterrizara en la Tierra podremos explicarle un montón de cosas, pero sólo le brindaremos un conocimiento superficial de cada una de ellas. Usamos muchas cosas de las que estamos muy lejos de conocer el detalle (desconocemos cómo funcionan todos los componentes del coche que conducimos, del sistema operativo del móvil que manipulamos, ni siquiera cómo se cultiva un campo de cereales o se produce el pan que comemos). Pasamos toda la vida estudiando para poder abarcar sólo una parte superficial de lo que nos rodea.

Al menos los humanos sí parece que tenemos un grupo de gobernantes que saben hacia donde nos dirigimos. Son los que manejan el volante del mundo. Cierto es también que dan continuos volantazos, porque como hay tantos potenciales conductores como naciones en el mundo, cada uno quiere girar hacia el lado que a él más le interesa. Pero al menos estamos tranquilos porque un grupo de representantes de los distintos gobiernos, instituciones y organismos, girarán el volante del mundo y serán capaces de torcer si llega una curva.

Cuando estalló la crisis financiera mundial de 2008, muchos países sufrieron severos problemas. En casos como el de Grecia, un grupo de expertos de los que giran el volante del mundo (FMI, Unión Europea, etc.…), tomaron las riendas del país y le indicaron la dirección que debía tomar para solucionar sus problemas. Era un camino tortuoso y lleno de obstáculos, pero los grandes gurús indicaron que era el único camino que conducía a la salida. Años después, cuando Grecia estaba peor que nunca y el camino se demostró que estaba cortado, aquellos mismos conductores del mundo reconocieron que se habían equivocado, que ese no era el camino, que de hecho ese atajo había empeorado las cosas. Habían torcido en la dirección equivocada a la que venía la curva.

¿Y si realmente nadie condujera el coche, sino que todos nos limitamos a mirar por la ventanilla? ¿Y si hubiéramos creado un sistema que ya no controlamos ni comprendemos del todo? ¿Y si vamos montados en un enorme barco con una inercia que no podemos cambiar?

Siempre habrá quien piense que todo está controlado para aparentar descontrol (los señores del FMI del ejemplo anterior sabían que todo lo que diagnosticaban era erróneo, pero formaba parte de un plan suyo a largo plazo). Quizás sea así, pero tal vez lo que pasa es que hemos creado un sistema tan complejo que ya nadie tiene el control, si es que alguna vez alguien lo tuvo y no hemos sido siempre tan sólo un gran hormiguero.

Quizás las guerras mundiales del siglo pasado fueron accidentes que nadie supo esquivar. La guerra nuclear es un obstáculo que hasta ahora hemos logrado sortear, pero que siempre puede hacernos descarrilar si no tenemos el suficiente cuidado. Puede que el gran muro contra el que vamos a chocar sin remedio sea la ecología. Vivimos en un mundo cada vez más poblado, cada vez más desarrollado (lo que requiere más recursos) y cada vez más consumista. El cambio climático es una alarma que ya ha saltado, se ha encendido una luz del salpicadero del coche, pero nadie tiene la capacidad o tal vez el interés de girar o parar el coche. Quizás ya es tarde, por mucho que queramos virar el timón es inevitable que choquemos contra el iceberg de la destrucción del ecosistema.

A lo mejor nos gusta la idea de que existe una élite que es la que conduce el destino de la humanidad porque de este modo nos quitamos la responsabilidad. Podemos vivir despreocupadamente porque no está en nuestras manos cambiar nada. Pero puede que la realidad sea que todos estamos colgados del volante del mundo, y que hacia donde éste gire depende de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros. Eso nos obliga a dejar de mirar hacia otro lado y a afrontar que, si seguimos consumiendo y contaminando a este ritmo, pronto convertiremos nuestro hormiguero en un lugar inhabitable. En nuestra mano está tratar de girar y si conseguimos que lo intente la gente suficiente, tal vez podamos hacer que el volante gire.

domingo, 29 de octubre de 2017

El espectador

Somos un espectador dentro de nosotros mismos viendo la película de nuestra vida pasar ante nuestros ojos. Al menos eso es lo que aseguran algunos científicos a la luz de los resultados de los últimos estudios sobre la toma de decisiones. En estos estudios se pide por ejemplo a los voluntarios que tomen una decisión sencilla (como escoger entre dos objetos) y que accionen un pulsador en el momento en el que se den cuenta de que han tomado la decisión. Al mismo tiempo, se monitoriza el cerebro de los voluntarios para registrar su actividad cerebral. Lo que se observa es que el área del cerebro encargado de tomar la decisión registra actividad con significativa anterioridad al momento en el que los voluntarios deciden accionar el pulsador. Esto parece indicar que el cerebro de alguna manera toma una decisión y posteriormente nosotros somos conscientes de ella. Sentimos que hemos escogido, cuando en realidad la decisión ya estaba tomada.

Algunos científicos y pensadores creen que ésta será una de las mayores revoluciones de los próximos años: darnos cuenta de que en realidad no somos libres, ni autónomos, que no decidimos nada, que sólo somos espectadores de nuestra propia vida. Como si estuviéramos montados en la parte de atrás de un coche que no conducimos. Como si nuestro cerebro fuera un parlamento que toma las decisiones del país que es nuestro cuerpo y nosotros estuviéramos sentados en las escaleras de fuera del edificio observando todo lo que ocurre.

¿Y quién manda entonces en el parlamento de nuestro cerebro? Está construido a partir del material genético que tenemos cada uno en el núcleo de nuestras células. Ahí están los planos a partir de los cuales se construye todo el edificio. Eso explica que cada cerebro sea único. Pero también es evidente que la experiencia que cada uno tenemos en nuestra vida determina en gran medida lo que somos. El cerebro es flexible, se va adaptando a lo que sucede a su alrededor. Dos gemelos criados en entornos separados tienen mucho en común pero también son personas muy diferentes entre sí.

El cerebro es como una caja negra construida a partir de las instrucciones del ADN que toma estímulos de entrada a través de los sentidos (la vista, el oído...) y teniendo en cuenta la memoria y la emoción toma decisiones. A veces no necesita estímulos, recuerda el pasado y lo va mezclando con emociones y en otras ocasiones imagina posibles futuros. Cuando queremos tomar una decisión importante nos imaginamos ante las ventajas e inconvenientes de las diferentes opciones, intuimos lo que puede suceder y sentimos una emoción. Dicha emoción es una parte muy importante en la toma de decisiones, lo que sentimos nos puede hacer escoger aunque creamos que es la opción que menos nos conviene.

Pero por lo que antes veíamos, todo esto se cuece entre bambalinas. Somos sólo espectadores del proceso, aunque el cerebro nos engañe y nos haga sentirnos protagonistas. Un momento, estamos estableciendo aquí una distinción entre cerebro y nosotros pero, ¿qué diferencia hay? Obviamente nosotros también somos el cerebro. Somos la consciencia pero, ¿qué es la consciencia?

Nacemos sin saber andar ni hablar y durante meses vamos adquiriendo poco a poco esas habilidades. Paulativamente vamos tomando concienca del yo, de que somos algo distinto al resto del mundo de nuestra propia identidad. Eso es la consciencia, no es algo que aparezca al nacer sino que necesita que ya haya una cierta inteligencia, experiencia y capacidad de memoria. Es ese sujeto que notamos que hay detrás de cada pensamiento, porque soy yo quien lo piensa; de cada emoción, porque soy yo quien la siente.

Lo que ahora algunos experimentos pretenden indicar es que soy consciente de que pienso mis pensamientos, de que soy un yo pensante diferente del pensamiento, pero el pensamiento no es mío, no lo puedo controlar. Ni tampoco las emociones, las siento pero no las escojo.

Ahora bien, decíamos que el cerebro es esa caja negra que recibe estímulos exteriores, recuerdos y emociones, y toma decisiones en base a todo lo anterior. Supongamos que es cierto que sólo podemos contemplar este proceso pero no intervenir sobre él. Sólo vemos las salidas de la caja negra, los resultados. Pero esos resultados producen una emoción sobre nosotros (si al pasar junto a un mendigo nuestro cerebro decide no abrir el monedero para echarle una moneda sino continuar avanzando, nosotros como espectadores sentimos una emoción). Con nuestra consciencia podemos centrarnos en esa decisión, analizarla y sentirnos mal por lo que hemos hecho. Pero eso al fin y al cabo es una emoción, y esa emoción junto al recuerdo de la emoción sentida, ¿no son acaso entradas de la caja negra? Así que parece que sólo observábamos las salidas pero en realidad podemos también influir sobre las entradas de la emoción y el recuerdo. La próxima vez que pasemos junto a un mendigo nuestro cerebro analizará la conveniencia de pararse en mitad de la calle y abrir el monedero, pero también tendrá en cuenta las emociones sentidas y los recuerdos de otras situaciones similares.

Tal vez la consciencia no pueda entrar al interior del cerebro donde se toman las decisiones, pero puede, pensando sobre las mismas, fijar emociones y recuerdos que influirán en futuras decisiones. Partiendo de que no somos libres llegamos a la conclusión de que sí que lo somos, quizás no como esperábamos, pero tenemos la capacidad de cambiarnos a nosotros mismos, de ir construyendo poco a poco nuestro propio cerebro que tomará las decisiones del futuro.

A los ingredientes del ADN y de la experiencia hay que añadirles otro más para entender lo que somos: el hecho de que somos conscientes de nosotros mismos.

martes, 8 de agosto de 2017

Los últimos Adán y Eva

 


En la figura de arriba se muestra el número medio de hijos por mujer en distintos continentes del mundo en el año 2016.

Si este índice es menor que 2, significa que cada nueva generación es menos numerosa que la que le precede. Si el índice es de por ejemplo 1,5, por cada madre habrá 1,5 niños, así que si cogemos 10 hombres y 10 mujeres habrá 15 niños en la siguiente generación (5 menos que los 20 progenitores).

Esto se cumple en Europa y en América del Norte, en las zonas morada y verde del mapa, ambas con índices menores que 2. Si no fuera por el fenómeno de la inmigración, la población en estos lugares menguaría año tras año.

En el resto de América, Asia y Oceanía, el índice es superior a 2 pero inferior a 2,5, lo que en la práctica significa que el aumento de población se está ralentizando.

Por último está África, el vientre del mundo, donde nacen 4,7 hijos de media por mujer. Aquí la población aumenta a un elevado ritmo (y contribuye al aumento en otras zonas del planeta).

El número de hijos por mujer varía año tras año, pero la tendencia en la mayor parte de los países es a disminuir. Puede que en países concretos aumente, pero a nivel continental, en todos ellos (incluido África) el índice ha ido cayendo año tras año en las últimas décadas. En general, conforme un país se desarrolla económica e industrialmente, este índice disminuye.

Imaginemos que sólo existiera el continente americano en el mundo y que Trump construyera su ansiado muro. Al norte del muro el índice se sitúa en 1,8 hijos por mujer. Esto significa que la población está menguando. Si el muro fuera por completo hermético y sólo existiera el continente americano, en unas décadas la población al norte del muro se habría reducido a la mitad. No tardarían en tirar el muro los futuros estadounidenses para que pudiera entrar más gente a sustentar un país casi abandonado. Pero en el resto de América el índice es de tan sólo 2,1 hijos por mujer, siendo la tendencia a disminuir. Así que puede que el año en que decidieran tirar el muro nadie quisiera cruzar, pues todos vivirían en países con poblaciones menguantes y amplios recursos a repartir. En el lugar en el que ahora se levanta el muro tendrían que montar un comité de bienvenida que tratara por todos los medios atraer a los deseados inmigrantes.

En Europa pasaría algo similar: si en África y Asia el índice sigue bajando, llegará el día en el que se fletarán modernos barcos para que los inmigrantes puedan cruzar el mediterráneo de forma cómoda y segura, pues serán recibidos con los brazos abiertos y ya no tendrán que jugarse más la vida para venir.

Europa a nivel continental tiene el índice más bajo del mundo, tan sólo 1,6 hijos por mujer. Si sólo existiera Europa en el mundo, en unas cuantas décadas la población se habría diezmado, y en unos siglos llegaría el día en el que nacerían el último hijo único y la última hija única, los últimos Adán y Eva del mundo, aquellos que cerrarían el ciclo de los seres humanos. La aventura de los Sapiens sobre la faz de la Tierra habría terminado.


viernes, 7 de abril de 2017

El soldado


El soldado miraba absorto el paisaje helado. No podía dejar de pensar en su mala suerte por ser el único que hacía guardia aquella gélida noche. Sabía que dentro de las tiendas de campaña todos los soldados dormían. Él era el único despierto. De algún modo, él era el único que estaba allí.


Cuando nos dormimos desconectamos nuestro cerebro durante unas horas. Nos convertimos en un trozo de carne inconsciente que respira pesadamente y apenas se mueve. Así que ahí estaba él completamente sólo, rodeado de seres inconscientes, desconectados, con el cerebro apagado (o al menos en hibernación).


Dormir es apagar gran parte de las funciones del cerebro. Después, pasadas unas horas, al despertar volvemos "donde lo habíamos dejado", el cerebro recupera los recuerdos y la información necesaria para posicionarnos de nuevo en el mundo. Nos permite recuperar los datos de quiénes somos, del día en que vivíamos y de lo que nos ha ocurrido en el pasado. ¿Qué pasaría si algún día al despertar alguno de estos procesos fallara? Despertaríamos en un mundo desconocido, desorientados, sin saber quienes somos, descarrilados de un tren en el que ya no sabemos que un día montamos. Todos los soldados que roncaban a su espalda se durmieron con la certeza de quienes eran y quiénes seguirían siendo al despertar.


El soldado miró al horizonte y le pareció que el negro comenzaba a tornarse en azulado, que el alba empezaba a despuntar, aunque no estaba seguro de si era así o si sólo estaba viendo lo que deseaba observar. Alguno de los soldados que dormía estaría soñando. ¿Qué es soñar? Es vivir otra vida, es ver otro mundo imaginario en el que ya no somos aquel que se durmió. No estamos posicionados en un día concreto, simplemente estamos ahí viviendo un mundo irreal.


Aquellos chicos que soñaban también estaban solos como él. Visitaban extraños mundos que creían compartir con otros seres pero en realidad no había nadie con ellos. ¿Le pasaría a él lo mismo? ¿No será este un extraño mundo que creemos compartir cuando en realidad estamos solos y todo es una ilusión? ¿No estaremos durmiendo en un gran cuartel soñando que aquí vivimos mientras otro hace guardia?

Quizás sólo los que duermen visitan mundos reales, cruzan puertas que no vemos los despiertos.

Un viento frío sopló de frente hacia el soldado. ¡Qué larga podía ser una noche de guardia y qué corta para los que roncaban! Cuando los chicos despertaran, volverían a sus rutinas. Obedecerían las órdenes de los superiores, comerían, se asearían, harían marchas, pelarían patatas... ¿No era todo eso de algún modo seguir dormido? Él ahora mismo se sentía realmente despierto pero sabía que la mayor parte del día en realidad la pasamos en un estado aletargado: cumpliendo obligaciones, haciendo planes, organizando cosas. Incluso cuando tenemos tiempo de ocio, a menudo nos tumbamos junto al televisor cambiando de un canal a otro, buscando algo que nos entretenga. O leemos el periódico con el mismo fin. Es como si cuando realmente podemos disponer de nuestro tiempo en el fondo no queremos hacerlo y buscamos algo que nos mantenga aletargados. ¿Cuánto tiempo estamos realmente despiertos? Decimos que dormimos ocho horas y estamos despiertos el resto de la jornada pero, ¿realmente es así? ¿No será que completamente despiertos estamos sólo unos minutos?

Nos sentimos como algo que va "montado aquí arriba", nuestro yo va observando y supuestamente dirigiendo las acciones y el entretenimiento diario pero, ¿realmente lo controla o es tan sólo un pasajero que va aquí arriba mirando el paisaje llevado siempre por los deseos del cuerpo y las obligaciones diarias?

El soldado ahora veía todo eso con claridad. Pensaba que paseando por la calle entre la gente, serían pocos los que como él estarían realmente despiertos. ¿Se reconocerían los despiertos entre sí?

¿Habría alguna forma de despertar aún más? Los dormidos no eligen cuando despiertan y los aletargados tampoco son conscientes de que no están realmente despiertos, ¿podría despertar él de su letargo a una especie de "nivel superior" donde los despiertos vieran como zombis a la gente como él? ¿Habría alguno de esos despiertos por la calle pero somos incapaces de reconocerlos desde nuestra somnolencia y ellos tampoco pueden decirnos que estamos dormidos porque no les entendemos? ¿Será alguno de esos a los que llamamos raros, inadaptados o directamente locos?

Ahora sí que parecía que amanecía. El soldado comenzaba a verse vencido por el sueño. Sólo deseaba irse a dormir, disfrutar de esa desconexión en la que quizá visitaría otros mundos, aunque a cambio de recordar como mucho algunos fragmentos inconexos de esas visitas. ¿Era un mundo superior o inferior? Seguramente era simplemente distinto.

martes, 24 de enero de 2017

Los niños



Escribió Khalil Gibran lo siguiente acerca de los niños:

Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.
Y él dijo:
Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana.
Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue. Porque, así como El ama la flecha que vuela, así ama también el arco, que es estable.



Los padres inteligentes creen que sus hijos deben ser inteligentes. Lo mismo opinan los futbolistas. ¿Cuánto influimos en nuestros hijos tanto de forma hereditaria como por el ambiente en el que los educamos? Para resolver estas cuestiones los científicos realizan estudios con gemelos separados al nacer y criados en ambientes distintos. De este modo se puede ver la influencia del entorno para personas con el mismo ADN. También estudian hermanos no biológicos criados en el mismo hogar, para estimar la influencia del entorno para gente con ADN diferente.

La conclusión es que tanto el ADN como el entorno influyen, pero no tanto como creemos. Se parecen a nosotros porque tienen nuestros genes y el entorno condiciona sus vidas, pero ninguno de los dos factores es tan determinante como imaginamos.

Aquello que más influye en el futuro de los niños, lo que determina en mayor medida su vida futura, es si el niño se siente querido en esos primeros años de existencia, especialmente en sus seis primeros años de vida. Sentir que son importantes para alguien, que se les quiere, que se les educa, que cuando lloran entre noche porque están asustados alguien acude a su llamada. Todo eso crea en ellos la seguridad de que merecen ser queridos, de que se puede confiar en otras personas. Y al contrario, aquellos que tienen la desgracia de sufrir un entorno hostil en sus primeros años de existencia multiplican sus posibilidades de generar ellos esa hostilidad en su etapa adulta.
No es algo determinante, es sólo una cuestión de probabilidad, por lo que siempre habrá quien perteneciendo a un grupo inicial se pase al otro en la edad adulta, quien haya sido querido y se convierta en maltratador, y quien siendo olvidado se haga a sí mismo una persona virtuosa. Pero como padres el mejor regalo que les podemos dar a los niños es quererlos y dedicarles nuestro tiempo y atención, especialmente en esos primeros años.
Es el tiempo en el que la flecha aún está cargada en el arco, los años en los que se tira de la cuerda y se apunta, antes de que la saeta salga disparada buscando su propio camino.
¿Cómo es posible que esa etapa sea tan determinante si apenas genera recuerdos? En los dos o tres primeros años de vida, el cerebro aún no ha desarrollado la capacidad de generar memoria a largo plazo. Es por eso que no conservamos ningún recuerdo de esa época. A partir de ese punto, comenzamos a almacenar vivencias de forma duradera, aunque la mayoría conservamos sólo un puñado de recuerdos anteriores a los mencionados seis años. ¿Cómo puede ser entonces que nos influya tanto esa época si no recordamos lo que pasó?
La respuesta a esa pregunta es que no es una enseñanza que se nos transmita en forma de recuerdos, sino que forma la estructura de nuestro cerebro, crea la arquitectura con la que luego se procesarán todas las vivencias de las etapas posteriores. El cerebro humano no para nunca de generar nuevas conexiones neuronales, sobre todo mientras más joven es. Así que la influencia que se genera en un niño no es porque luego él vaya a recordar lo ocurrido, sino porque estamos contribuyendo en la construcción de su cerebro, en crear la estructura con la que años después interpretará el mundo.
Pero esto no se limita a los niños, el cerebro es algo plástico, algo que cambia durante toda la vida. Todo lo que hacemos influye en la construcción de todos los cerebros con los que nos relacionamos, y también en la construcción de nuestro propio cerebro. Cuando nos esforzamos en algo, merece la pena no sólo por lo que recordemos, sino porque estamos construyéndonos a nosotros mismos, nos estamos cambiando. 
El cerebro nunca se queda estancado por completo, aunque cada vez haya menos obreros y la construcción vaya bajando el ritmo. Es una obra que dura tanto como nuestra vida. Nunca se es demasiado viejo para cambiar y siempre hay que mantenerse alerta para ver cómo nos queremos construir, dónde deseamos una reforma, dónde hace falta un retoque para tapar una grieta.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El problema de las pensiones en España

 

Se habla mucho del gasto en pensiones. ¿Cuánto gastamos en ellas al año?

135 mil millones de euros en el año 2016.
 
¿Es eso mucho?

Pues si miramos los PGE (Presupuestos Generales del Estado) de 2016, que es donde el Gobierno detalla cuánto se gasta en cada cosa, supone un 38,5% del total, siendo la partida de gasto principal. Es decir, cuando se planifica en qué se va a gastar el presupuesto que tiene el estado español para todo un año, de cada 100 euros, 38 hay que destinarlos al pago de pensiones.

¿Nos lo podemos permitir? ¿Tiene el Estado ingresos suficientes como para poder gastarse ese dinero en pensiones cada año?

Lo cierto es que no. La idea es que la Seguridad Social sea capaz de ingresar tanto dinero como luego se gasta en conceptos como las pensiones. Para ingresar dinero, por ejemplo, se quita una parte de la nómina de todos los españoles. Las empresas también aportan dinero por cada empleado que tienen. Pero el total del dinero recaudado es menor que el gastado en pensiones, lo que ocurre es que se está compensando esa diferencia sacando dinero de la hucha de las pensiones.

¿Qué es todo eso de la hucha de las pensiones y por qué dicen que se está acabando?

La hucha de las pensiones es un fondo que se creó para guardar dinero en los años de superávit de la seguridad social (los años de bonanza en los que los ingresos superan a los gastos) y poder sacarlo en los años de déficit. Es decir, los años en los que tienes muchos ingresos metes dinero en la hucha para poder cogerlo en años de crisis. Llegamos a tener 66 mil millones en su mejor momento, en el año 2011.

 
 
¿Es eso mucho o poco?

Pues comparémoslo con lo que decíamos al principio que necesitamos cada año para pensiones, que es 135 mil millones. Tuvimos 66 y necesitamos 135 cada año, es decir, en el máximo de la hucha de las pensiones teníamos para pagar apenas seis meses.

¿Y cuánto queda ahora?

Poco. Tras varios años de sacar dinero sin aportar casi nada, actualmente quedan 24 mil millones. Es decir, nos queda menos de la mitad de lo que había hace unos años. Hay 24 sobre 135 que es el gasto anual de pensiones (ambas cifras en miles de millones), apenas tendríamos para un par de meses. Pero la cuestión es que al actual ritmo de gasto, en dos años se habrá vaciado por completo (hemos pasado de 66 a 24 en sólo 5 años).


¿Por qué se coge tanto de la hucha?

Como comentábamos antes, se ingresa menos de lo que se necesita, así que la diferencia que falta se coge de la hucha. Llevamos así varios años por lo que de seguir así, en un par de años no quedará nada en la hucha. Y cuando llegue ese momento habrá que afrontar el problema, ya no se podrá maquillar el déficit con el dinero de la hucha porque no habrá hucha, así que habrá que tomar otras medidas.


¿Y qué podemos hacer?

Se puede pensar en aumentar los ingresos o en reducir el gasto. Para aumentar ingresos puedes subir cotizaciones (quitarle a la gente más dinero de la nómina) o crear un impuesto específico para las pensiones (el IP, Impuesto de Pensiones, igual que existe el IVA), que grave por ejemplo un 2% determinados productos (de lujo, tabaco, alcohol de alta graduación, diésel…). Hay varias opciones pero todas pasan por que los ciudadanos contribuyan más, bien directamente subiendo lo que se quita de las nóminas o indirectamente mediante un impuesto nuevo específico (o subiendo alguno de los existentes).
La otra opción es reducir el gasto. En este sentido iba la última reforma, limitando la subida de las pensiones, aumentando la edad de jubilación, etc… Siguiendo esa senda podría limitarse por ejemplo la pensión máxima a una cantidad fija inferior a la actual, congelar indefinidamente aquellas superiores a por ejemplo 2000 euros, o realizar una bajada masiva de todas las pensiones en el caso más drástico.
También se puede subir aún más la edad de jubilación aunque no parece una buena opción, pues las empresas ya han demostrado que no quieren trabajadores mayores de 60 años. Lo único que provocaría es mayor paro y por tanto mayor gasto en ese grupo de edad entre los 60-65 años, menor cotización de esas personas y mayor precariedad. No solucionaría el problema real.
Por último, se puede incentivar el ahorro privado. Por cada euro que un trabajador invierta en su plan privado de pensiones, podría obligarse a su empresa a por ejemplo invertir otro (hasta un máximo digamos de 3000 euros anuales). También podrían los planes privados de pensiones tener más ventajas fiscales.


Volviendo al gasto anual en pensiones de 135 mil millones de euros en 2016, ¿es tan alto porque hemos tenido un mal año o siempre va a ser así de alto?

Cada año va a ser más alto, como se puede observar en la siguiente gráfica.


 



Si seguimos a ese ritmo, serán insostenibles las pensiones en pocos años, ¿no?

Hay que mirar básicamente dos datos, lo que suben las pensiones (que es la gráfica de arriba) y lo que sube la riqueza del país, que se mide con el PIB (Producto Interior Bruto), ya que los presupuestos del Estado también pueden crecer si lo hace ese PIB. Es decir, si tenemos más dinero a nivel de Estado, aunque las pensiones suban podremos afrontarlo. Es como un ciudadano al que le sube la hipoteca pero también el sueldo, podrá seguirla pagando. Por lo tanto, hay que estar atentos a dos datos: el aumento del gasto en pensiones y el aumento de la riqueza del país (en términos de subida del PIB). Ahora mismo ambos parámetros se mantienen más o menos parejos, alrededor del 3%. Por lo tanto el problema en este momento es importante pero no se está agravando.


¿Y cuánto tiempo estará así?

Eso es muy difícil de prever ya que el crecimiento económico se revisa constantemente y el gasto en pensiones depende de muchos factores por lo que tampoco es sencillo de calcular sin aceptar un importante margen de error. Pero lo más probable es que no dure mucho tiempo. Todo va a empeorar. Ese 3% de crecimiento económico es casi un límite superior, es decir, crecemos un 3% cuando la economía va muy bien (pero es muy difícil crecer por encima de esa cifra para un país desarrollado como España) y cuando nos va peor ese crecimiento se reduce mucho e incluso decrece. Sin embargo, el 3% de aumento en gasto en pensiones es un dato que está en mínimos, siempre ha sido igual o mayor. Viendo la pirámide de población la tendencia es a que sea cada vez mayor. Por todo esto, ese déficit de la seguridad social será cada vez más grande. Son necesarias medidas para contener ese aumento del 3% del gasto en jubilación y no dejar que suba aunque cada año se incorporen más pensionistas.



 
¿Por qué cada vez hay más jubilados?

Si se observa una pirámide de población de España, se verá que hay una gran proporción de gente con edad intermedia comparado con los niños y los ancianos. Tradicionalmente estas pirámides de población tenían forma de pirámide (de ahí su nombre). Mucha gente en la base y cada vez menos gente conforme se cumplen años. Es lo natural, si todos los años nacen un número parecido de niños, pues conforme estos envejecen cada vez hay menos, de manera que cada escalón es más grande que el que tiene por encima. Pero en los países desarrollados se produjo un fenómeno diferente y es que llegó un momento en que el número de hijos por mujer disminuyó (en España era de 3 hijos por mujer en los años setenta y actualmente es de 1,3). Esto hace que la pirámide empiece a hacerse más estrecha por la base (nacen menos niños). El problema es que cuando la gráfica tiene forma de pirámide, hay muchísima más población menor de 65 años que mayor de esa edad, por lo que es más sencillo cubrir las pensiones de éstos. Pero con una gráfica como la española, en unos años habrá más jubilados que personas en edad de trabajar, lo que dificultará la sostenibilidad de las pensiones.
Observando la gráfica de abajo, puede verse que hay mucha gente mayor de 35 años y muy poca menor de 30 (comparativamente). Los que están en la franja 60-64 años, que son aquellos que se van a jubilar, son más que los de la franja 25-29 (los jóvenes que están en sus comienzos de carrera profesional). Esto es lo que hace que cada año el sistema sea más difícil de sostener.
 




¿En qué año se hará insostenible el sistema?

Ahora mismo tenemos ya un problema, que es el comentado del déficit de la seguridad social que se está enmascarando con la hucha de las pensiones. Esta situación se puede prolongar así un par de años. A partir de ese momento, primero habrá que suplir el dinero que viene de la hucha, pero esto se puede hacer aunque haya que tomar alguna medida impopular. Después, todo depende de lo que crezca el gasto en pensiones y lo que aumente nuestra riqueza como país, el PIB, como se comentaba antes. Pero lo más probable es que la mayoría de los años el gasto en pensiones supere el aumento del PIB, así que las medidas antes tomadas serán insuficiente y habrá que hacer más.



¿Por qué no se empieza a hacer algo ya antes de que se nos eche encima el problema en dos años?

Son medidas muy impopulares: aumento de retenciones sobre la nómina, subida de impuestos… Y si recortas las pensiones actuales, hay que tener en cuenta que los jubilados suponen millones de votos (y cada vez más) luego ningún partido quiere empeorarles las condiciones. Por eso la reforma buscaba empeorar la jubilación pero no de los jubilados actuales, sino de los futuros, no permitiéndoles jubilarse hasta los 67 años. De este modo los jubilados actuales mantienen su voto pues no se ven afectados y el resto lo ven como algo lejano y tampoco les influye demasiado (no tanto como si les bajaran el sueldo porque les retuvieran más impuestos). Nadie se atreve a destapar el problema.
El escenario puede ser peor aún. Si viene una nueva crisis (no olvidemos que son cíclicas, así que dentro de dos, cinco o veinte años volverá un periodo de contracción del PIB), la diferencia entre el crecimiento de nuestra riqueza y el crecimiento en pensiones será de tal calibre que el sistema se desmoronará. No hay que olvidar tampoco que todas esas medidas de las que hablamos suponen menor crecimiento del PIB, ya que el ciudadano de uno u otro modo aporta más dinero por lo que el gasto interno del país disminuye. Así que el Estado gasta menos en pensiones pero a la vez crece menos (como un ciudadano al que le baja la hipoteca pero también el sueldo). Por no hablar de que en nuestro país las pensiones son el sustento para muchas familias (no sólo para el propio pensionista), por lo que una disminución de las mismas afectaría a todo el tejido social.



¿Y qué podemos hacer?

Lo primero, reconocer desde todos los estamentos de la sociedad que tenemos un problema que requerirá por parte de todos modificar el actual sistema de pensiones. En primer lugar los políticos, hablando abiertamente de la situación y encarándola con sinceridad hacia los ciudadanos. Y en segundo lugar los propios ciudadanos, exigiendo a los políticos transparencia y participando activamente en la sugerencia y elección de medidas de solución. Si todos continuamos mirando hacia otro lado podremos disimular un par de años más, posteriormente es probable que se hable de ello en los periódicos a diario, habrá penalizaciones políticas y se producirán manifestaciones, pero nadie tendrá ya en su mano poder contenerlo. No es una cuestión de ideologías ni de qué partido político gobierne. Lo ideal sería poner sobre la mesa un abanico de posibles medidas a implementar y abrir un proceso en el que los ciudadanos fueran plenamente conscientes del problema y eligieran las medidas que ellos estiman más justas para encarar la nueva situación social.